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XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario dominical

26 de junio de 2022

Ciclo C: Lc. 9, 51-62

Por: P. Cristian Bueno Fonseca, C.Ss.R.

La libertad es, ciertamente, un valor central de nuestra fe y un don que todos apreciamos, ya que hemos sido llamados a vivir en la libertad de los hijos de Dios. Si existiera un documento de identidad para los cristianos -dice el Papa Francisco- la libertad sería uno de sus rasgos característico.  Al hablar de libertad, casi siempre la entendemos en términos de “ser libre de alguien o de algo,” o ser libres para hacer lo que se quiere sin ningún tipo de restricciones. Comúnmente escuchamos a personas que defienden esta idea cuando dicen: “es mi vida,” “es mi cuerpo,” “es mi opción”, “yo tengo el derecho de hacer con mi cuerpo y con mi vida lo que quiera.”   El inconveniente es que la libertad, entendida en este sentido puede convertirse para el creyente en uno de los grandes impedimentos para vivir en la libertad de los hijos de Dios, y en un obstáculo en el seguimiento de Jesús.  

No existe la libertad entendida como libertad absoluta. Aunque yo sienta que soy libre para hacer todo lo que quiera, siempre estaré sujeto a restricciones como, por ejemplo, la necesidad de dormir o respirar o la incapacidad para volar por virtud propia. El aprecio y respeto a la ley natural, se convierte así, no es sinónimo de esclavitud sino de sentido común que abre las posibilidades para la promoción y el desarrollo de la vida. Precisamente son estos condicionamientos los que nos llevan a comprender que no hay libertad en sentido puro, o que deba centrarse únicamente en el individuo. El interrogante sobre la libertad vendría a ser entonces: ¿libertad de qué?, ¿libertad para qué?

Las lecturas de este domingo nos dejan ver que para ser libres no es posible -ni deseable- vivir una vida sin restricciones. Todos tenemos la necesidad de experimentar el sentido de seguridad en nuevos niveles. No obstante, para promover nuestro desarrollo, en algún momento nos vemos enfrentados a dejar estas seguridades para comprometernos con un bien mayor. Todo compromiso implica un sacrificio y una restricción, no de la libertad, sino de otras posibilidades. Así, por ejemplo, el joven que se ve en la necesidad de salir de su casa paterna/materna para descubrir su vocación, o quien restringe otras posibilidades para entregarse en matrimonio a una sola pareja y lograr experimentar así el verdadero amor, la verdadera seguridad y la verdadera libertad. Porque la libertad no apunta únicamente al bien del “yo” individual, sino también al “nosotros” comunitario. Así, la libertad no es libertad para el egoísmo, sino libertad para darse, amar, servir, como lo hizo Jesús.

Cuando decimos “si” a algo estamos diciendo “no” a otras muchas posibilidades. Así, yo no puedo ser medio católico, o estar medio casado. El “sí” al seguimiento de Cristo, como el “sí” del matrimonio tienden hacia una radicalidad que, antes que oponerse a la libertad, le da su sentido verdadero. Cuando Jesús nos dice que no se puede servir a dos señores al mismo tiempo (Mt 6, 24), nos está diciendo que existe una jerarquía de posibilidades y que necesitamos discernir, entre los muchos caminos, los más beneficiosos. Y Jesús se presenta a sí mismo no como un camino más, sino como “EL Camino” (Jn 14, 6). Eso quiere decir que, en nuestro deseo de vivir como personas libres, no podemos dejar todas las posibilidades abiertas en nuestra vida; si lo hacemos, perdemos de vista los caminos más nobles, los que nos permiten vivir la vida en plenitud a la que hemos sido llamados.

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Algunas personas pueden ver al cristiano como sinónimo de restricciones y de ataduras a reglamentos. Pero ser cristiano significa pertenecer a Cristo, y pertenecer a Cristo significa que Cristo es nuestra ley y que Él reina en nuestras vidas por encima de nuestras pasiones, inclinaciones y deseos. El seguimiento de Cristo, en vez de disminuir nuestra vida, la lleva a su mejor expresión, a su plenitud. Así, el discipulado de Jesucristo no se define tanto, a partir de una relación de sometimiento que limita nuestra libertad, sino como una relación de amor que nos predispone a tomar decisiones libres y liberadoras. Es así como Jesús hace del amor el mandamiento más importante, el “yugo suave y la carga ligera” que identifica a sus seguidores (Cfr. Mt 11, 28 – 30).

Las lecturas de este domingo nos señalan también el significado del discipulado de Jesús, y la posibilidad de vivir una vida de total compromiso en total libertad. Mientras Jesús va de camino a Jerusalén, algunas personas manifiestan el deseo de seguirlo. Como muchas veces nos sucede a nosotros, estas personas no entendían muy bien las implicaciones de este seguimiento, de este “ir a Jerusalén” con Jesús.

El primer personaje expresa el deseo de seguir a Jesús a donde Él vaya. Una persona muy entusiasta y al mismo tiempo no muy consciente de la realidad a la que se quiere enfrentar, porque las garantías de bienestar que le ofrece Jesús no son las más halagüeñas. El segundo personaje quiere seguir a Jesús y presenta una petición razonable: “déjame ir primero a enterrar a mi padre.” La respuesta de Jesús nos muestra que hay también otras prioridades. Lo que Jesús quiere decir es que quien quiera seguirlo no debe pensar en organizar primero su vida para después seguirlo. Las exigencias del Reino: la verdad, la compasión, la justicia, la libertad, la paz, ocupan un lugar prioritario. No pocas veces también nosotros podemos apreciar estas dinámicas en nuestras vidas: organizamos primero nuestras vidas, nuestros negocios y solo después miramos qué queda para dar a Jesús. El tercer personaje también expresa su deseo de seguirlo haciéndole una petición similar: “déjame primero despedirme de los de mi casa”. La lógica de esta persona le indicaba que había que gozar los bienes de la vida primero antes de considerar el seguimiento de Jesús. Pero para ser discípulo de Jesús no hay que dudar, porque la llamada que Jesús hace es ahora, y la respuesta tiene un carácter de inmediatez.

Esa inmediatez al llamado se expresa en la vocación de Eliseo. Eliseo también quiso despedirse primero de sus padres, pero en cambio, se devolvió y sacrificó los bueyes con los que estaba arando el campo. Con el arado hizo una hoguera y cocinó la carne de los bueyes y ofreció la carne al pueblo para que la comiera. Eliseo lo abandonó todo: Arado, bueyes, tierra, su gente. Quedó con las manos vacías, pero totalmente libre.  No se trata de tomar literalmente esta palabra, pero de reflexionar dónde está puesto nuestro corazón y cuáles son nuestras prioridades. Tenemos muchas ataduras, miedos, ansiedades y nostalgias que pueden tener un efecto paralizador. Por eso Pablo enfatiza que “para la libertad nos ha liberado Cristo”. Los primeros cristianos, como aquellos de la comunidad de los Gálatas, eran cristianos convertidos del judaísmo que quizá se sentían asechados por las nostalgias del pasado de las cuales deseaban sentirse libres.

Pablo nos advierte que la libertad no necesariamente es autocomplacencia irrestricta e ilimitada, ni tampoco un privilegio. Ser libre es tomar la responsabilidad de la propia vida, de las consecuencias de nuestras opciones, de nuestros actos y omisiones dentro del contexto de este mundo interconectado e interdependiente.

Que el ejemplo de María nos ayude a responder con el mismo “Si” generoso, y todos podamos disfrutar de la libertad que el Redentor nos ofrece.