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XXII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario social

29 de agosto de 2021

Ciclo B: Mc. 7, 1-8.14-15.21-23

Por: P. José Pablo Patiño Castillo, C.Ss.R.

Algunas personas al pasar frente a un templo hacen la señal de la cruz. Otros cuando salen de casa, meten un gol; no falta quien entra de rodillas al santuario o recibe la comunión de rodillas… Hay muchas muestras de piedad: llevar medallas, cruces, estampas, asperjarnos con agua bendita… Sin embargo, las prácticas por sí mismas no cambian a las personas, ni las hacen mejores. Quizá, a veces, creídos, sentirse mejores que los demás… Creerlo es magia, superstición. El rito por muy perfecto que lo hagamos no produce mejoramiento moral. Tampoco el simple conocimiento: saber oraciones o recitar la Biblia u otros libros religiosos.

Lo que hace bueno o malo al ser humano, lo dice Jesucristo con toda claridad, es la actitud, el corazón dirigido a Dios y al prójimo. Es lo que hizo el Hijo de Dios al acercarse a nosotros y compartir nuestra condición humana. La honradez, la bondad, la sinceridad, la caridad y la solidaridad, la misericordia no nacen del ritual, de las prácticas u oraciones, sino del corazón sano.

Si estas no nos llevan a actitudes humanas y cristianas, entonces perdemos el tiempo. Por eso, la pureza del corazón no puede ser consecuencia de prácticas rituales ni sacramentales. La única impureza que existe la pone el ser humano cuando busca su propio interés a costa de los demás.

“Dejemos que el amor de Cristo se derrame en nosotros: de este amor el discípulo se nutre y en él se funda. En el amor agradecido a nuestros prójimos, en nuestras casas, en la familia, en la sociedad, se comunica a todos la misericordia del Señor”. (Papa Francisco).