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XII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario dominical

20 de junio de 2021

Ciclo B: Mc. 4, 35 – 41

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R

Contextualización del Evangelio dominical

Jesús toma la iniciativa de pedir a sus discípulos que se embarquen para ir a la otra orilla del lago. Recordemos que está predicando en la ribera del mar (ver Mc 4,1). Este mar es conocido como mar de Galilea, mar de Tiberíades, mar de Genesaret o lago de Genesaret. En realidad, es un lago, pues es de agua dulce. Tiene 21 km x 12km, situado 212 m bajo el nivel del mar, lo que lo convierte en más bajo del mundo. En la orilla norte desemboca el río Jordán, y en la orilla sur sale de nuevo el río Jordán hasta llegar al Mar Muerto.

Si comparamos los textos sobre la tempestad calmada en los tres evangelios sinópticos –Mc 4,35-41; Mt 8,18. 23-27; Lc 8,22-25– encontraremos semejanzas: los tres comienzan con una invitación de Jesús a cruzar a la otra orilla; en los tres la barca es sorprendida por una tormenta, un vendaval y un oleaje que ponen en peligro a sus ocupantes, y Jesús duerme; despertado por los discípulos, increpa al viento y al mar, sobreviene la calma, y reprocha a los discípulos su falta de fe, provocando en ellos un interrogante sobre la autoridad del Señor.

En tiempos de Jesús, en las riberas del lago había pueblos de pescadores y también ciudades con puertos. El lago está rodeado de montañas, lo cual le daba un clima muy inestable. Podía estar despejado, y de pronto se desataba un viento que encrespaba el agua y provocaba olas muy altas y violentas. Además, En la mentalidad bíblica, el mar era considerado sede de fuerzas del mal (cfr. Job 7, 12; Is 27, 1; Dn 7, 2-4; Ap 13,1), así que a los marinos y pescadores les aterraba todavía más verse azotados por las olas. Y la oscuridad de la noche, aumenta su terror. Paradójicamente, aquella dificultad se convierte para Jesús en una oportunidad para enseñarles a sus discípulos a tener más confianza a fortalecer la fe.

Aplicación: lección para la vida

Pasar a la otra orilla es en ocasiones es arriesgado. Es la metáfora misma del cambio, de la innovación, de no acomodarnos en el siempre he sido así, o el siempre se ha hecho así, o como puede ser de otra manera. Pero la vida nos enseña que cambiar es vivir. Que perder es ganar. Que moverse, movilizarse, es avanzar.

Jesús invita a sus discípulos expertos en el arte de la pesca, que pasaran a la otra orilla del lago, como a nosotros nos pide que, una y otra vez, cambiemos de registro, y pasemos a la otra orilla del lago de nuestro mundo, tanto distinto al mundo de otros, donde las cosas se ven y se viven de otro modo al nuestro. Les pidió a ellos cambiar de posición, y nos pide a nosotros cambiar de posición. Aquellos pescadores sabían que, en aquel momento, ese no era un buen consejo, porque amenazaba tormenta. Nosotros también somos prudentes, extremadamente prudentes, a arriesgar nuestra posición en la vida (social, económica, cultural, etc…), porque no sabemos lo que nos separa y lo que nos depara ese riesgo: un mar abrupto y profundo, una peligrosa tormenta, vientos capaces de romper nuestras seguridades, noche y tinieblas en las que perdernos.

Sin embargo, la recomendación temeraria fue un buen consejo. Para ellos, los pescadores de Galilea. Y no es bueno sólo porque a la postre el destino de nuestro viaje con él sea mejor que el origen de nuestra partida. Y esto porque acostumbrados a pensar siempre desde nuestra posición, decidir siempre desde nuestra opinión, y actuar siempre desde nuestro criterio, se nos viene todo esto a pique por la sencilla razón de que cambiamos de paradigmas, y descubrimos la opinión de otros, el pensar de otros, el decidir de otros, y el actuar de otros, tan sabios o tan ignorantes que nosotros, pero distintos, que abren nuestras mentes a otras verdades, nuestros ojos a otras realidades llenas de belleza que desconocíamos, o a expresiones y manifestaciones del bien que no habríamos jamás imaginado. Es lo que tienen las otras orillas, que no solo cambia el paisaje, sino que cambia la mirada, y nos despojamos de nuestras falsas seguridades.

Finalmente, el Papa Francisco nos ha recordado en este tiempo de pandemia que en esta barca llamada mundo, estamos todos. Dicen que después de la tempestad viene la calma: de la crisis nacen oportunidades y no solamente hablando en categorías económicas. La cuarentena estricta fue un espacio para compartir en familia y conocer sus luces y sombras. Los templos cerrados motivaron a que nuestros hogares fuera ‘iglesias domésticas’. La vida social cambió sus dinámicas y nos ha permitido comprender la necesidad de construir una sociedad en criterios comunitarios muy diferente al individualismo que proponen algunas ideologías.