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VII Domingo de Pascua

Comentario dominical

16 de mayo de 2021

Por Dixon David Álvarez Negretti, CSsR**

Ciclo B: Mc. 16, 15 20

No temas, pues yo estoy contigo; no mires con desconfianza, pues yo soy tu Dios; yo te he dado fuerzas, he sido tu auxilio, y con mi diestra victoriosa te he sostenido” Is 41,10

Esta semana el Señor Jesús prepara su ascensión al cielo, acontecimiento no tan comprendido por los apóstoles, quienes preguntaban por el reino de Israel evadiendo la realidad, ya que querían que Él se quedará con ellos de una forma permanente y eterna (Cf Lc 24, 29). Esto no es algo negativo; de hecho ¿cuántas personas no sienten el mismo deseo? Un Jesús presente en sus vidas. Ahora bien, se debe entender que ya Jesús no acompaña a su pueblo como ellos quieren, sino que se marchará para completar el plan que Dios ha realizado para nuestra Redención (Cf. Jn 16, 10). Esto ocasionará una tristeza similar a la que produce perder un ser querido, y otras situaciones que nos generan este sentimiento. Pero esta tristeza pasajera es necesaria para mostrar la alegría de un plan salvífico que todavía no se logra comprender, por eso dice: “Estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16, 20).

El miedo de los apóstoles era comprensible, su única esperanza estaba por irse, por lo cual quedarían solos y abandonados. Pero este no era el plan de Jesús, pues al subir al Padre, quería estar presente en toda la Iglesia y en todos los tiempos. No había, pues, motivo para estar tristes, el Redentor lo prometió, dijo que no se iría de nuestro lado, a pesar de los problemas y los líos del corazón humano (Cf Jn 15, 11). Al subir al cielo, Jesús confía a sus apóstoles la tarea de anunciar su Evangelio a todos los hombres, dejando en este mundo, atraído por el pecado, un testimonio de su amor. El Señor sabía que vendrían luchas y persecuciones, pero estaba seguro de que las vencerían si guardaban sus enseñanzas, por eso les dijo: “les he dicho estas cosas para que superen la prueba” (Jn 16, 1). En otras palabras, Él confía en ti y en mí, puesto que nos ha elegido para ser luz y dar testimonio de aquel que dijo: “Soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto” (Jn 15, 16).

Es hora de aplicar lo que nos enseñó Jesús, es el momento de traer sus enseñanzas a la vida, demostrando que sus lecciones han sido asimiladas en nuestro ser. No nos acompaña el Señor físicamente, debido a que retornó al Padre, pero su amor, misericordia y entrega, se siguen manifestando en nosotros, al punto que podemos decir que él camina con su pueblo, y si logramos practicar lo que nos ha pedido con tanto amor en su cruz, su espíritu nos acompañará siempre (Cf Jn 16, 10. 13). Incluso esto fue lo que sucedió en Pentecostés. La intención de comunicar al mundo sus enseñanzas y su vida, hizo que se venciera el miedo. El mismo Señor entregó el Espíritu Santo para perdonar, sanar y lo más importante, acompañar a todos los que se dejen redimir por Él (Cf Jn 20, 19 – 23).

El mundo nos propone una vida cada vez más solitaria e individualista, y este pensamiento se ha impregnado en la sociedad, y de forma especial en la familia. Actualmente muchos luchan por salir de la crisis “por su cuenta”, es decir, por salvarse solos, no en comunidad. Esto se evidencia en la pandemia: comedores vacíos, adultos mayores encerrados en asilos, niños y jóvenes deseando ser escuchados. La soledad que tanto temían los apóstoles está aquí nuevamente. No obstante, no estamos solos.

El Señor nos lo repite: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y así su alegría sea completa” (Jn 15, 11) Jesús está en ti y en el prójimo, en cada buena obra que realizamos y en la sagrada Eucaristía; está también en el sacramento de la reconciliación, en las obras de misericordia, en el matrimonio, la oración y la unión familiar. Pero también está en las pruebas de la vida, pidiéndonos confianza y regalándonos paz. No estamos solos, por el contrario, estamos más acompañados que nunca. Sus enseñanzas nos acompañan en cada momento de la vida (Cf Jn 21, 24 – 25). Él continúa con nosotros, aunque ya no físicamente, como muchos quisieran, sino con la gracia de su Espíritu Santo. Él ilumina nuestra vida con la fuerza del cirio pascual, de la Sagrada Escritura y de los sacramentos. Y como diría san Alfonso, nos acompaña de forma privilegiada en la oración, por la cual recibiremos de Dios la alegría perfecta: “Pidan y recibirán. Así su alegría será perfecta” (Jn 16, 23b – 28).

¡No tengamos miedo, hermanos! La ascensión de Cristo era necesaria para sentir su presencia viva en toda la Iglesia. Los apóstoles entendieron que esto tenía que suceder así. El papa Francisco en una reflexión del 21 de mayo del año 2020 decía que Cristo “cuando los dejó, en vez de quedarse tristes, volvieron a Jerusalén con gran alegría”. Tengamos, pues, la confianza de que él nos acompaña siempre. Y algo muy importante, antes de subir al cielo, Jesús reafirma que nos enviará al Espíritu Santo para que nos acompañe en este caminar. Inclusive, su necesidad de quedarse con nosotros era tan sólida, que hasta nos dejó a su propia madre para que nos acompañara. Así pues, pidámosle a María, nuestro Perpetuo Socorro, que nos ayude a ver siempre a su hijo vivo y resucitado en nuestras vidas.

¿Cómo vivirás la Ascensión del Señor?

¿Sientes que camina a tu lado y que no estás solo?


** Seminarista oriundo de Venezuela, perteneciente a la Congregación del Santísimo Redentor (Misioneros Redentoristas)