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JESÚS ALIMENTA LA FELICIDAD DEL COMPARTIR.

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario social

1 de agosto de 2021

Ciclo B: Jn 11, 19 – 27

Por: P. José Pablo Patiño Castillo, C.Ss.R

Nos desconcierta la reacción de Jesús al comienzo del pasaje. La gente busca a Jesús. ¿Por qué no sentirse halagado y alegrarse con ellos?  Pero, Jesús, por el contrario, les descubre su intención de que lo buscan por el pan que les dado gratis. ¡Qué bueno contar con un rey que les dé todo y no les pida nada!  

Jesucristo, con este reproche, trata de hacerles caer en cuenta, a ellos y a nosotros, de la necesidad de un alimento distinto del que nutre el cuerpo. Los fariseos, alguna vez, con sinceridad, confesaron: “Eres maestro leal que nos enseñas con verdad el camino de Dios”. Eso es lo que Jesucristo quiere darles, a Dios mismo.                                                                                   

La respuesta que Jesús da a en la primera tentación, en el relato de los otros evangelistas, nos ayuda a entender lo que quiso decir ahora a los judíos. “No sólo de pan vive el ser humano sino de la palabra que viene de la boca de Dios”. El pan, el alimento material es necesario, pero es el primer paso y el signo de un sustento que nutre la vida humana y la relación con los demás y con Dios, su creador y Padre.                                                                    

De vez en cuando, aparece en los medios de comunicación la cuestión de la felicidad, Se pregunta a las personas y a los grupos si son felices y en qué medida. Cuando se hizo el debate hace unos años, los periodistas se extrañaban de cómo era posible que se sintieran felices gentes de pueblos carentes de las comodidades del mundo de hoy, con precarios servicios de salud, de educación, de entretenimientos, en Asia, África o América del centro y del sur.  La fuente de su felicidad no era el confort sino la confianza y solidaridad de los vecinos, el amor de la familia.                                              

Por el contrario, gentes en el llamado primer mundo, con todas comodidades se consideraban escasos de felicidad, o a lo más, con los pequeños goces de un carro nuevo, un alimento exótico, un viaje a unas islas paradisíacas… En fin, vidas vacías, con la sensación de la “náusea de la existencia” en expresión de Sastre, filósofo de la vida moderna.                                                      

No, Jesucristo propone algo distinto: aceptar, amar al Padre y a su Hijo. Y, en el amor de Dios y a Dios sentir la cercanía de los demás hermanos y de la creación. Al oír esto, ellos, quizá nosotros también, piensan en las obras que se supone que Dios quiere: oraciones, ayunos, ascesis…             

Pero Jesús dice claramente en su conversación con Nicodemo: “Té aseguro el que no hace de nuevo no puede entrar en el reino de Dios… Lo que nace de padres humanos es humano; lo que nace del Espíritu es espíritu”. Para nacer de nuevo en el espíritu, y vivir al modo de Jesús, y compartir sus sentimientos y pensamientos, él mismo nos ofrece el alimento: su cuerpo y su sangre, su vida misma, a través del Sacramento del pan y de la palabra.                                                          

La búsqueda y seguimiento de Jesús, alimentarnos de su vida en la Eucaristía es liberación de la esclavitud de los instintos de la naturaleza, que es comparable a la situación de Israel en Egipto: con el estómago lleno, pero bajo la opresión de las apetencias materiales. La búsqueda de Jesús es lo único que llena y da sentido a la vida. Exige despojarnos del hombre viejo, sometido a las pasiones, y revestirnos del hombre nuevo que es Jesucristo.               

El evangelio nos dice el motivo por el cual quiere Jesucristo que lo sigamos; no porque él nos dé un alimento que perece y que alimenta el cuerpo. Si él se lo ha dado en esa ocasión, es un como signo del verdadero alimento que ofrece a todos y que da sentido a la vida, aquí y para siempre.  Facilitar el alimento material es tarea de la sociedad humana que ha de hacer producir con la cooperación de todos lo necesario y repartir también entre todos con justicia y caridad los recursos de la creación.  

Los evangelistas relatan el signo de los panes muy en conexión con la Eucaristía. Pero la participación de la vida de Cristo en la comunión quedaría incompleta si no va acompañada de la solidaridad con los demás. No es cristiano tomar el pan de Cristo si no estamos dispuestos a compartirlo. Ni podemos repartir el pan material sin crear la insatisfacción que nos haga anhelar el alimento de la vida en hermandad bajo el Padre Común. Comer el Cuerpo de Cristo es compromiso de trabajar para que no “haya ni en el país ni en el mundo ningún necesitado”.