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Por: P. José Silvio Botero G., C.Ss.R.

El amor es aventura, camino que recorrer, porque es camino elegido. Se vive, se desarrolla como se vive y se desarrolla el amor de los amores. Es este un amor en marcha. Es su pan cotidiano, el vino de su alegría. El amor no está hecho ya. Se hace.  

No es vestido o traje de confección, sino una pieza toda de tela que hay que cortar, montar y coser. No es un apartamento del cual te entregan las llaves en mano, sino una casa que hay que concebir, construir, mantener y, a menudo reparar. No es una cima vencida, sino salida del valle, escaladas apasionantes, caídas dolorosas en el frío de la noche o en el calor del sol resplandeciente.  

No es un anclaje en el puerto de la felicidad, sino una leva de anclas y viaje en plena mar, en la brisa o en la tempestad. No es un sí triunfante que se escribe en música, en medio de las sonrisas y de los gritos de ‘bravos’, sino que es una multitud de ‘síes’ que puntean la vida, entre una multitud de ‘noes’ que se borran al caminar. No es una brusca aparición de una vida nueva, perfecta desde su nacimiento, sino el brotar de una fuente y el largo trayecto de un río de múltiples meandros, a veces secos, otras veces desbordados, pero siempre caminando hacia la mar infinita.  

La felicidad no está hecha ya, como el amor se hace, porque es su compañera inseparable. Así, ser fiel no es no extraviarse, no combatir, no caer… Es levantarse siempre y caminar siempre. Es querer continuar hasta el fin del proyecto preparado juntos y libremente decidido. Es tener confianza en el otro(a) más allá de las sombras y de las noches. Es sostenerse mutuamente, por encima de las caídas y de las heridas. Es tener fe en el amor todopoderoso, más allá del amor. La fidelidad es, a veces, la de Jesús que, clavado en la cruz, corazón y cuerpo descuartizado por la infidelidad del hombre, solo, abandonado, traicionado, permanece fiel hasta la muerte, perdona una vez más y con la vida que ofrece salva para siempre el amor. (Anónimo). 

REFLEXIÓN. 

Ha sido como una concepción mágica del amor el creer que es algo automático, que cae de lo alto, sin saber cómo ni cuándo… Una tal concepción ha sido fatal para muchas parejas humanas. Es frecuente escuchar a hombres y mujeres, explicando el fracaso de su matrimonio, decir: ‘se me acabó el amor por él (por ella). A este propósito, podemos preguntarnos: el amor puede morir?. Claro que sí. El amor puede morir si no se le cultiva. El amor humano, como una planta delicada, necesita del aire, necesita del agua, necesita del abono, incluso de la poda. El amor conyugal no muere automáticamente; se le deja morir, se le mata. 

En la Rota Romana, el tribunal supremo de la Santa Sede para la nulidad del vínculo conyuga, han sido tramitadas diversas causas que alegaban como motivo la muerte del amor conyugal, algunas de ellas han sido resueltas en forma positiva. Faltando el amor de esposos en una pareja, nos preguntamos dónde puede echar raíces el vinculo matrimonial?. 

Juan Pablo II en su primera carta encíclica –Redemptor hominis (1.974) escribió: “el hombre no puede vivir sin amar. Permanece como un ser incomprensible, su vida aparece sin sentido, si no ama, si no es amado, si no experimenta el amor, si no se encuentra con él” (n. 10). La razón de una tal afirmación radica en el hecho de que ha sido creado a imagen de Dios que es Amor. Por ser participación del amor de Dios, el amor humano tiene mucho de misterio, pero también mucho de humano. 

Por este motivo, los autores se han ocupado de describir la naturaleza del amor; Robert Sternberg, por ejemplo, alude a la psicología del amor; lo concibe como compuesto por tres ingredientes que conforman lo que él llama la ‘triangularidad del amor’: la pasión como característica del varón, el afecto como característica de la mujer, y el compromiso como el aglutinante de ambos. Pensar el amor solo como pasión sería amor fatuo; pensarlo solo como afecto será amor romántico; pensarlo solo como compromiso será amor vacío. De ahí la necesidad de combinar sabiamente los tres ingredientes. 

Con esta concepción del hombre, en alguna forma, cae por tierra la visión griega del hombre como ‘animal racional’ solamente. Hoy se abona favorablemente la concepción del ser humano como ‘cerebro-corazón’. Un ser que ama y que piensa. Enrique Rojas, psiquíatra español- el autor de un libro titulado El amor inteligente. Corazón y cerebro, claves para una pareja feliz (Madrid 1.997) reprocha  que el varón no haya sido debidamente educado para amar; dice que el varón aparece hoy como un ‘analfabeta sentimental’. 

El amor por ser misterio es algo muy complejo; los griegos necesitaron cuatro términos para designar los diversos aspectos del amor humano: amor-pasión o eros, amor amistad, amor espiritual y amor de padres; en el siglo XX Max Scheler necesitó 10 vocablos para definir el amor. En nuestro tiempo, el amor humano se ha banalizado tanto que ha llegado a significar el simple juego erótico, amor a flor de piel, solamente. Así lo revela canción de R. Márquez  “El amar y el querer”. 

La familia debe ser la primera escuela en que se aprende a amar; es la gran responsabilidad de los padres de familia. Pablo VI, refiriéndose al amor conyugal, al amor de pareja humana, le señaló las cuatro grandes características: amor plenamente humano, amor total, amor fiel y exclusivo, amor fecundo (Humanae vitae  n. 9). El amor como realidad divina y humana tiene por vocación la necesidad de crecer, de desarrollarse hasta llegar a la plenitud, hasta hacerse amor eterno; el amor humano que no crece, decrece y muere, y las consecuencias las pagan hombre y mujer, y de modo particular, los hijos. 

El Concilio Vaticano II subrayó la idea del proceso gradual de crecimiento de la pareja humana repetidas veces; posteriormente algunos sínodos de obispos han llamado la atención sobre la necesidad de revisar el concepto de ‘consumación del matrimonio’; otro tanto hizo la Comisión Teológica Internacional en 1.977; igualmente, un teólogo italiano hizo una reflexión muy gráfica al respecto: “El matrimonio no se hace en una noche”. 

Un argumento más reciente aún es el que aporta el Cardenal V. Fagiolo, sugiriendo remplazar el concepto de ‘consumación (física) por el de ‘consumación existencial’ que tiene muy en cuenta el principio de ‘gradualidad’, es decir, del proceso de desarrollo, de crecimiento progresivo de la vida como pareja. El matrimonio no se realiza automáticamente con el Sí del consentimiento, sino que se va construyendo progresivamente.