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Por: P. José Rafael Prada Ramírez, C.Ss.R.

Reflexión para la celebración mensual del Señor de los Milagros de Buga, 14 de mayo de 2021

El Evangelio de hoy nos coloca en el centro del mensaje de Jesús: “Amarnos los unos a los otros, como Él nos ha amado”. La novedad no está en el amor mutuo, sino en el amarnos mutuamente como Jesús nos ha amado, es decir, ¡en la entrega total hasta la muerte! No se trata de un aceptarnos en nuestras cualidades y defectos, sino en un entregarnos los unos a los otros como Jesucristo se nos entregó. Aquí se aplica aquel refrán ya conocido: “¡Quien no da todo, no da nada!”.

Por eso el Papa en su reciente encíclica “Fratelli Tutti” (núm. 29) resume el amor al migrante en cuatro exigentes verbos: acoger, proteger, promover e integrar. Es importante la “acogida calurosa”, somos seres humanos de sangre caliente, que desde el “apego materno” de los primeros años, estamos inclinados a que nos abracen, nos quieran, nos mimen. Y este verbo acoger va acompañado inmediatamente por el de “proteger”; más aún si somos migrantes y en tierra difícil, necesitamos el apoyo de alguien en quien confiar y de quien recibir ayuda. Y como somos seres humanos abiertos cada día a “ser más”, necesitamos que se “nos promueva”, que se nos ayude a ser más, tanto en la parte material, como en la intelectual, la económica y la espiritual. Nunca diremos ¡basta! a esta necesidad de progresar, ser y tener más. Finalmente, que se “nos integre”, porque si yo no echo raíces, si no me siento aceptado como hermano por los otros, mi identidad sucumbe. Yo soy en la medida en que los demás me integren en sus vidas y me reconozcan como hermano.

¡Qué bien escogidos estos cuatro verbos por el Papa Francisco para enseñarnos cómo tratar a los migrantes! Jesús fue migrante en Egipto, y ahora lo es en las personas de los miles de venezolanos que nos llegan. Son pobres, necesitados, sin recursos económicos; pero al mismo tiempo son, en su inmensa mayoría, jóvenes, echados para adelante, con sangre e ideales nuevos.

Este Cristo Milagrosos, Señor de los Milagros de Buga, no olvidemos que fue también migrante, necesitado de ayuda, respeto, colaboración y promoción. De lo contrario, tal vez Herodes hubiera puesto punto final a su vida. Pero no, sus padres y él huyeron a Egipto y allí vivieron mientras Herodes reinaba. Después volvieron a su patria y Jesús pudo desarrollar su obra salvadora que llamó “Reino de Dios”.

Ahora desde la cruz el Milagroso nos invita a todos nosotros los colombianos a no encerrarnos en nuestro egoísmo y en nuestros prejuicios. Nos invita a tener un corazón grande y abierto a los migrantes que lleguen a nuestra tierra, y a ver en ellos una oportunidad magnífica de ayudarlos y ayudarnos. Ayudarlos porque lo necesitan y son nuestros hermanos; ayudarnos porque su sangre nueva con otras características, nos enriquece y nos promueve. El mejor desarrollo para un pueblo humano, es que otro pueblo humano se le una. Esa es la historia de la humanidad. Pueblos que mezclan su sangre, sus cualidades, sus trabajos, y logran superar sus defectos, sus inercias, y sus egoísmos.

Vamos a orar a esta belleza sangrienta de Milagroso para que los colombianos dejemos nuestros egoísmos y temores y que, apalancados por la Cruz de Cristo, recibamos a nuestros hermanos migrantes con todo nuestro amor, sabiendo que “el que da un vaso de agua a uno de estos mis pequeños, a Mí me lo da”, y que no hay mejor resurrección que la muerte al egoísmo por amor al hermano.