IV Domingo de Cuaresma
Comentario dominical
14 de marzo de 2021
Por: P. Nelson Bernardo Rozo Suárez, C.Ss.R.
Ciclo B: Jn 3, 14 – 21
Hoy como Iglesia celebramos al cuarto domingo de cuaresma, tiempo propicio para encontrarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Para lograr este encuentro, la liturgia de la palabra desde del miércoles de ceniza, nos propuso tres practicas: la oración, la limosna y el ayuno. Estas no son exclusivas de esta época, pero sí, se nos presentan como medios necesarios que nos permiten revisar, replantear y crecer en nuestro modo de relacionarnos con Dios, con el otro y con nosotros mismos; es decir, iniciar o continuar con nuestro proceso de conversión.
Sin perder de vista el horizonte de este tiempo cuaresmal vamos a la primera lectura que hace alusión al destierro del pueblo judío a Babilonia, hecho doloroso que marcará a su gente para siempre. Este suceso es interpretado por el autor sagrado como consecuencia del mal proceder, de la infidelidad y de la ingratitud que el pueblo elegido ha tenido con Dios, quien siempre permanece fiel a sus promesas y a la alianza tal como lo muestra la Sagrada Escritura. Después de escuchar este texto, está la tentación de sustraer y quedarnos con la imagen de Dios castigador, de hecho, muchas personas la predican; de responsabilizar a Dios de nuestras “desgracias”; de acusar a Él de abandonarnos a nuestra suerte.
En contraste con lo anterior, la segunda lectura nos presenta otra imagen de Dios manifestada en Jesucristo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo”. Ese es el verdadero rostro de Dios: la misericordia. Dios nos ama inmensamente y en vez de castigarnos está presto a perdonarnos y a guiarnos en el camino de regreso hacia Él.
En este mismo sentido, el evangelio dominical, nos presenta el diálogo de Nicodemo con Jesús. Dios se encarnó para salvarnos, para darnos una nueva vida, no para condenarnos: “Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Dios ya obró nuestra salvación en su Hijo, ahora depende de nosotros que la aceptemos por la fe, es decir que creamos en Cristo y aceptemos su palabra y la pongamos por obra en nuestra vida: el que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Con certeza todos nosotros hemos escuchado de Cristo, hemos crecido en un ambiente religioso cristiano, pero muchos de nosotros no nos hemos encontrado definitivamente con Él. Somos conscientes de que Cristo es la luz verdadera, pero hay muchas cosas que nos ofrecen falsas y pasajeras seguridades e impiden que le abramos nuestra vida. Que hoy, con la gracia de Dios y nuestro esfuerzo podamos morir a todo lo que obstaculiza nuestro encuentro definitivo con Cristo. Que el Señor nos conceda la gracia del discernimiento para aceptar la luz y rechazar las tinieblas como lo señala el evangelista: “el juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.



Muy buen articulo, muy recomendable! Saludos.