image_pdfimage_print

Por: P. Jerónimo Peñaloza Basto, C.Ss.R.

Avanzamos en el año litúrgico, y en la pedagogía de la liturgia se nos acompaña en el crecimiento humano, espiritual, familiar y social de nuestro ser de cristianos.

En este encuentro con el Señor de los Milagros y con nuestros hermanos de fe debe darnos la posibilidad de reflexionar sobe nuestra relación con el Señor y sobre nuestro compromiso con el hermano y con el entorno. El Papa Francisco ha venido frecuentemente invitando a toda la Iglesia y a cada bautizado, a comprometerse socialmente, de manera que podamos cambiar las estructuras de pecado y marginación. 

El punto de partida es el reconocer que todos somos llamados a la santidad, es decir, a la salvación en Cristo Jesús por quien se ha obrado la redención de la humanidad, así lo afirma San Pablo en el texto que acabamos de proclamar “no hay distinción, ya que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús.” La Iglesia de todos los tiempos lo ha proclamado así; el Concilio Vaticano II, en la Lumen Gentium, (39 y s.s.), anunciaba gozoso esa verdad de fe, ese llamado universal a la santidad, a la vida eterna en Dios, por la obra redentora del Hijo. Ese misterio central de nuestra vida de fe es el eje central de nuestra devoción al Señor de los Milagros. Nos sentimos redimidos, perdonados, amados, salvados en la obra del Hijo por el amor del Padre. 

El Dios amoroso que en su Hijo Jesús nos ha redimido, mira compasivo la debilidad del ser humano, que por sus acciones egoístas o interesadas, en muchas ocasiones se pierde del horizonte del proyecto de Dios, del proyecto de Reino, y se convierte en un ser violento, mal intencionado capaz de eliminar al hermano. Pero aquel que es fiel, que persevera confiado en su Dios, es escuchado cuando desde lo profundo clama. Así nos lo hacía orar el salmista: “Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz…” ¿De cuántos de nosotros es este clamor hoy? ¿Cuáles son los clamores que hoy dirigimos a Dios? ¿Cuál es el clamor, del padre o madre de familia por sus hijos? ¿Cuál es el clamor del obrero, del marginado, del inmigrante, de quien ha tenido que abandonar su territorio, su cultura, su familia, su trabajo? Es el clamor del mundo, el clamor de la sociedad, de la Iglesia, que hoy se hace una sola oración: desde lo hondo del corazón te clamamos con fe; un clamor que se expresa en nuestra consagración al Señor de los Milagros: ¡Señor, si quieres puedes currarnos! Escucha Señor nuestra oración… No se quedará sin ser escuchada nuestra plegaria.

Jesús alude a la falsedad y apariencias humanas. Por ellas, nos gloriamos de lo externo, de fabricar mausoleos, bustos conmemorativos, días nacionales o mundiales de los Derechos Humanos, contra la violencia, de la tierra, etc. pero en las acciones concretas somos injustos, maltratamos a los demás, somos violentos, deforestamos la tierra, etc., esa incoherencia es la que nos deja germinar vigorosamente el Reino de Dios en nuestro mundo.

La expresión de Jesús “se le pedirá cuenta a esta generación” nos hace mirar reflexivamente el presente, valorar nuestra vida, acciones, palabras y nos lleva a preguntarnos si ¿tenemos cada uno algún grado de responsabilidad en la violencia, asesinatos, empobrecimiento, marginación, los movimientos migrantes, etc., en todas esas formas de maldad que hacen daño a los demás? ¿Acaso a nosotros se nos pedirá cuenta de ese mal que tanta sangre le ha costado al país? 

Con la convicción que nos da la fe y la esperanza debemos proclamar que es posible un país en paz, en el que se reconozca la dignidad del otro, sus derechos, en donde las necesidades básicas de los ciudadanos estén satisfechas, donde haya vías de acceso, comunicación y desarrollo para todos. Así como creció la imagen del Cristo de las aguas en la casa de aquella mujer que con fe lo veneraba, así ha de crecer la dignidad de todos los que nos reconocemos cristianos e imágenes de Dios.

Y finalmente, a nosotros que se nos ha concedido conocer el amor de Jesús, su Palabra, su Buena Noticia, que participamos de los grupos apostólicos en las parroquias, o que somos ministros, se nos invita hoy a que no seamos de aquellos que no entramos a vivir y hacer nuestros los valores del reino y que tampoco dejamos que otros entren a ver, sentir y vivir el gozo y la alegría de creer en Cristo Jesús. La apertura del corazón y de las experiencias eclesiales de las comunidades debe ser una característica esencial para acoger a los demás. 

El Señor nos bendiga a todos.