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II Domingo de Cuaresma

Comentario dominical

13 de marzo de 2022

Ciclo CLc 9, 28b-36

Por: P. Cristian Bueno Fonseca, C.Ss.R.

La fe que profesamos y celebramos cada domingo nos mueve a encontrar formas concretas de vivirla según los desafíos del contexto en que vivimos. Una fe que no nos mueve a responder a los desafíos del mundo desde la mirada y las enseñanzas de Jesús, y que se mueve únicamente en el plano de las ideas o del culto, es una fe incompleta. Por esta razón la Iglesia, dentro del ciclo del año litúrgico, nos propone el tiempo de cuaresma como una oportunidad para confrontar nuestra vida con la realidad del pecado y del mal que nos acecha a cada momento, para mantener la cohesión entre la fe vivida y la fe profesada. Frente a los nuevos desafíos, los cristianos nos sentimos movidos a responder con espíritus renovados.

La propuesta en esta reflexión es acercarnos a la Liturgia de la Palabra de hoy desde una perspectiva ecológica. Durante las últimas décadas hemos sido testigos de una creciente degradación ambiental, de la amenaza del cambio climático, de la pérdida de biodiversidad, de la contaminación de recursos naturales, de la extinción de flora y fauna, así como de la incapacidad de nuestros gobernantes para implementar políticas ambientales eficaces. Pero, ¿qué tiene qué ver esta realidad con nuestra fe y con el evangelio de este domingo? Esta es una pregunta que en sí misma revela ya una rotura entre fe y vida que, precisamente, el tiempo cuaresmal y la meditación de la palabra nos pueden ayudar a armonizar.

Generalmente, nuestra aproximación de la liturgia dominical es una aproximación antropocéntrica, que segrega el mundo creado y pone al ser humano como el centro de todo. Por ejemplo, nuestra idea de redención parece centrada exclusivamente en el ser humano. Pero la Palabra de Dios que es viva y eficaz (Cfr. Hb 4, 12) nos mueve a corregir algunas de nuestras preconcepciones, a expandir nuestra imaginación y apreciar un mundo que nos revela el rostro de Dios y que es beneficiario de la obra de la salvación.  El pasaje de la transfiguración de este domingo, nos invita a contemplar la gloria de Dios Creador que resplandece por medio de la persona de Jesús. En este pasaje, Pedro, Santiago y Juan reciben una anticipación de la visión eterna de la gloria de Dios que cantamos y celebramos en la liturgia. Cada domingo, fuera del adviento y cuaresma, con el himno de gloria adoramos, bendecimos y adoramos al Señor por su inmensa gloria. En la liturgia Eucarística, igualmente nos unimos a los ángeles para adorar al Dios tres veces santo de cuya gloria están llenos el cielo y la tierra. Muchos santos, como san Francisco de Asís, han señalado esta gloria que cantamos en la liturgia, manifiesta de muchas maneras en el mundo natural. 

Uno de los mejores aportes que los creyentes pueden ofrecer a este mundo cada vez más secularizado, donde la religión pareciera perder su relevancia, es la apreciación de la sacralidad y la dignidad ese mundo creado que nos manifiesta la gloria de Dios. ¿Quién no se ha dejado sorprender por sus maravillas? Quizá hayamos quedado fascinados por los detalles de una flor o la profundidad de un cielo estrellado. O quizá nos haya sorprendido la majestuosidad de una montaña, o la belleza de un riachuelo, o la biodiversidad de un bosque o los colores de una pradera. Nuestra fe nos dice que detrás de todas estas cosas que nos asombran también se refleja la gloria y el esplendor de Cristo, cuya presencia llena toda la tierra. La tierra es un icono viviente que nos muestra el rostro de Dios, diría Juan Damasceno. Los místicos, por su parte, han comprendido muy bien que a donde miremos, si lo hacemos con una mirada de amor, allí encontramos ese resplandor que alcanza a toda la Creación.

