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Por: Filomena Sacco (profesora Academia Alfonsiana – Roma)

Febrero fue un mes caracterizado por hechos que estremecen la reflexión y el corazón del teólogo moral. “Yahvé Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo guardara” (Gn 2,15). La CEI se inspira en esta cita del primer libro de la Biblia para redactar el mensaje del 44º Día de la Vida: Custodiar toda vida”[1]. El Papa Francisco, por su parte, se inspira en la exhortación de Lucas: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36) para escribir el mensaje con motivo del 30º día de los enfermos y exhortarles a ponerse de pie al lado de los que sufren en el camino de la caridad [2]. Mientras que «El poder del cuidado. Mujeres, economía y trata de personas”, es el tema de la VIII Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas, que se celebra el 8 de febrero, memoria litúrgica de Santa Josefina Bakhita.

Encomendado a la custodia del hombre.

Estos acontecimientos nos hacen reflexionar sobre el valor de cada vida, su fragilidad, la necesidad de ser solidarios para afrontar las dificultades. En el plan original de Dios, tanto su prójimo como el resto de la creación están encomendados a la custodia del hombre. En el contexto de la emergencia pandémica que vivimos a nivel planetario desde hace dos años, reflexionar sobre estos hechos y los temas sugeridos trae a la mente las palabras de un estudioso italiano: “Aprenderás por las malas que, en el largo viaje de la vida, encontrarás muchas máscaras y pocos rostros”. El autor es Luigi Pirandello en la novela Uno, nadie y cien mil escrita hace casi un siglo. La pandemia ha puesto nombre a las mil máscaras que usa la humanidad.

La supuesta invencibilidad.

La pandemia ha irrumpido en un mundo que tiende al hedonismo, en busca del placer, que se esconde detrás del Así lo hacen todos, que vincula el valor de la vida humana a la posesión de “requisitos” específicos: estar sano, bello, fuerte, a la moda, productivos para la sociedad, por mencionar algunos. El enorme progreso de la biomedicina en los últimos años ha abierto al hombre horizontes indiscutibles de esperanza y bienestar, pero la enfermedad, el sufrimiento y la muerte siguen siendo una realidad para todo hombre, una experiencia profundamente humana que se vive en primera persona con su irrepetible y dramaturgia irreproducible. Un pequeño virus nos enfrentó con esta evidencia. Antes de que el mundo de la ciencia y la política se diera cuenta de lo que estaba pasando, ya estaba azotando vidas. Como en todas las pandemias de la historia, que han habido y probablemente seguirán apareciendo, lleva tiempo antes de que el hombre pueda comprender y actuar.

La privatización del sufrimiento.

¿Quién no ha llorado al ver las procesiones de cadáveres siendo transportados de una ciudad a otra? ¿Quién no ha sentido una agonía insoportable al perder al ser querido o a las personas sin poder acompañarlas? Sin embargo, ha habido una tendencia en los últimos años a privatizar la enfermedad y medicalizar la muerte. Una vez que la muerte estaba muy socializada, los familiares y vecinos participaban de ella del mismo modo que los nacimientos, bautizos o matrimonios. Hoy se concibe al enfermo y al moribundo como un “otro que inquieta”. El hombre de hoy quiere quedarse solo con su dolor, con su muerte. La muerte quedó encerrada en un hospital, incluso antes de la propagación del Covid-19. El alargamiento del promedio de vida, los logros muy rápidos de la medicina, el aumento del bienestar individual y social significan que las personas mueren con más frecuencia en el hospital que en el hogar. ¿Quizás esta experiencia no nos hará redescubrir la necesidad de acompañar? ¿Estar alli? ¿Estar con los que sufren?

Vivimos en la aldea global… pero ¿sabemos ser hermanos?

