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Por: P. José Samuel Torres

Este encuentro mensual con el Señor de los Milagros es una invitación a vivir con intensidad el tiempo cuaresmal. Con la mirada en él y escuchando su invitación, pidámosle que nos ayude a concretar los aspectos que debemos cambiar.

La llamada de Dios siempre confronta la vida. Para gozar de buena salud física se deben realizar pequeñas jornadas de deporte: caminatas, ejercicios, natación… Todo ello contribuye para el bienestar del cuerpo. Lo mismo ocurre con la salud espiritual. Cortos minutos de encuentro con Dios, con el hermano más necesitado, con la familia nos permiten ejercitarnos en la vida del Espíritu. ¿Qué familia se puede construir sin no hay instantes para dialogar, compartir, orar, servir? Si queremos gozar de este bienestar, debemos tener momentos de encuentro con Dios para revisar la vida. De vez en cuando es bueno que nos preguntemos: ¿Cómo vivo mi caridad cristiana? ¿Cómo respondo a los desafíos que el mundo me plantea para vivir mi fe? ¿Cuánto hace que no me confieso? ¿Le doy la importancia que tiene la vida sacramental del matrimonio? Ahondar y profundizar la vida en relación con Dios conlleva una vida de compromiso con la sociedad actual que es propio del camino cuaresmal.

Daniel, personaje legendario del pueblo de Israel, por medio de sus visión y oración nos invita a ejercitar la vida en el espíritu. El texto que leemos en el día de hoy subraya la grandeza y la misericordia de Dios. El profeta describe las acciones de Dios: misericordioso y perdona los pecados y las infidelidades de la comunidad. Al mismo tiempo, describe las acciones que alejan de Dios y no permiten experimentar su ternura. Con profundo sentimiento de dolor y de vergüenza, Daniel escribe: “Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra”.

Con la mirada en el Señor dediquemos unos instantes para reconocer sus acciones  en nuestra vida y, al mismo tiempo, pidámosle su Espíritu para avanzar en los aspectos que tenemos que mejorar.

Lucas, en el evangelio, presenta la propuesta de Jesús. Se puede decir que es el mandato del Señor a sus seguidores. El Maestro pide que nos ejercitemos en la caridad constante, en el perdón activo con los hermanos, en la prudencia, que hace verdaderos sabios, en ofrecer bendiciones a los que nos rodean, y tener un corazón generoso como es el Corazón de Dios. Surge la pregunta, ¿cómo educarnos en este camino que el Señor propone?

San Alfonso, fundador de los misioneros redentoristas, propone que cada encuentro con Dios debe tener al menos tres momentos. El primero, el reconocimiento de la grandeza de Dios: gracias, Señor, por tu presencia en mi vida, porque te manifiestas siempre en mi camino. No estoy solo; tú estás conmigo. Un segundo momento, el reconocimiento de la propia arcilla, de la debilidad que hay y, en definitiva, del pecado que carcome el alma. Finaliza, con la súplica al Espíritu de Dios que lo renueva todo. Ven, Espíritu Santo, don de los dones espléndido, sana mi corazón enfermo y dame la fuerza para crecer en tu amor y misericordia.