Hemos iniciado este camino cuaresmal recordando que somos polvo de la tierra, o como diría Carl Sagan “polvo de estrellas”, porque estamos compuestos de remanentes de estrellas que murieron hace muchos miles de años. El salmista lo expresa en una forma más positiva cuando dice: “el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 19, 1). La conciencia de ser polvo de la tierra nos ayuda a comprender que todo está conectado (Cfr. LS 34), y a entender que nuestra existencia está sostenida y encuentra su origen, su destino y su significado en el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo (Cfr. Col. 1, 17) de quien todo proviene y a quien todo tiende. Porque como creación no somos únicamente el “vestigio” de Dios, somos además signos de su presencia, porque somos su imagen y semejanza.

El libro del Génesis nos narra que Dios vio todo lo que había creado y “vio que era muy bueno” (1, 31). Al crear todo por amor, Dios hace partícipe a todas sus criaturas de su mismo ser, y por eso todas las criaturas al ser creadas a su imagen y semejanza, están llamadas a resplandecer la gloria de su Creador, gloria de la cual participan por el solo hecho de ser sus creaturas. Para San Ireneo, la gloria de Dios consiste en que el hombre (y todo el mundo creado) alcance la plenitud de la vida. Y es Jesús quien ha llevado a la plenitud lo humano, abriendo a lo humano las puertas de lo divino, y con él a todo el mundo creado. Las vestiduras esplendorosamente blancas son la imagen bíblica de la vida abundante y la plenitud del amor a la que todos estamos llamados. Como creatura, el universo entero es ya un reflejo de ese amor, de esa vida abundante, que tiende a su plenitud. La gloria de Dios revelada en la transfiguración se nos revela también en el mundo natural como un don, porque de Él está llena toda la creación (Cfr. Ef. 4, 10). Este un don que se hace a la vez vocación porque nos lleva a cuidar nuestra Casa Común para que se siga multiplicando en ella su gloria.

Tenemos que reconocer que la sociedad en general, y los creyentes, en particular, hemos perdido aquella capacidad de dejarnos sorprender por la gloria de Dios que se revela en el mundo creado. No siempre se nos ha enseñado a apreciarla en el mundo natural. Antes bien hemos creído que el mundo natural es tan solo el escenario de fondo en el que se desarrolla el drama humano, y donde el ser humano ocupa el único lugar protagónico. De ahí que en ocasiones cueste entender cómo la redención operada en Jesús pueda alcanzar a toda la Creación. Hemos aprendido a ver la naturaleza como algo separado de nosotros mismos, como algo inhóspito que hay que conquistar, explotar y transformar. No es difícil apreciar y entender cómo esta actitud es la que nos ha llevado a la actual crisis ecológica. Reconocer la belleza del mundo creado y dejarnos vislumbrar por la radiante gloria de Dios que nos revela el mundo creado, nos transfigura también a nosotros y nos hace mensajeros del amor de Dios. Frente a una creación desacralizada, a las aguas y el aire cada vez más contaminados, a la pérdida de la biodiversidad y el cambio climático, la contemplación de la transfiguración de Jesús puede servirnos de antídoto contra las sombras que nos separan del mundo creado, sombras que nunca podrán opacar el radiante esplendor de Jesús, luz del mundo. En la transfiguración, en la cruz y en la resurrección se revela el mismo amor de Dios que lo transforma todo, incluso la misma muerte.

A los discípulos les tomó tiempo conocer a Jesús y mientras más tiempo estaban con él mejor lo conocían. Los mismo sucede con cada uno de nosotros. A medida que crecemos en el amor y el conocimiento de Jesús y en la comprensión de su seguimiento, vamos viviendo en un constante estado de gratitud, descubriendo que somos parte de un todo, y que nuestro destino está ligado al de nuestra Casa Común. A medida que dirigimos nuestras vidas hacia esta Luz, vamos siendo más conscientes de la oscuridad que impide que la vida alcance su máxima expresión y vamos comprendiendo mejor nuestra misión se ser vehículos de salvación para el resto del mundo. Que durante este camino cuaresmal podamos ser conducidos a lo alto de la montaña y experimentar también el amor de Dios que lo sostiene todo, y una vez de vuelta, podamos irradiar también nosotros esa luz. Que María, icono de la creación nueva y reina de todo lo creado, interceda por nosotros.