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Por: P. José Rafael Prada Ramírez, C.Ss.R.

Doctor en Psicología Clínica, recopilador y redactor

Para nadie es extraño, que en esta época de Coronavirus, hayan aumentado los estados depresivos, o depresión. Es una “corona de espinas” más que se añade a este síndrome declarado por la OMS como la enfermedad del siglo XXI.

Nos detendremos, en esta breve exposición, en lo que se llama “depresión exógena” es decir, cuando el estado depresivo surge a raíz de un acontecimiento negativo en la experiencia del individuo.

En nuestro caso, apareció el COVID 19 cuando menos lo esperábamos y lentamente nos ha devorado días, meses y, ya casi, años de nuestra actividad relacional y laboral. Aparecen, entonces, los síntomas físicos de dolor de cabeza, diarrea o estreñimiento, opresión en el pecho, cuello o cabeza, cansancio y fatiga, etc.; o los síntomas mentales de ansiedad, pérdida de memoria, tristeza, confusión, apatía, desánimo, etc.; u otras extrañas manifestaciones como somnolencia en el día, despertar angustiado en medio de la noche, ganas de no levantarse en la mañana, pérdida del apetito, temor de que “yo voy a ser el próximo contagiado del virus”, disminución de nuestra capacidad de decidir, ideas de desprecio o de que esta vida no vale la pena, etc.

No es el caso analizar el origen psicológico, médico o psiquiátrico de la depresión, sino la incidencia que, meses de confinamiento, uso obligatorio de las medidas de bioseguridad (mascarilla, lavado manos, distancia de los demás) y tiempos de confinamiento prolongado, han producido en nuestro bienestar psicológico y estado de ánimo, y ofrecer algunas medidas psicológicas y religiosas de fácil práctica, para controlar, detener y, ojalá suprimir, aquellas manifestaciones negativas.

Pongo a su disposición, brevemente, una terapia sencilla que nos puede ayudar psicológica y espiritualmente para convertirnos en personas “resilientes” que saquen de lo más íntimo de su ser las energías psíquicas y espirituales que nos puedan mantener en el camino del optimismo y la esperanza.

1. Ya desde finales del siglo pasado el “conductismo” y la “psicología positiva” habían ofrecido, para casos similares, la terapia llamada “Tríada de autocontrol” o TAC . Es fácil, y si la practicamos a menudo nos dará magníficos resultados. Veamos. Siempre que se presente un estado depresivo, la persona diga “¡Pare!” (o ¡Stop!), toma respiración profunda y luego imagina una escena placentera. Observemos la técnica un poco más en detalle:

– Detención de pensamiento: cuando la persona sienta uno de esos estados depresivos, cierre los ojos, una el índice y el pulgar de la mano derecha, y repítase a sí misma la palabra fuerte ¡Pare! Haga esto 3 veces. Poco a poco adquirirá la costumbre de detener los pensamientos o sentimientos depresivos y “condicionará” la unión del índice y pulgar a esa sensación de control; pudiendo repetir esa acción, sin que nadie se dé cuenta, cuando necesita controlarse y sentirse mejor en una circunstancia de la vida real.

– Ejercicio de respiración-relajación. Se le enseña a la persona a cerrar los ojos y a respirar profundamente (diafragmáticamente): a “inspirar” el aire profundamente y luego a “expirar” el aire lentamente. Hacer el ejercicio varias veces. Esa es una manera óptima de relajarse.

Imaginarse una escena reforzante. Se le enseña a la persona a utilizar su imaginación e imaginarse en detalle una experiencia pasada reforzante y placentera que haya vivido: una playa con la brisa del mar, una vista hermosa desde lo alto de una montaña, una sensación de paz en un bosque, una gran alegría en un momento de felicidad. La persona debe quedarse gozando de esa experiencia pasada por algunos segundos.

Si se unen los 3 pasos anteriores, la persona aprenderá a condicionar positivamente los momentos negativos o depresivos y a convertirlos en positivos y reforzantes. Es cuestión de ejercicio e interés.

2. Como somos creyentes y religiosos, tenemos también otra técnica maravillosa y es la práctica de la famosa frase de San Agustín: “Dios es más íntimo que mi propio íntimo”.

Esta es una experiencia espiritual maravillosa, pues por el Bautismo somos “Templo del Espíritu Santo” y Dios habita en lo más profundo de nuestro ser. Podemos recordar, siempre que nos comuniquemos con Él, que somos “Cristóforos” y que llevamos al Señor dentro de nuestro íntimo ser, y que Él nos ama, nos perdona, nos da lo mejor se su amor, nos sostiene misericordiosamente de su mano, y que “ni un solo de nuestros cabellos caerá sin su divina Voluntad”. El Señor lo único que sabe hacer es amar, hacer el bien, perdonar, fortalecer nuestra débil humanidad, para que nos realicemos en todas nuestras potencialidades.

Podemos, entonces usar la técnica anterior de “inspirar/expirar”, añadiéndole el elemento espiritual llamado “Oración del Corazón” u “Oración del Peregrino Ruso”. Cuando inspiramos suavemente, pronunciamos la frase “Señor Jesús, Hijo de Dios vivo”, y cuando expiramos o exhalamos el aire, decimos “Ten misericordia de mí”. Lo hacemos unas tres veces lentamente. Luego repetimos la primera fase, la de inspirar el aire, sin modificarla; pero en la segunda podemos variar y pedir por personas, acontecimientos o deseos, siempre haciéndolo brevemente; por ejemplo, diciendo: “Ten misericordia de mi madre enferma”. No se trata de hacer largas oraciones, sino breves enunciados pues el Señor ya conoce nuestras necesidades.

Hagamos de estas terapias parte de nuestras vidas, para que nos sirvan no solamente en momentos de pandemia, sino para que las utilicemos también siempre que estamos negativos o los problemas difíciles non acosen.

La “TAC” es un instrumento óptimo en otros comportamientos desadaptados: comer en exceso, alcoholismo, consumir drogas, fantasías sexuales, accesos de ira, etc. Y la “presencia de Dios en nuestro ser más íntimo” es más que un dogma: es la certeza de que Dios nos ama pues somos la creatura más maravillosa y extraordinaria que Él creó, su obra maestra que no dejará fracasar jamás.