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Epifanía del Señor

Comentario dominical

2 de enero de 2022

Ciclo C: Mt. 2, 1 – 12

Por: P. Víctor Chacón Huertas, C.Ss.R. (Redentoristas de España)

Llegó uno de los días más esperados del año, ¡los Reyes! Aunque los pequeños disfruten ya desde hace días de sus regalos la noche de Reyes no pierde su encanto, la historia es poderosa: que unos Magos de Oriente predijeran el nacimiento del Rey de los judíos y lo buscaran siguiendo una estrella, que los sabios y poderosos hombres se postraran ante un niño recién nacido y le tributaran los honores que un rey mereciera… es algo impactante. A cualquiera le asombra. Imagino el estremecimiento de María y de José ante tal despliegue de personalidades y en la humildad de aquel lugar. Sobrecogidos ante tales expresiones no atinarían más que a alabar a Dios, al ver que allí mismo lo tenían presente manifestándose en la increíble fragilidad de aquel niño, su hijo.

La Palabra de Dios que hoy se nos regala nos estimula a ser cristianos brillantes, deslumbrantes, en cierta manera:

1. “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!” Es la Exhortación del profeta Isaías a la ciudad santa. Abandona las tinieblas, reconoce la luz y súmate a ella. Deja que esta luz que ha nacido reine en tu vida, más aún, conviértete en reflejo de ella para los demás –y esto es interpretación mía- así serás buen cristiano, de los que brillan con luz propia. Porque al fin y al cabo toda luz verdadera procede de la única Luz, de Dios. La fe no sólo nos ilumina a nosotros interiormente, sino que nos convierte en lámparas encendidas que iluminan a los demás, nos hace ¡portadores de la luz divina! Y eso es precioso además de verdadero. Somos capaces de iluminar el rostro de los demás, podemos hacerlo ¿por qué no lo hacemos?

2. Pablo en su carta a los Efesios nos da una nueva clave: “sabéis hermanos de la distribución de la gracia que Dios me ha dado a favor vuestro”. Es decir, que la gracia-luz que yo poseo o que soy os pertenece a los demás. Así lo dice Pablo, así lo hemos de sentir cada cristiano, cada llamado. Mi ser, es ser para la Iglesia, para los demás. Mi vocación no es sólo mía; es de Dios y sólo la vivo rectamente en cuanto la entrego a los demás. Es un recordatorio vivo de la parábola de los talentos. A cada cual se le han conferido unos talentos, póngalos a producir a favor de los demás. Cada cual aprenda a ser fiel con lo que tiene, entregar su luz, la gracia que ha recibido de Dios. Esto no quiere decir que andemos por ahí de “iluminados” ni queriendo dar lecciones a nadie, sino ofrecer humildemente aquello que somos, como los magos, unos llevan oro, otros incienso, otros mirra. Todos diferentes, todos valiosos.

3. “Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría… cayendo de rodillas adoraron al niño”. No hay acto más importante que este de adorar, sabiendo además perfectamente a quién adoramos. No ante cualquiera nos doblamos de rodillas y lo besamos así, sino solo a Dios. La fuerza de los gestos habla por sí sola. Llegaron allí siguiendo una estrella, pero llegado el momento dejaron de prestarle atención y se centraron en el verdadero “Astro” que viste de luz nueva la Tierra. Era necesario adorar y reconocer quién era el mayor, el importante, el protagonista… descubrir allí la manifestación gloriosa y contradictoria de Dios en Jesús. Ojalá aprendamos a vivir en esta dinámica: ser luz sin convertirnos en “estrellas”, saber adorar a aquel que nos da la luz sin dejar de querer alumbrar, de su parte, a los demás.