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ALIMENTO Y CANSANCIO

XIX Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario dominical

8 de agosto de 2021

Ciclo B: Jn 6, 41-51

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

En este domingo, seguimos leyendo el “discurso del Pan de Vida” que se encuentra en el sexto capítulo del Evangelio de San Juan. Recordemos que hemos estado leyendo este capítulo durante las últimas dos semanas y continuaremos leyendo de él durante otras dos. Muchas veces he escuchado a la gente decirme: “Padre, no hay razón para seguir viviendo; Estoy cansado de esta vida. Estoy solo en mi lucha. No creo que Dios todavía escuche mis oraciones, tengo ganas de morir”. Sé muy bien que esos momentos de la vida que nos empujan a hacer tales declaraciones no son nada fáciles. Sin embargo, hablar de esta manera es una señal de casi aceptar la derrota y la pérdida de la esperanza en la providencia divina y la restauración. La buena noticia hoy es que hay esperanza en Jesús el pan de vida que nos atrae a sí mismo todos los días para alimentarnos.

En la primera lectura de hoy, el mismo Elías que derrotó a Acab, Jezabel y sus profetas enteros de Baal tiene miedo y corre por su vida.  Sin embargo, cuando pensó que toda esperanza estaba perdida, Dios intervino divinamente alimentándolo y fortaleciéndolo para su viaje. ¿Qué aprendemos de Elías hoy? ¡sencillo! Debemos aprender a descansar nuestras expectativas en la soberanía de Dios, confiando en su tiempo, providencia divina y protección. Además, otra lección importante y alentadora aquí es que el fracaso no significa la derrota, o el fin de nuestra vida y peregrinaje.

En la carta a los Efesios es una invitación a la comunidad a vivir la nueva moral del Evangelio, después de la renuncia al pasado pagano. A las virtudes teologales, como la fe, hay que agregar las virtudes comunitarias como la bondad, el perdón, la comprensión, etc. Pero pone como modelo la actitud de Jesucristo. En consecuencia, las comunidades cristianas deben ser el lugar donde se repare el odio y la ruptura entre los pueblos y en el que las personas se sientan de verdad hermanas, porque hay un solo Dios, «Padre de todos», y Cristo es el pacificador universal. La Iglesia, por ello, tiene la responsabilidad de hacer de mediadora efectiva de la paz para el mundo y de enfrentarse valientemente contra los «grandes dominadores del mundo» y las grandes potencias que promueven el deterioro de lo humano. Sólo así mostraremos los cristianos que Jesús es el pan de la auténtica vida.

En ocasiones somos proclives a juzgar apresuradamente, olvidando aquello, de que “las apariencias engañan”. Vemos a una persona bien trajeada, en una palabra, e inmediatamente, surge en nosotros una idea positiva sobre la misma. Por el contrario, vemos un personaje un tanto desaliñado, y con frecuencia, nuestro juicio sobre el mismo, suele ser negativo. Puede ser así. Pero no olvidemos lo que dije antes: “Las apariencias engañan”. Lo mismo le ocurrieron a ciertos judíos con Jesús.

Algunos con cierto tono despectivo, dicen: “¿No es éste el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? Los fariseos no creerían en Él. En cambio, buscaron medios para desacreditarlo a él y a su trabajo. Jesús no se rindió. En cambio, se mantuvo concentrado. Demostró ser el pan de vida que Elías come y fue restaurado. Por lo tanto, Él nos atrae a sí mismo todos los días a través de la mesa eucarística con el fin de nutrirnos y fortalecernos para nuestro camino.

Finalmente, la Iglesia nos invita a sentarnos a la mesa de Jesús. ¿Crees sinceramente que Jesús es el pan de vida? Y ahora, dos interrogantes, que debemos responder con sinceridad, con la mano en el corazón. Si crees o lo creemos, ¿cómo no nos acercamos con más frecuencia a esta mesa a saciar nuestra hambre? Una de las señales de buena salud es el buen apetito. Asimismo, una de las señales de buena salud espiritual es el hambre de Dios. Él se nos ofrece como alimento y comida: “Tomen y coman, nos dice, esto es mi cuerpo”. Creyendo esto, ¿cómo explicar esa indiferencia ante la misma? ¿Cómo no nos acercamos con más frecuencia a recibir el pan de vida? Y las veces que nos acercamos, ¿cómo no lo hacemos con más espíritu, con más ilusión: en una palabra, ¿con más fe?