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Por: Carlos Daniel Franco Ramírez (Novicio Redentorista)

Para nadie es un secreto la situación crítica que se está viviendo en Colombia desde el pasado 28 de abril, cuando con el objetivo de suprimir el proyecto de reforma tributaria propuesto por el gobierno, a causa de la pandemia de COVID-19 se convoca a un paro nacional; pese a las terribles consecuencias que esta traería para los colombianos, especialmente para la clase media y los más pobres.   Sin embargo, y como bien es sabido en el transcurso de estos días se han presentado un sin numero de situaciones tristes y lamentables, ha habido muertos, desparecidos, y una cantidad considerable de heridos. Además, ha sido evidente el abuso desmesurado de la fuerza pública, así como situaciones de vandalismo por parte de algunas personas y grupos que han distorsionado y afectado las protestas pacíficas. 

     Como Iglesia misionera, como religiosos y colombianos ante estas situaciones de profundo dolor, no somos indiferentes; acompañamos a cada una de las personas que se han sumado a las marchas pacíficas, estamos con el pueblo que clama y sufre en medio del dolor, de la injusticia, del enojo y de la desesperanza. De igual manera repudiamos y condenamos rotundamente todo hecho de represión y de abuso que esté en contra de la vida y de la defensa de la dignidad de cualquier persona; pero de manera especial de nuestros hermanos más pobres y desfavorecidos.  Como Iglesia estamos presente, acompañamos al pueblo, denunciamos y exigimos el cese la violencia y el respeto por la vida. No toleramos el autoritarismo ni el vandalismo.

     También es cierto que muchas personas en Colombia, han manifestado su inconformidad por pocos pronunciamientos por parte de la Iglesia local, o por falta de acompañamiento y cercanía con el pueblo que marcha. Ante este descontento, se ha visto cómo la Iglesia por medio muchos sacerdotes, seminaristas, religiosos, religiosas, y un buen número de creyentes laicos, se han sumado a esta causa, asumiendo con ello el compromiso y responsabilidad con todos nuestros hermanos de la patria. 

     Como Iglesia colombiana, se ha hecho un llamado a la reconciliación nacional, al diálogo y a la búsqueda de alternativas pacíficas en beneficio de todos. Asimismo, tenemos muy claro y somos concientes que debemos seguir acompañando más de cerca a nuestra feligresía, poniendo en práctica el rol profético de nuestra vocación, pues, no podemos quedarnos callados e indiferentes. Por eso, pedimos al gobierno y a las altas instituciones que promuevan y se defiendan los derechos y la vida de todas las personas. No podemos seguir matándonos entre hermanos; no queremos ver más sangre derramada.   

     Ya lo decía Monseñor Romero en su homilía del 23 de marzo de 1980: “La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!”

     Por ende, como líderes cristianos, y atendiendo el llamado que el Papa Francisco tantas veces a hecho, hagamos ruido, yante estas situacionesalcemos nuestra voz, salgamos a dar testimonio del evangelio y a encontrarnos con los demás. Hoy es necesario que Salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo, pues es mejor una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. Sin embargo, no es posible que como Iglesia seamos artífices y participes de división, violencia y odio, pues el gran Revolucionario de la Historia ¡JESÚS!, nos enseñó que cambiar las estructuras de muerte es posible, nunca con la promoción del odio y la violencia; sí con amor, compromiso, misericordia y perdón.