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XI Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario social

13 de junio de 2021

Ciclo B: Mc. 4, 26-34

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.*

Hace unas semanas iniciamos la segunda parte del tiempo ordinario y la liturgia nos ha invitado a reflexionar sobre algunos misterios de nuestra fe: el Espíritu Santo, la Santísima Trinidad y la Eucaristía como manifestación del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Durante estos domingos contemplaremos a Jesús en el Evangelio según San Marcos, quien da un énfasis especial al anuncio del Reino de Dios expresado en la predicación y en las diferentes acciones del Señor.

Llama la atención, al leer los relatos del Evangelio, que Jesús nunca explique en qué consiste el Reino de Dios: “no es un concepto claro y distinto, que se pueda definir con toda precisión”.[1] Sin embargo por medio de las parábolas, se pretende exponer que el Reino de Dios no es simplemente un programa espiritual sino la transformación de la historia y la sociedad por medio de la Buena Nueva reflejada en la vida y obra de Jesús de Nazaret.

No obstante, si hiciéramos una aproximación al Reino de Dios como un proyecto salvífico podemos encontrar una “lógica de la gratuidad”, propia de Dios[2], y contrapuesto a la lógica que domina en nuestro mundo, que no tiene nada de gratuita. Y las parábolas, precisamente en cuanto son relatos, son, de hecho, una de las formas más adecuadas para ayudar a tomar conciencia de ello. Pues invitan, fomentan, una escucha y una lectura interactiva de las palabras de Jesús.

En este domingo el Señor Jesús compara al Reino de Dios con una semilla que cultiva un agricultor y un grano de mostaza. Son parábolas que fomentan más bien una mirada de esperanza en relación a las contradicciones del ‘mundo’. Leo Tolstoi al leer el presente pasaje evangélico (Mc. 4, 26-34) llegó afirmar: “Todos piensan en cambiar el mundo. Pero nadie piensa en cambiarse en sí mismo”. Entonces la predicación de Jesús no es solamente una exposición teleológica sino es una invitación clara a la conversión y asumir una posición en el anuncio del Evangelio: “El reinado del Dios vivo aniquila el bacilo de muerte y esparce la semilla de vida.”[3]

Una lección de los textos de la liturgia de este XI Domingo del tiempo Ordinario es que, ante el mensaje del Evangelio, el cristiano no se puede quedar inmóvil, neutral.  Pues al que se abre a la gracia, que Dios ofrece a toda la humanidad, y se toma en serio el seguimiento de Jesús, tal como nos enseña la Palabra de Dios, dará cada vez más fruto. En cambio, el que se cierre a la gracia, cada vez se empobrecerá más.

Finalmente, en la oración del Padre nuestro pedimos: ¡Venga a nosotros tu reino! Sentimientos de esperanza similares a los que el apóstol San Pablo expresa a la comunidad de Corinto (2 Cor 5, 6-10): ¡Siempre llenos de buen ánimo!, nuestro temor de alejarnos de Dios debe ser proporcional a nuestro compromiso cristiano de vivir la caridad en favor de los marginados y excluidos de la sociedad. Bien lo decía san Juan Pablo II: “el bautizado no es un testigo inerte del ingreso de Dios en la historia. Jesús nos invita a “buscar” activamente “el reino de Dios y su justicia” y a considerar esta búsqueda como nuestra preocupación principal”.[4]


* Misionero Redentorista. Licenciado en Teología y Especialista en Ética Teológica de la Fundación Universitaria San Alfonso.

[1] Rafael Aguirre, Ensayo sobre los orígenes del cristianismo, Estella: Verbo Divino 2002, p. 11, quien añade: “Es, más bien, un símbolo lingüístico evocador, sugerente, abierto”.

[2] Paul Ricoeur, La lógica de Jesús. Romanos 5, Selecciones de Teología 21 (1982) 130-132.

[3] Jurgen Moltmann, Primero el Reino de Dios, Selecciones de Teología 30 (1991) 5s

[4] Juan Pablo II, Cooperar a la llegada del reino de Dios en el mundo. Audiencia General 6 de diciembre de 2000.