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XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario dominical

27 de junio de 2021

Ciclo B: Mc 5,21-43

Por: P. Pedro Pablo Zamora Andrade, C.Ss.R

El texto evangélico que nos propone la liturgia de la Iglesia católica para el XIII Domingo del tiempo ordinario contiene dos relatos que, al mismo tiempo, nos describen brevemente dos milagros. En el primero, un padre de familia atribulado solicita la atención del Señor Jesús para su hija moribunda (5,21-24); en el segundo, una mujer enferma con hemorragias, quien gastó sus bienes buscando la curación, halla en el Señor Jesús el remedio final. Los dos pasajes ponen de relieve cómo el Señor Jesús da la vida a una niña que acaba de morir, y la salud a una mujer enferma. Ambos relatos se entrelazan: los dos dejan ver un camino de fe.

De los dos relatos, quisiera resaltar algunos elementos para nuestra reflexión:

1. El protagonismo de la fe. El Señor Jesús, ante la noticia de la muerte de la hija de Jairo, le dice: “No temas, basta que tengas fe” (5,36). A la hemorroísa, después de quedar sana de su enfermedad, le dice: “Hija, tu fe te ha sanado” (5,34). Dos milagros a título de fe. Donde hay fe, los milagros acontecen; en cambio, donde falta la fe, los milagros brillan por su ausencia (Mc 6,5).

2. La referencia al número 12. En los dos relatos aparece el número 12: la hija de Jairo tiene 12 años de edad (5,42) y la hemorroísa, por su parte, «llevaba doce años padeciendo hemorragias» (5,25). La edad que tiene la niña es equivalente a los años que la mujer lleva padeciendo la enfermedad. ¿Cabe alguna interpretación? Una posible: la enfermedad o la muerte no tienen fecha precisa de aparición o arribo; pueden suceder en cualquier momento.

3. Jesús y la ley de la pureza. Según la ley mosaica, todo contacto con una persona ensangrentada, con un enfermo o con un cadáver, colocaba al fiel judío en estado de impureza. Jesús entra en estado de impureza legal por partida doble: una mujer que padecía flujos de sangre lo toca, y él mismo sujeta de la mano a una niña que acaba de morir.

¿No le importaba entrar en estado de impureza legal? Parece que no. En otros casos toca leprosos o enfermos, y nunca lo presentan los evangelios realizando prácticas de purificación en el templo.

En el fondo de este asunto, hay dos críticas de parte del Señor Jesús: 1) el pecado no se contrae por contacto físico y 2) La ley tiene que estar al servicio del ser humano. Leyes que marginen o que impidan que un ser humano pueda ayudar a otro, se tendrán que cambiar o derogar. Es parte del humanismo cristiano que permea todo el Evangelio.   

4. La curación de una enfermedad o la reanimación de un cadáver son hechos positivos, pero no resuelven el problema de fondo: la muerte. Los dos relatos reclaman, de manera indirecta, la resurrección del Señor Jesús. Recuperar la salud o volver a vivir otra vez dentro de la temporalidad humana, es algo bueno, positivo, pero no resuelve el problema de la muerte. Solamente la resurrección del Señor Jesús es una respuesta en toda regla a la enfermedad que nos lleva a la muerte, o a la muerte en sí misma. De él nos dice san Pablo: “Sabemos que Cristo, resucitado de la muerte, ya no vuelve a morir, la muerte no tiene poder sobre él; muriendo murió al pecado definitivamente, viviendo vive para Dios” (Rm 6,9-10). Esa es la resurrección de la que nosotros queremos participar. Le agradecemos a Dios cada día el don de la vida o de la salud, pero sabemos que tarde o temprano, y a veces más temprano que tarde, la muerte nos alcanzará y dará por concluido nuestro tránsito por este mundo.        

Quiero, finalmente, detenerme en la actitud del Señor Jesús ante la ley (en este caso, de la pureza) y en su relatividad cuando está de por medio el bien del ser humano. De entrada, digamos lo siguiente: no estamos en contra de la existencia de leyes en una sociedad. Sería retornar a la ley de la jungla, donde se impondría el más fuerte. No. Creemos que es necesaria la existencia de un código de leyes que favorezca la convivencia humana.

La pregunta de fondo es la siguiente: ¿Qué hacer cuando una ley (en este caso, religiosa) margina al ser humano o impide la ayuda solidaria entre los mismos seres humanos? Es ahí cuando la ley debe ser cuestionada, cambiada o derogada. Eso sucedía con las normas referentes a la pureza. Un enfoque desafortunado del pecado llevó a una serie de prácticas inhumanas e insolidarias, impropias de un creyente. ¿Que el pecado se transmite por contacto físico? Falso. Tal vez una enfermedad contagiosa, sí, pero no el pecado.

Nosotros conocemos el concepto del Señor Jesús al respecto: el pecado surge del interior del ser humano (Mc 7,15). Por eso, no tiene ningún reparo en tocar a un leproso (Mc 1,41), un enfermo (Mt 8,15) o un cadáver (Mc 5,41). Si la hemorroísa, en lugar de tocarle el manto de manera inconsulta (y hasta supersticiosa: Mc 5,28), le hubiera pedido que la curara, seguramente lo habría hecho ¡tocándola!

Antes de terminar esta pequeña reflexión, preguntémonos: ¿Qué conceptos equivocados generan marginación, discriminación o estigmatización en nuestra sociedad? ¿Hay gestos, palabras o prácticas que causan las mismas consecuencias al interior de la Iglesia católica? Si es así, todo eso tiene que revisarse, cambiarse o derogarse.