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Epifanía del Señor

Comentario social

2 de enero de 2022

Ciclo C: Mt. 2, 1 – 12

Por: P. José Pablo Patiño Castillo, C.Ss.R.

Los cristianos hemos dejado que el folclore nos devore lo más importante de la Epifanía. El evangelista propone  los mínimos datos para trasmitir el mensaje central de la fiesta: Dios quiere que las culturas de todos los pueblos, iluminadas por la luz de Cristo, nos conduzcan a todos los humanos a convivir en fraternidad y que a ningún ser humano le falte el amor y el pan de cada día.

Pero los cristianos a lo largo de los siglos la sobriedad del relato evangélico nos pareció escasa y amontonamos detalles sobre detalles sobre la historieta, que en principio no era más que eso, una bonita invención literaria para guiar al deseo de Dios. Y los datos que se ocurrieron a unos y a otros acabaron por ahogar el mensaje. Y nos ha quedado leyenda, hermosa sí, pero que poco contribuye a hacernos mejores como personas y como humanidad.

Disfrutemos, entonces, sí, de los muchas y curiosas invenciones de la imaginación popular en torno a los supuestos reyes, a sus procedencias, a sus ropas, al color de su piel, a su número y representación… Pero tratemos de hacer camino a través de ese bello bosque para descubrir el mensaje y regalo de Dios en esta fiesta de Jesús.

Un modo de rescate de la intención de Dios por medio del evangelista es poner atención a la conclusión del episodio: “Después, advertidos en sueños de que no debían volver a donde estaba Herodes, regresaron a su tierra por otro camino” (Mt 2,12).

“Advertidos en sueños…” puede significar que en oración, reflexión y unión con Dios hicieron el discernimiento de dejar lo significado por Herodes, el engaño, la mentira y la hipocresía, aunque hubieran de vivir en su mismo lugar anterior y seguir haciendo lo que habían hecho hasta ahora, habían de cambiar su sentido de vida, iluminados por ese Niño que habían adorado y que les había sonreído.

Los sabios venidos de Oriente representan, en la reflexión del evangelista y de las comunidades cristianas, las culturas y las religiones del mundo. Las culturas, lo mismo que las religiones son productos humanos y, por tanto, son limitadas y pueden caer en errores: intransigencia, fanatismo, imposición, exclusión y eliminación de los que piensan de modo diferente.

De alguna manera oyeron del Niño, sin palabras, lo que después los discípulos escucharían claramente de Jesús adulto: “Ámense unos a otros como yo los he amado a ustedes”. Tal iluminación haría que el sentido de su vida cambiara y, por su medio, la cultura podría purificarse de su limitaciones y falencias.

Acoger las palabras del Papa Francisco cuando dice al mundo que la misericordia es el núcleo del Evangelio y la Buena Noticia de Dios, nos confirma en las palabras de Jesús y en aquello que de verdad salva las culturas y las religiones.

Sin embargo, démonos cuenta y hagamos conscientes a los que nos escuchen de las demás epifanías de Dios a nosotros. Ya lo dice el salmo 8: ”Señor, qué admirable es tu nombre en toda la tierra… Cuando veo el cielo que tú mismo hiciste, la luna y las estrellas…”.  La creación con toda su complejidad, su belleza y funcionalidad… Además, nuestro mismo ser humano… Y tantos otros modos de revelarse la obra de Dios y el mismo Creador.

Por otra parte, como los hombres sabios en adelante, nosotros también hemos de ser en nuestra vida, en nuestra cultura, en nuestra profesión epifanías de Dios. Que como decía el Cardenal Newmann imágenes de Dios, que quien nos vea, hable con nosotros, trate con nosotros, lleve un reflejo, al menos, una reminiscencia de Dios que lo impulse a ser y obrar mejor.

“Los magos, de este modo, expresan el retrato del hombre creyente, del hombre que tiene nostalgia de Dios; del que añora su casa, la patria celeste. Reflejan la imagen de todos los hombres que en su vida no han dejado que se les anestesie el corazón”. (Papa Francisco).