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ESCLEROCARDÍA: LA ENFERMEDAD TERMINAL DE LA HUMANIDAD

Por: Carlos Daniel Franco Ramírez, Novicio C.Ss.R.

Algunos casos de esclerocardía en la Sagrada Escritura

Anteriormente, ya se citaba el caso de la esclerocardía en el Evangelio de Marcos y Mateo cuando Jesús responde al cuestionamiento sobre el divorcio en la ley prescrita por Moisés. Sin embargo, hay otros casos en que la Palabra de Dios[1] habla de la dureza de corazón[2], y otros ejemplos que implícitamente develan esta enfermedad.

Cuando se echa un vistazo al Antiguo Testamento, es evidente cómo este mal ha estado presente desde la antigüedad; el pueblo de Israel en varios momentos de su historia pasaba por una infestación de esclerocardía, situación que le preocupa grandemente a los enviados por Dios; esto los lleva a alzar su voz, a orar y a denunciar fuertemente. Uno de estos casos es Isaías cuando por la dureza del corazón de su pueblo exclama: “¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien, de los que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas, de los que vuelven dulce lo amargo y amargo lo dulce!”(Is 5,20). Más adelante, Dios por boca de este mismo profeta les dirá con severidad a los que no creen en la pronta liberación: “Escúchenme, duros de corazón ustedes, que están lejos de la justicia” (Is 46,12).

De modo similar, cuando Dios llama al profeta Ezequiel y le da a conocer su misión, la de ir al pueblo de los Israelitas y comunicarles su palabra, un pueblo que ha sido desobediente y que se ha rebelado contra Él, le manifiesta que también sus hijos son de cabeza dura y de corazón empedernido (cf. Ez 2,4). Asimismo, el profeta Jeremías sigue denunciando este mal que padece el pueblo Israelita, un pueblo que está siendo infiel y que rinde culto a otros dioses, y al no haber aceptado a Dios y su oferta de salvación por medio de sus siervos y profetas, Dios asegura castigarlos: “pero ellos no escucharon ni inclinaron sus oídos, sino que obraron según sus designios, según los impulsos de su corazón obstinado y perverso” (Jer 7, 24).

En este mismo sentido, por las malas acciones del pueblo de Israel como consecuencia de la esclerocardía y de la rebeldía de su corazón, algo similar había ocurrido antes, en tiempos de Moisés, cuando Dios cansado de la infidelidad y perversidad de su gente, promete castigar a un pueblo que se había vuelto obstinado y perverso (cf. Dt 9,6-14). De esta manera, entre muchos otros momentos y pasajes del Antiguo Testamento se narra esta experiencia de la dureza del corazón[3].

Pasando después a los Evangelios, se encuentra también una realidad no muy diferente a la del Antiguo Testamento; se ve a un grupo de personas enfermas, con un corazón testarudo, obstinado y cerrado que no escucha el mensaje de Dios revelado en la persona de Jesús. Grupos religiosos y personas que ponían todo su interés en el templo, en la ley, en el culto, pero que explotaban al pueblo pobre y sencillo, les interesaba el cumplimiento de la ley, el poder, el dinero, por encima de las personas, ignorando el amor y la misericordia[4]

Contra estas situaciones, Jesús va a exponer su nueva doctrina y va a denunciar esta enfermedad que tanto mal provoca. Jesús, conocedor de la hipocresía, de la cerrazón de corazón, de la idolatría y de la injusticia de algunos grupos religiosos, del imperio y hasta de muchos que lo seguían, va a lanzar sentencias como: “Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el Reino de los Cielos; ni entran ustedes, ni dejan entrar a los que quisieran…parecen sepulcros blanqueados: hermosos por fuera, pero por dentro llenos de huesos de muertos y de podredumbre…” (cf. Mt 23,13-36).

Jesús en el Evangelio de San Mateo, explicando a sus discípulos el motivo de hablar en parábolas, haciendo referencia a la profecía de Isaías, les dice que lo hace porque “por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán. porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan y no los cure” (13,10-16). 

Otro momento en el que Jesús hace a alusión a esta enfermedad, es cuando en sábado pretende curar a un hombre que tenía una mano paralizada; Jesús sabía que los fariseos lo observaban con el fin de acusarlo, pero Él está convencido que por encima de la ley está la persona, la ganancia de rescatar una vida a perderla, y por eso dirigiendo una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, decide curarlo (cf. Mc 3,1-6).

De manera similar, en el Evangelio de San Mateo (18, 21-35), Jesús respondiendo a una pregunta de Pedro sobre el perdón de las ofensas, propone la parábola del servidor despiadado; un servidor que tenía que saldar una deuda, el rey compadecido de su súplica decidió perdonarle todo lo que debía. Sin embargo, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía una suma mucho menor, no solo no se compadeció de sus lamentos y súplicas, sino que lo puso en la cárcel. Aquí es notable un corazón esclerocardioso, duro y enfermo, un hombre que tenía que compadecerse de su prójimo porque él también había sido perdonado, pero no lo hizo, solo pensó en sí mismo y en sacar ganancia.

Otros pasajes ilustran claramente esta dureza de corazón, cuando más importa ser cumplidores de la ley y poco interés hay por el hermano, como por ejemplo cuando los escribas y fariseos iban a apedrear a una mujer que había sido sorprendida en adulterio (cf. Jn 8,3-11). En este mismo sentido, esta enfermedad se reconoce en la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,29-37) cuando ante la desventura de un hombre herido y tendido en el camino, un sacerdote y un levita lo ven, lo rodean y siguen su camino con indiferencia. Se podrían citar otros relatos de la Sagrada Escritura, pero basta estos para comprender la existencia de tal realidad.

Pero si algo queda claro, es que esta gravísima enfermedad del corazón sí tiene cura, no nos podemos dejar engañar; pues el mismo Jesús vino a sanar a toda la humanidad y trajo consigo el antídoto. Jesús para sanar propone ablandar, transformar y convertir estos corazones duros y empedernidos desde el amor y la misericordia; “es recordar aquel estribillo del Evangelio, cuando Jesús ve una persona, una situación dolorosa: “y tuvo compasión”. Jesús es la compasión del Padre; Jesús es una bofetada a toda dureza de corazón”[5].


[1] Todas las referencias bíblicas aquí citadas serán tomadas de “La Biblia Católica para Jóvenes”; traducida por Armando J. Levoratti y Alfredo Trusso, de la Misión Bíblica juvenil del Instituto Fe y Vida, y por la Editorial Verbo Divino, 2a Edición., 2015.

[2] No todas las versiones de la Biblia traen expresamente la palabra “dureza de corazón”. Dependiendo de la versión se pueden encontrar sinónimos como: duros de cerviz, corazón perdido, tercos de corazón, corazón de piedra, corazón obstinado, empedernido corazón, corazón desobediente, pertinacia de corazón, corazón perverso, etc.

[3] Se pueden confrontar otros textos que ayuden a una mejor comprensión de la Esclerocardía en el A.T. por ejemplo: Dt 9,6; 1Sam 25,3; 2Sam 3,29; Is 48,8; Abd 1,3; Dn 3,1-25; 13,5-43, etc.

[4] Nos podemos referir exactamente a algunos grupos religiosos en tiempos de Jesús como los sumos sacerdotes, fariseos, saduceos y escribas.

[5] FRANCISCO, Homilía en Santa Marta (18 febrero 2020), en elmosaicoeducacion.com (2020). https://www.elmosaicoeducacion.com/2020/02/homilia-del-papa-francisco-en-santa_19.html