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Fuente: Noel LONDOÑO, "Jesucristo: revelación del amor de Dios Padre. Meditaciones sobre la cristología alfonsiana", en: VV.AA., Dimensiones de la Espiritualidad Redentorista (Espiritualidad Redentorista VIII), Comisión de Espiritualidad CSsR, Roma 1997, 120-140.

A continuacón vamos a reflexionar sobre el misterio de la encarnación. Misterio no en el sentido de tema oscuro y escondido, sino en el sentido bíblico-teológico de signo salvífico, sacramento de salvación. El misterio no es un rompecabezas que Dios nos coloca, sino la expresión o manifestación “cifrada” de su amor, su teofanía… La encarnación es misterio, no tanto porque sea difícil captarla, sino porque es acercamiento salvífico de Dios.

Esto lo entendió muy bien san Alfonso. Sus escritos sobre la Encarnación no son un intento por explicar lo mistérico, sino un deseo de demostrar que todo fue obra de amor. En sus libros sobre este tema (las dos series de meditaciones para Adviento hasta Epifanía y las dos novenas de Navidad) siempre comienza hablando de una manifestación de amor. El primer capítulo de esos cuatro libros titula El amor que Dios nos ha manifestado en la encarnación del VerboBondad de Dios en la obra de la redenciónDios nos dio a su Unigénito como Salvador y El Verbo eterno se hizo hombre para encender el fuego del amor. Diríamos entonces que encarnación no es misterio en el sentido negativo, sino claridad, manifestación o, para decirlo con un texto bíblico que san Alfonso cita varias veces, «manifestación de la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tit 2,11).

Encarnación como donación y justificación

San Alfonso, en sus escritos sobre la encarnación presenta diversos aspectos de lo que se nos revela en la encarnación, acentuando especialmente la salvación como fruto del amor que se entrega.

«”Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito” (Jn 3,16). Porque el eterno Padre, dándonos a su Hijo por Redentor, por víctima y por precio de nuestro rescate, no podía facilitarnos motivos más poderosos de esperanza y de amor para suscitar en nosotros la confianza y obligarnos a amarlo. Después de habernos dado a su Hijo, ya no tuvo más para darnos. En Jesús encontramos cuanto podemos desear: luz, fortaleza, paz, confianza, amor, gloria eterna. “¿Cómo no nos dará todo con él?” (Rm 8,32). “Cristo Jesús se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,30). Dios nos lo dio a nosotros, ignorantes y ciegos, como luz y sabiduría para caminar por la senda de la salvación. A nosotros, dignos de castigo, nos lo dio para que fuera nuestra justicia. A nosotros, pecadores, para que fuera nuestra santificación y pudiéramos llegar a la santidad. A nosotros, en fin, esclavos del mal, para ser nuestro rescate y poder adquirir la libertad de hijos de Dios».

(Meditaciones de Adviento a Epifanía, meditación V)

Esa entrega del Verbo, llamada también abajamiento (kénosis), es la fuente de nuestra alegría y nuestra justificación.

«Deja de temer y no desconfíes, pobre pecador. ¿Cómo temer no ser perdonados si vino del cielo el Hijo de Dios para perdonar? Ya no tienes motivo para estar triste a causa de la sentencia de muerte dictada contra ti, dice san León, porque acaba de nacer la vida. “Canceló la nota de cargo que nos condenaba con sus cláusulas contrarias a nosotros” (Col 2,14); Cristo “se ha hecho para nosotros justicia” (1 Cor 1,30), borrando así nuestros pecados».

(Novena de Navidad, discurso IV)

De modo que con la encarnación se inicia no sólo la vida terrena del Verbo sino también la nueva condición de vida de los creyentes en él. Por la encarnación hemos sido justificados ante el Padre y hemos nacido a una nueva vida.

El realismo de la encarnación

San Alfonso, hombre de su tiempo, se mueve en un tono bastante sentimental al hablar del pesebre y del nacimiento; pero eso mismo es un signo del realismo que daba al hecho de la encarnación. El Santo se enternece ante el niño del pesebre, le canta sus villancicos y le adora: «Dios humanado, ¡cuánto te costó el haberme amado!». Es Dios, sí, pero en la debilidad y fragilidad humanas.

¿Por qué es importante hablar hoy del realismo de la encarnación? Porque muchas afirmaciones y muchas devociones de los cristianos, nosotros incluidos, corren el riesgo de acentuar la divinidad de Cristo sin reconocerle que sea verdadera y plenamente hombre. Ya el evangelista san Juan tuvo que insistir en la realidad carnal del Verbo; no dice que el Verbo se hizo “hombre“, sino que se hizo “carne“, es decir, hombre sometido al dominio de lo terreno, frágil, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. La encarnación significó para el Hijo el tener que nacer y morir, pues era un ser humano concreto, con una historia real. No era un elaborado químico, una unidad entre dos polos abstractos: lo divino y lo humano. Se había hecho realmente carne.

Encarnación y cruz

San Alfonso se pregunta: ¿por qué el Hijo de Dios se hizo hombre y por qué tuvo que morir? Alfonso busca el porqué de la encamación o de la pasión a partir del dato revelado: el Verbo hecho carne, y no a partir de un hipotético ser humano sin pecado. Y si alguna vez se pregunta por lo que Dios podía o debía hacer, lo que le interesa realmente es resaltar lo que Dios ha hecho, el amor que ha demostrado.

