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XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario dominical

1 de agosto de 2021

Por: Mons. Noel Antonio Londoño Buitrago, C.Ss.R. – Obispo de Jericó (Antioquia)

  1. Éxodo 16,2-4.12-15: “Yo haré caer pan para ustedes.”
  2. Salmo 77: “El Señor les dio como alimento un trigo celestial.”
  3. Efesios 4,17.20-24: “Renovarse en lo más íntimo del espíritu.”
  4. Juan 6,24-35: “Mi Padre es quien les da el verdadero pan del cielo”.

La Palabra de Dios de este domingo nos mezcla las dos mesas de la Eucaristía: la mesa de la Palabra y la mesa Sacramental. Dos mesas que deben mantener siempre un equilibrio y una relación, pues la Palabra explica el sacramento y el sacramento aplica la Palabra.

Antes de seguir, una pregunta: ¿Por qué los ‘Hermanos Separados’ -que solamente tienen la mesa de la Palabra- consiguen atraer a sus cultos a no pocos católicos? ¿Será que no sabemos servir el alimento de la Palabra? ¿Será que la mesa de la Eucaristía termina siendo ‘atropellada’? (así llamaba san Alfonso a las misas celebradas con prisa).

La lectura del Éxodo nos habla del significado del maná para el pueblo de Israel durante el camino por el desierto. Buscar y comer el maná equivale a entender que Yahvé es el Dios de Israel.

El Salmo responsorial nos insiste en el mismo tema: Fue el Señor Yahvé quien alimentó a su pueblo.

El Evangelio de Juan (cap. 6) pone en relación el maná del desierto con el pan de la multiplicación de los panes y va más allá: Ahora el verdadero maná es el Hijo de Dios que se entrega totalmente. Pues sólo Jesús es, en verdad, “el pan de vida”.

Si en este momento le cediéramos el micrófono a san Alfonso para que continuara la reflexión, ciertamente que nos diría que ahí está la clave de la vida cristiana: vivir la Eucaristía como un abrazo de amor con Aquel que se ha entregado por nosotros. “Creo que estás presente en el Sacramento del altar.” Creo que la Eucaristía es tu presencia personal y viva. En el altar y en el sagrario no hay un objeto ‘numinoso’ al que podemos llamar Dios; no, allí está presente el Hijo de Dios.

“Por el amor que tienes a los seres humanos estás de noche y de día en este sacramento, todo lleno de piedad y de amor, esperando–llamando-–recibiendo a todos los que vienen a visitarte.” En el pan consagrado hay un ser personal que ama.

Para que entendamos bien toda esta riqueza de la Eucaristía como alimento de vida y como entrega del Hijo de Dios conviene recordar que san Alfonso no es simplemente el autor de las famosas Visitas al Santísimo, libro que ha tenido miles de ediciones. Porque más importante que orar ante el sagrario es acercarse al altar para comulgar. La Visita prepara para la Misa, la Misa se prolonga en la Visita. El Señor se presenta en el pan no para ser mirado sino para ser comido.  “¡Oh majestad infinita de un Dios! Te quedaste en este divino sacramento no sólo para estar presente y cercano a nosotros, sino principalmente para comunicarte a tus queridas almas. Pero, Señor, ¿quién se atreverá a alimentarse de tu carne? (Alfonso da la respuesta haciendo otra pregunta:) Más bien ¿quién podrá separarse de ti? Te haces presente en la hostia consagrada con el fin de entrar dentro de nosotros y poseer nuestros corazones. Ardes en deseos de que te recibamos y gozas en unirte con nosotros. Ven, pues, Jesús mío, ven. Deseo recibirte dentro de mí para que seas el Dios de mi corazón y de mi voluntad (Visitas al Santísimo, nº 13).

Recordemos que san Alfonso es el promotor de la comunión frecuente de los tiempos modernos (mucho antes que san Pío X). Porque la presencia de Cristo en la eucaristía no es una presencia pasiva sino una entrega que busca la comunión total entre el amor y el amado.

En ese sentido entiende Alfonso el texto del capítulo 13 del evangelio de san Juan: “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”. “Sabiendo Jesús que era llegada su hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Sabiendo nuestro amantísimo Salvador que era llegada la hora de partir de esta tierra, antes de encaminarse a morir por nosotros, quiso dejarnos la prenda mayor que podía darnos de su amor, cual fue precisamente este don del Santísimo Sacramento… ¿Quién jamás se hubiera imaginado, si Dios no lo hubiera hecho, que el Verbo encarnado quedara bajo las especies de pan para hacerse alimento nuestro? ¿No suena a locura decir: comed mi carne y bebed mi sangre? (Práctica del amor a Jesucristo, capítulo 2).

“Para que nos resolviéramos a recibirle en la sagrada comunión, no sólo nos exhorta a ello con repetidas invitaciones: “Vengan a comer mi pan” (Prob 9,5), “coman amigos, beban y embriáguense, compañeros” (Cant 5,1), sino que también nos impone el precepto: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo” (1 Cor 11,24), “el que come mi carne tiene vida eterna” (Jn 6,55), “el que come de este pan vivirá eternamente” (Jn 6,59), “si no comen mi carne no tendrán vida en ustedes” (Jn 6,54).” Estas invitaciones, estas promesas y estas amenazas nacen todas del gran deseo que tiene de unirse a nosotros en este sacramento.


Mas, ¿por qué desea tanto Jesucristo que vayamos a recibirle en la sagrada comunión? He aquí la razón: el amor, que tiende siempre a la unión. “Los amigos que se aman de corazón quisieran estar de tal modo unidos que no formaran más que uno solo” (Práctica del amor a Jesucristo, capítulo 2).

“El cristiano no puede hacer ni pensar cosa más grata a Jesucristo que recibirlo en su corazón, con las requeridas disposiciones, porque de esta manera se une a Él, que tal es el deseo del enamorado Señor. He dicho que hay que recibir a Jesús no con las disposiciones dignas, sino con las requeridas, porque si fuese menester ser digno de este sacramento, ¿quién jamás podría comulgar? Sólo un Dios podría ser digno de recibir un Dios. Digo: condiciones requeridas, en el sentido en que convienen a la mísera criatura. Ordinariamente hablando, basta que el alma se halle en gracia de Dios y con el deseo de crecer en el amor a Jesucristo… Sépase, con todo, que ningún estado de vida o empleo… es obstáculo a la comunión frecuente…”

Que estas Palabras de vida que nos ofrece la Liturgia de hoy nos guían –al igual que le sucedió a san Alfonso– para comprender el Pan de vida como Presencia personal, como alimento de intimidad y como celebración de la salvación en Cristo.

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Un tema aparte para el celebrante: “Y pensar que algunos sacerdotes no se avergüenzan de celebrar con corporales, purificadores y cálices de los que se avergonzarían de tenerlos en la mesa del comedor cuando viene una visita” (San Alfonso, La Misa atropellada,II,2).