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Por: P. José Silvio Botero G., C.Ss.R.

Ya se anotó anteriormente un cambio significativo: el paso de hablar de indisolubilidad a usar la categoría de la fidelidad (¿divorcio y nuevo matrimonio?). Indisolubilidad es un término jurídico que hace alusión a ‘deber’, mientras que  la palabra ‘fidelidad’ hace mención a ‘alianza’, término bíblico muy  revelador. La fidelidad conyugal es una vocación, no una obligación. 

El Papa Pablo VI, en una audiencia general en el Vaticano (11 de Octubre 1.972), afirmó: “la fidelidad no es una virtud de nuestro tiempo porque todo parece embestido por un alud de cambios”. La causa de este fenómeno se puede colocar en la inconsistencia de los tiempos que corren; Entre la gente es frecuente escuchar el slogan comercial: ‘úsese y bótese’. 

En la revista Semana (8 enero 2.001) apareció un artículo con el título ‘el amor narciso’; el autor afirmaba que “el mayor obstáculo para un buen romance es aquel mandamiento hoy tan de moda: ‘amarse así mismo sobre todas las cosas’. Somos  víctimas de la mentalidad postmoderna en la que prima la ‘provisionalidad’: nada es absoluto, todo es relativo, todo es efímero; cada uno vive metido en su individualismo; no hay sentido de comunidad. 

Tiempo atrás se era fiel a la palabra dada, al pacto firmado; hoy se pretende ser fiel a los intereses individuales.  Savagnone, autor italiano, cuenta la experiencia de alguien que afirmaba: ‘me duele por mis hijos, pero yo debo realizarme ….’, quería decir romper su compromiso matrimonial para  hacer otro nuevo.   

La postmodernidad está afectando la fidelidad de diversos modos: en primer lugar, el énfasis que hoy se da al ‘presente’ hace que no se pueda conjugar en futuro ‘seré fiel’; cualquier tipo de compromiso queda reducido al instante; en segundo lugar, el afán de relativizar las obligaciones, los compromisos hace que se tergiverse o se desconozca una genuina escala de valores; en tercer lugar, el valor de la persona humana como ‘ser en relación’ queda  eclipsado; negar la relación con otro es destruir su propia condición de ser humano. 

El Papa Pío XII, que dedicó muchas alocuciones a los recién casados, tuvo una palabras significativas en relación con la fidelidad: 

“Como contrato indisoluble, el matrimonio tiene la fuerza de constituir y vincular a los esposos en un estado civil y religioso, de carácter legítimo y perpetuo. Pero la fidelidad dice  todavía algo más poderoso, más profundo y, al mismo tiempo, más delicado y más íntimamente dulce. Siendo más exigente, la fidelidad cambia en dulzura lo que la precisión jurídica parecía hacer del contrato algo  más riguroso y más austero. Sí, más exigente porque ella juzga infiel y perjuro no solo al que atenta con el divorcio, sino también al que sin destruir materialmente el hogar por él fundado, aun continuando la vida conyugal, se permite establecer y mantener paralelamente otro vínculo criminal”. 

La fidelidad hace alusión a alianza; en primer lugar, la alianza de Dios con su pueblo en el Antiguo Testamento, de Cristo en el Nuevo Testamento con la iglesia, su esposa. Precisamente, el matrimonio es la alianza entre varón y mujer, cuya unión es símbolo (‘sacramento’), una realidad visible de la alianza de Cristo con la iglesia.  De aquí que Cristo sea el modelo de toda fidelidad. Cristo, el Testigo fiel, enseña al ser humano la fidelidad; es ‘icono’ (imagen) de fidelidad, la fidelidad de Jesús de Nazareth al Padre Celestial. 

La fidelidad es uno de los rasgos más acusados del rostro de Dios en la Biblia. Dios se nos ha retratado como un Dios clemente y compasivo, lleno de amor fiel, que mantiene su amor eternamente (Éxodo 34,6-7). Para un cristiano, para una cristiana, que se unen en matrimonio, la fidelidad es una señal de madurez humana y cristiana. Ser fiel al otro es manifestarle que Dios es fiel en  amarlo. Serle infiel es negarme a dar testimonio del amor fiel de Dios al otro/a.