Hacerse hombre y aceptar morir son una sola cosa, piensa san Alfonso. La encamación es, en este sentido, el comienzo de la pasión, el inicio del aniquilamiento que llega a su máxima expresión en la cruz. En otras palabras, para Alfonso no hay una separación entre encarnación y cruz. La salvación ya se nos daba en la venida del Hijo, de tal modo que todos los actos de Jesús (y no sólo su muerte) son fuente de redención.

Cada capítulo de la Novena de Navidad desarrolla un aspecto de esta kénosis o anonadamiento de Cristo, según el esquema de san Pablo: de Dios se hace hombre; de grande se hace pequeño; de señor se hace esclavo; de inocente se hace culpable; de rico se hace pobre; de glorioso se hace humilde. La entrega que comienza en la encamación no podía quedar truncada: debía seguir ahondándose, hasta llegar a la muerte y muerte de cruz. Por eso dice san Alfonso:

«En el misterio de la encarnación debemos creer que el Hijo de Dios se hace hombre y es una sola persona –verdadero hombre y verdadero Dios– y sufrió padecimientos y muerte para salvar al género humano. ¡Oh, qué extremos tan distantes: Dios y el ser humano! Creer la grandeza anulada, la altura abajada. De modo que debemos adorar como Dios un hombre condenado y muerto en cruz. Esto –al comienzo– parecía un escándalo y una locura, como dice san Pablo (cf. 1 Cor 1,17-23)».

¿Cuál es, entonces, la línea que une la encarnación y la cruz? San Alfonso no duda en señalarla: la única clave de lectura de todo ese proceso de anonadamiento es el amor. La encamación y la cruz son como dos caras de un único misterio: el misterio del don del Hijo. Por eso, citando a santo Tomás, dice que la encamación fue obra del Espíritu Santo porque fue un don total y gratuito, fruto sólo del amor divino.

Detalles de dos grabados realizados por San Alfonso

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Oraciones

«Dulce y amable niño, aunque te veo tan pobre en ese pesebre, te confieso y adoro por mi Señor y Creador. Comprendo quién te redujo a tan miserable estado: el amor que me tienes. Recordando ahora, Jesús mío, la manera’ como te traté, las injurias que te hice: me maravillo cómo me has soportado. Malditos pecados, ¿qué hicieron? Amargar el corazón de este mi enamorado Señor. Por favor, querido Salvador mío, por los dolores que sufriste y por las lágrimas que derramaste en el establo de Belén, dame gran dolor, que me haga llorar durante toda la vida los disgustos que te causé. Dame amor a ti, pero tal amor que compense las ofensas que te hice. Te amo, mi tierno Salvador. Te amo, Dios Niño. Te amo, amor mío, mi vida, mi todo. Te prometo no amar nada en adelante sino a Ti. Ayúdame con tu gracia, sin la que nada puedo. María, esperanza mía, tú alcanzas de tu Hijo cuanto deseas. Alcánzame su santo amor. Madre mía, escúchame».

(Meditaciones de Adviento, meditación 15)

«Querido Jesús mio, si es verdad –como dice la ley– que con la donación se adquiere el dominio, entonces tú eres todo mío porque tu Padre te ha entregado a mí. Has nacido para mí, y para darte a mí: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9,5). Entonces puedo decir: Mi Jesús y mi todo. Y como tú eres mío, todas tus cosas son mías. Me lo asegura el apóstol: “¿Cómo el Padre no nos dará todo con él?” (Rm 8,32)… Sólo por culpa mía puedo perderte y separarme de ti. Pero si en el pasado te he perdido, ahora me arrepiento con todo el alma y estoy dispuesto a perder la vida antes que perderte, bien infinito y único amor mío. Te agradezco, oh Padre eterno, por haberme dado a tu Hijo. Tú me lo donaste totalmente, yo, miserable, me entrego todo a ti. Por amor de tu Hijo acéptame y úneme íntimamente a él con los lazos del amor; pero átame tan fuertemente que yo pueda exclamar: “¿Quién me separará del amor de Cristo?” (Rm 8,35)… María, Madre mía, ponme bajo tu protección. Yo no quiero más ser mío, quiero ser todo de mi Señor. De ti espero esta felicidad, que en ti confío».

(Meditaciones para Navidad, meditación 1)

«¡Oh dulce, oh amable, oh santo Niño mío! Para hacerte amar de los seres humanos te sometiste a todo, pues de Hijo de Dios te hiciste un hijo del hombre. Y entre nosotros quisiste nacer como todos los niños, si bien más pobre y humillado que los demás, eligiendo por casa una cueva, un comedero de animales por cuna, un poco de paja por lecho. Quisiste aparecer esa primera vez ante nosotros cual niño pobre, para cautivar nuestros corazones desde tu nacimiento, y luego, durante toda tu vida, continuaste dándonos cada vez mayores pruebas de amor, hasta elegir muerte desangrada y envilecida sobre un infame madero… Te amo y te amo tanto, Jesús mío, que, aun cuando todos los seres humanos se separaran de ti y te abandonaran, yo prometo no abandonarte, aunque tuviera que perder mil veces la vida. Oh María, gloriosa Madre del Verbo encarnado, no me abandones. Ayúdame siempre; con tu ayuda, oh esperanza mía, espero ser fiel a Dios hasta la muerte».

(Novena de Navidad, disc. 2)