Con un clic podemos conectarnos con personas que viven al otro lado del mundo, pero ¿cuántas veces somos incapaces de intercambiar palabras con quienes nos rodean mirándonos a los ojos? Los repetidos encierros nos han encerrado dentro del hogar. Drama para quienes ya vivían situaciones difíciles, oportunidades para quienes han podido redescubrir la alegría de estar juntos, de cocinar, ver una película, leer un libro, jugar, juntos.

En su discurso a la Curia romana en diciembre de 2020, el Papa Francisco reiteró que la pandemia es un “flagelo” que une a todos, pero también es un campo de pruebas para la humanidad, es una oportunidad para convertirse y recuperar la autenticidad. De vez en cuando, la historia ofrece etapas de crisis epocal que afectan ideologías, política, economía, tecnología, ecología, religión. Pero en esta ocasión el Pontífice recordó la etimología del término crisis, del verbo griego krino. La crisis es ese tamiz que limpia el grano de trigo después de la siega [3].

No la máscara sino la Verdad

Somos hijos de un Dios que no quiso tomar la máscara, la apariencia de humanidad, sino la carne humana. Se rebajó hasta el punto de sufrir las consecuencias más dolorosas de esta elección, muriendo en una cruz para gritar todo su amor a la humanidad. San Alfonso escribió: “La cruz clama, cada llaga de Jesús clama, nos ama con amor infinito. […] Jesucristo pudo obtenernos la salud sin sufrir y trayendo una vida dulce y deliciosa a la tierra; pero no… Rechazó las riquezas, las delicias, los honores terrenales, y eligió una vida pobre y una muerte llena de dolor y oprobio. ¿Y por qué? […] Porque Jesús nos amó mucho”[4]. El cuerpo Resucitado de Jesús no es una máscara, lleva los signos de la pasión, el sufrimiento se viste de gloria, se transfigura, pero queda impreso en el cuerpo del Señor. El P. Bernhard Haring enseñó que la Cruz es el acontecimiento por el cual Jesús transforma el acontecimiento más horrible de la libertad abusada en la Revelación de la libertad y del amor infinito. En la cruz Jesús no arroja su cuerpo sino que se da a sí mismo a través del cuerpo, así redime la carne y el cuerpo humano se convierte en el templo donde el hombre debe adorar [5].

¿Qué tiene que ver todo esto con la página de historia que estamos escribiendo? Cualquier evento, por horrible que sea, nunca es la última palabra. Es la fuerza de la Resurrección, una fuerza sin igual, reiteró el Papa Francisco: «Donde parece que todo está muerto, los brotes de la Resurrección vuelven a aparecer por todos lados. Es una fuerza sin igual. […] En un campo despejado aparece de nuevo la vida, obstinada e invencible. Habrá muchas cosas malas, sin embargo lo bueno siempre tiende a volver a florecer y esparcirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que se resucita transformada a través de los dramas de la historia. Los valores siempre tienden a reaparecer en formas nuevas, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de situaciones que parecían irreversibles. Este es el poder de la resurrección” (Evangelii gaudium, n. 276).

Entre las enseñanzas que Pirandello quiso dejar en la novela citada al inicio está que la única forma de vivir la vida es renacer a cada momento. Y este renacimiento sólo puede ser bajo el signo de la autenticidad.


[1] https://www.chiesacattolica.it/custodire-ogni-vita/

[2] https://www.vatican.va/content/francesco/it/messages/sick/documents/20211210_30-giornata-malato.html

[3] https://www.vatican.va/content/francesco/it/speeches/2020/december/documents/papa-francesco_20201221_curia-romana.html

[4] Alfonso Maria de Liguori, Amore delle anime, in Opere Ascetiche, vol. V, Collegio S. Alfonso, Roma 1934 c. II, n. 3, 27.

[5] B. Häring, Liberi e fedeli in Cristo, Liberi e fedeli in Cristo. Teologia morale per preti e per laici, vol. I-III, Edizioni Paoline, Roma 1979-1981, vol. I, 147.