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V Domingo de Pascua

Comentario bíblico

2 de mayo de 2021

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

Ciclo B: Jn. 15, 1 – 8

La lectura del Evangelio este Cuarto Domingo de Pascua tomada de San Juan es parte del discurso de Jesús en la Última Cena. En estos capítulos del presente relato evangélico, Jesús instruye a sus discípulos acerca de la importancia de seguir su ejemplo de amor y servicio, acerca del don que recibirán cuando Jesús les envíe el Espíritu Santo, y acerca de su relación con Él y con el mundo.

En primera instancia, la expresión en San Juan, “Yo soy” seguido de un predicado indica una fórmula de revelación, y con cada imagen va a expresar una relación distinta de Jesús con los hombres en su misión salvífica. Representando al revelador (Jesús) por medio de conceptos soteriológicos y de imágenes muy gráficas: Pan de vida (6,35), Luz del mundo (8,12), la Puerta (10,9); el Buen Pastor (10,11.14); la Resurrección y la Vida (11,25), el Camino, la Verdad y la Vida (14,6); la Vid verdadera (15, 1-6). Estas palabras del Revelador traen consigo una realidad, la presencia, cercanía y voluntad del Padre, que propone al hombre la salvación, la vida eterna.[1]

Además, la imagen bíblica de la viña, era muy conocida en la literatura de Israel, como expresión de su relación con Yahvé, de los cuidados que Él le prestaba a su pueblo, como el descuido por parte de las autoridades religiosas, donde se presentaba como la destrucción de la viña de Israel (cfr. Sir. 24,17; Sal. 80, 9-20; Is. 5, 1-7; Jr. 2,21; Os.10,1; Ez. 17,5-10; 19,10-14). Jesús quiere ahora hablar de comunión íntima con Él, que han de cultivar sus discípulos; conociendo esta realidad de la vida, se sabe que no todos los sarmientos dan fruto, por ello, la poda y el cuidado, son tarea exclusiva del Viñador.

Asimismo, la vid no es un árbol alto, por tanto, es fácil tomar los frutos que esta ofrece. Normalmente, en una viña, el labrador prepara una estructura para que las vides se extiendan a una altura adecuada para que el vinicultor recoja los racimos, pues si no se hace así, sus vástagos se extenderían por el suelo. Esta imagen expresa la cercanía y disponibilidad de Jesús para con todos. Toda mano se puede extender hacia Él alcanzando el fruto que proporciona vida. Es la Palabra y el gozo de Dios que es abundante y accesible a todos.[2]

El sustantivo fruto que se repite 5 veces que indica su importancia dentro el relato, es consecuencia de la permanencia del sarmiento en Jesús; sin embargo, la fuerza no está en el “dar fruto” sino en la preposición “en mí”, que se repite cinco veces en esta perícopa, subrayando la importancia capital de la unión con Jesús para hacer posible la fecundidad. Es decir, representa la misión pospascual que, unida al kerigma, presenta a Jesús como el primero que con su muerte produce fruto (Jn 4,36; 12,24-26); dar fruto es llevar a la madurez la misión de Cristo, esto es, llegar a la cosecha del reinado de Dios para que se manifieste lo que ha sido sembrado en la muerte de Cristo: la salvación-liberación del mundo, que es la gloria y la alegría del Padre.[3]

La poda (cortar-limpiar) es una operación radical y dolorosa para la planta; está simbólica (cortar-limpiar) de la acción del Padre adquiere sentido si se entiende como las exigencias (fidelidad, obediencia, entrega, compromiso, ruptura, etc.) que realiza sobre los que han de seguir a Jesús quien representa su voluntad. Él estimula en la vid -comunidad- la postura radical que se requiere para dar fruto; que se interpreta en resistir, confrontar y llevar a cabo la misión en medio de una sociedad que se establece sobre un sistema socio-económico esclavista; sobre un sistema religioso que aliena y un sistema patriarcal-cultural basado en relaciones de dominio. Sistemas que se organizan en un estilo de vida, con unos parámetros y valores que privilegia a unos pocos pero que margina y esclaviza a la mayoría del pueblo judío; para el cuarto evangelio este es escándalo del pecado que se ha de erradicar.[4]

Del mismo modo, para Paul Wess el permanecer es una simbólica que se ha de entender en clave de conflicto; a partir de la experiencia pascual – resurrección de Jesús- y del testimonio de Comunidad joánica se denuncia las contradicciones del sistema religioso y sus interpretaciones acerca de Dios; además se convierte en amenaza al sistema socio-económico impuesto por el imperio romano. Las medidas tomadas por unos y otros, son de orden represivo, pues no se trata solo de la expulsión de las sinagogas, sino, de todo lo demás: señalamientos, exclusión, persecución, destierro, expropiación y muerte.[5]

En conclusión, Jesús es la vid verdadera de la cual el pueblo es un símbolo, una imagen. Es Jesús quien produce finalmente los frutos que Dios ha estado esperando durante muchos siglos. Los frutos del discipulado, entonces, sólo serán posibles gracias a la comunión con Jesús. Ellos constituirán el criterio último de la veracidad del discipulado. Finalmente, la figura de la vid y los sarmientos responde al interés principal que quiere expresar el autor en este evangelio, que es la vinculación del creyente con la vida que viene de Jesús (Dios), que es lo que otorga también la condición de discípulo. Sin embargo, no se puede perder de vista cuál es el propósito de esta comunión, y la injerencia que ha de tener en la vida práctica de la comunidad y de su entorno.


[1] Raymond Brown, El Evangelio Según Juan XII-XXI, Tomo II. Madrid: Ediciones Cristiandad, 2000), 1009.

[2] Johannes Beutle, Comentario al evangelio de Juan. Estella – Navarra: Verbo Divino, 2016. 245

[3] Antonio García Moreno, Jesús el Nazareno el Rey de los Judíos: Estudios de Cristología Joánica. Navarra: Eunsa, Ediciones Universidad de Navarra, 2001, 363.

[4] Paul Wess, Dios Cristo y los pobres. Barcelona: Herder, 201. 218

[5] Paul Wess, Dios Cristo y los pobres. 224