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XXII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario dominical

29 de agosto de 2021

Ciclo B: Mc. 7, 1-8.14-15.21-23

Por: P. Wilson Efrén Duarte Granados, C.Ss.R.

Siguen las confrontaciones que se van sucediendo entre Jesús y los fariseos, apoyados por unos escribas que vienen de Jerusalén.

En esta ocasión se trataba de lavarse las manos antes de comer , sobre todo después de haber estado en el mercado o lugares públicos, donde era posible un contacto, por ejemplo, con pecadores y paganos. Jesús no critica eso. Son pequeños detalles y el amor está hecho también de pequeños detalles. Pero aprovecha la ocasión para afirmar que es más importante la pureza del corazón y de la conciencia, la interior, que la exterior de las manos.

Sabemos que las sociedades o grupos humanos crean tradiciones cuando se sienten felices. Las tradiciones son precisamente una forma de recordar y revivir esos momentos de felicidad, de plenitud, de comunión. Muchas países celebran todos los años el aniversario de su independencia. Es celebrar la libertad. La mayoría de las tradiciones del pueblo judío se construyeron en torno al recuerdo feliz de la liberación de Egipto y de la entrada en la Tierra Prometida. Son recuerdos y celebraciones de un pasado feliz, que, gracias a las tradiciones, van pasando de generación en generación.

Lo malo es que a veces las tradiciones dejan de ser el recuerdo de un pasado feliz para convertirse en algo que hay que hacer porque sí. Entonces pierden su sentido. No son liberadoras. No nos ponen en conexión con nuestra historia, sino que nos oprimen y nos obligan a hacer cosas de las que desconocemos su sentido y razón.

Jesús reprocha a los judíos precisamente el haber convertido sus hermosas tradiciones en una pura ley que todos, sin excepción, se veían obligados a cumplir.

Es casi seguro que el lavarse las manos antes de la comida era una forma de expresar que para el judío toda comida era en cierto sentido un momento de comunión con el Dios que les había regalado la tierra prometida y sus frutos. Pero con el tiempo se olvidó el significado y quedó sólo la norma, la tradición desnuda de sentido. Llegó a ser un mero rito automático, un gesto sin sentido. Jesús les recuerda que el lavarse las manos no puede ser más que un signo de una pureza más profunda: la pureza de corazón.

Los cristianos podemos pensar que estamos libres de esas tentaciones que tuvo el mundo judío. Ser cristiano no es cumplir con una serie de normas. Es vivir con gozo el amor que Dios ha puesto en nuestros corazones.

La religión verdadera, según Santiago que refleja bien la repetida enseñanza de Jesús a lo largo del evangelio no es sólo rezar o escuchar la Palabra de Dios. Ya dijo Jesús que no el que dice “Señor, Señor”, entrará en el Reino, sino el que cumple esa Palabra. Cuando se dice que para cristiano no todo consiste en ir a misa en domingo, no se quiere decir jamás que no sea importante esta celebración, sino que le debe corresponder una vida coherente.

Santiago nos indica dos direcciones en que se debe concretar nuestra “religión”, por un lado es ayudar a los más necesitados y nombra a los huérfanos y las viudas y por otro lado en no mancharse las manos con este mundo o sea defenderse y no caer en la mentalidad que tiene el mundo, muchas veces alejada de la Dios.

Si seguimos este camino, se puede decir muy bien de cada uno de nosotros lo que afirma el salmo del justo: “el que así obra nunca fallará”.