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Por: P. José Silvio Botero G., C.Ss.R.

La Exhortación Apostólica Familiaris consortio (1.981) sobre la familia cristiana  a referirse a la ‘misión de la familia cristiana’ alude a la ‘familia como comunidad de diálogo con Dios (nn. 55-64); dentro de estos numerales nos interesa, de modo especial, lo referente a los padres de familia como ‘maestros de oración’: la plegaria familiar, la plegaria litúrgica y privada, la plegaria y la vida. 

La vida cristiana de una persona se inicia con el bautismo que es  ‘la puerta de la iglesia’; con el bautismo el ser humano comienza a ser ‘hijo de Dios’ y ‘hermano de todos los bautizados’. S. Pablo lo llama ‘nueva creatura’ lo que conlleva también ‘vida nueva’. La vida cristiana es un proceso de crecimiento gradual, y en dicho proceso papá y mamá son los primeros acompañantes. 

Acompañar significa ‘seguir de cerca’ a alguien con el apoyo, el ejemplo, la palabra. Los niños y niñas pequeños son muy dados a la imitación: sus padres son para ellos los hombres más buenos, las mujeres más tiernas. La infancia es, sin duda, la edad más dúctil, más moldeable; llegará un momento, con la pubertad, en que el niño/a va adquiriendo una cierta independencia y, entonces comenzarán a influir en su conducta otros modelos de vida. 

Los padres de familia deberán aprovechar el período de la tierna infancia para sembrar muchas y buenas semillas en el corazón de sus hijos: amor, respeto, obediencia sinceridad, fraternidad, etc. Si dejan esta tarea para más adelante, sin duda que llegarán tarde.   La primera etapa de la vida es prácticamente la ‘heteronomía’, la época en que el niño/a depende de sus padres en muchos aspectos.  Llegará la etapa de la ‘socionomía’ (jardín infantil, escuela)  cuando el niño/a encontrará otros estilos de vida en sus amiguitos y compañeros. 

En la medida en que van creciendo los hijos necesitarán la motivación y el acompañamiento de los padres para la oración al levantarse, al acostarse, al comienzo y al final de las comidas; la preparación para la Primera Comunión, la participación en la Misa Dominical, el aprendizaje del Catecismo, la caridad para con los pobres, que vaya conociendo poco a poco el Evangelio de Jesús de Nazareth, etc. 

Siempre me ha gustado contar la anécdota de la forma como un niño descubrió que Dios es un Ser muy importante, muy tierno y amable.  

Un niño pequeño todos los días despedía al papá desde el balcón de la casa y veía que el chofer del taxi se descubría la cabeza ante el papa y le hacía muestras de respeto. Por la tarde el papá regresaba a casa y en la alcoba de los esposos, de rodillas se ponía a dialogar con Alguien que el niño no veía. Junto al papá le hacía también compañía la mamá, sentada en la cama, con su gremial de cocina, y ambos dialogaban con Alguien. El niño se preguntaba: ¿con Quién hablan mis papás?. Y se decía dentro de sí: mi papá, siendo un hombre tan distinguido cómo le habla a Otro de rodillas?. Este Señor a quien mi papá le habla así debe ser muy grande, muy importante. Y debe ser también muy bueno, muy acogedor cuando mi mamá le habla sentada en la cama y con el gremial de cocina. 

Así, aquel niño comprendió que Dios es un Señor muy grande, muy bueno y al mismo tiempo que es un Señor muy amable, muy tierno.  

El ejemplo de aquel niño puede convertirse en una realidad en cualquier hogar si los papás van adelante con el testimonio. Los niños intuyen en los papás algo de divino, algo trascendente que les sirve para conocer, amar y servir a Dios.