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Domingo de Ramos

Comentario dominical

10 de abril de 2022

Ciclo C:Lc 8, 7. 14-23, 56

Por: P. Víctor Chacón Huertas, C.Ss.R. (Redentoristas de España)

1.“Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento”. Es la profecía de Isaías que habla del Siervo de Yahvé, cada vez que la escuchamos sabemos el mal augurio que ello conlleva para Jesús. Se le identifica con el Siervo sufriente de Dios, con el Justo que en nada faltó y que por ello fue molesto y padeció males sin cuento. Se vio solo, profundamente solo; quizás sea éste el mayor de los males que soportó; no pudo apoyarse en nadie más sino en Dios, porque todo a su alrededor se tambaleaba. Y creer contra toda esperanza no es fácil nunca. Aún así lo hizo. Fue fiel. “Yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda… no me tapé el rostro”. Es la profunda solidaridad con todos los que sufren lo que se nos revela en esta lectura de Isaías. A Dios no le da igual ninguna de sus criaturas, mucho menos aquellas más débiles y vulnerables, aquellas que más sufren. Nietzsche y otros autores acusaban a los cristianos de masoquistas –o algo parecido- de defender una moral de débiles, de víctimas, que viven arrastrándose por la vida y pidiendo perdón por existir. Pero esto no es cierto. La nuestra no es una moral-doctrina de débiles sino de quien deja que Dios sea su fuerza, propia de quien reconoce a la vez la grandeza y debilidad del ser humano.

 2.“Se despojó de su rango…, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”. Despojo y abajamiento son las claves desde las que Pablo les refiere a los filipenses la vida de Cristo Jesús. Siendo él grande, se hizo pequeño. Siendo poderoso, se hizo precario y menesteroso. ¡Qué contradicción! O ¿Qué gran sentido? Quien es grande puede abajarse, descender; quien es pequeñito lleva tacones y está muy preocupado por parecer alto y llegar alto. Ocurre igual con las cosas del espíritu. A los de corazón grande no les importa ir con los pequeños, con los últimos… y a la inversa: los de corazón mezquino siempre andan buscando codearse bien, aparentar ser alguien importante. La Pasión de Cristo no puede ser más elocuente en este sentido que comentamos. La suya fue COMPASIÓN. Pasión con los suyos, los pobres y pequeños, los que no contaban. Y lo paradójico es que no dejó de compadecerse de aquellos que buscaban su muerte, de los grandes y poderosos. Mostró siempre ternura que, como dijo el Papa Francisco, es la virtud de los fuertes, no de los débiles. Hay que ser muy fuerte para compadecerse y sentir ternura por quien te acusa y busca tu muerte. Jesucristo lo hizo. Y nos dio ejemplo con ello.

3.“Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré”.  Son las palabras que Lucas pone en boca de Pilatos en su relato de la Pasión. Nos muestran con escándalo y sorpresa el fallo absoluto de todo, el mal que actúa silencioso y tenebroso en nuestro mundo: con Jesús falló la justicia humana, falló la religión que le inculpa, falló también un pueblo dividido entre los que piden su sangre, los que la lloran y los que contemplan en silencio consintiendo. Esta vez aunque le inculparan los jefes religiosos de su tiempo, la condena fue “muy democrática” y vino directamente de la voluntad del pueblo. La justicia y el arbitrio del poder romano representado en Pilatos, “se lava las manos”, prefiere no saber aunque sí que sabía. Significativa es también la actitud de Herodes: se acerca a Jesús con curiosidad e interés, pidiendo un milagro, pero pronto pasó al desprecio y a la burla ante aquel hombre mudo y fracasado que no se dejaba manipular. Un autor de los primeros siglos, Orígenes, dice en una de sus obras: “Charitas est passio”. La caridad, el amor, es pasión. He aquí, que en Jesucristo sufriente y paciente, tenemos nuestro modelo a seguir. Él es el amor que se muestra hasta el extremo, que no se reserva nada para sí, que vive volcado y entregado totalmente a los demás. Rompiendo la lógica de la venganza y la violencia, devolviendo bien por mal; silencio por ofensa, amor por odio. Te queremos seguir también en esto Señor, ¿seremos capaces? ¡Danos fuerzas tú, Cristo débil y sufriente! ¡Danos amor tú, corazón roto! ¡Danos misericordia tú, capaz de perdonar a tus verdugos! ¡Cambia nuestras entrañas de odio por entrañas de ternura! Entrar en Jerusalén contigo moviendo los ramos y jaleando “Hosanna, hosanna” era fácil, ayúdanos a continuar a tu lado camino al Calvario y permanecer allí, al pie de la cruz, contigo, orando en silencio. Sólo tratando de seguirte a ti en esta vía dolorosa que redime nuestro orgullo y nuestro egoísmo, seremos dignos de ser llamados algún día “cristianos”. A tus manos perforadas, abiertas hasta el extremo, encomendamos nuestro espíritu y nuestra vida, Señor.