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V Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario bíblico

6 de febrero de 2022

Ciclo C: Lc. 5, 1 – 11

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R.

El domingo pasado la Iglesia nos recordó nuestro llamado privilegiado a ser profetas y mensajeros de Dios. En este quinto domingo del tiempo ordinario, ella nos recuerda que, aunque somos completamente indignos de ser mensajeros de Dios, Cristo nos limpia de nuestros pecados y nos da la fuerza para decir: “Aquí estoy, Señor, envíame”. Él es quien nos hace dignos misioneros. Por lo tanto, el mensaje de hoy es una continuación del de la semana pasada.

La narración de la vocación de Isaías es una introducción para la liturgia de la Palabra de este domingo, en la que ocupa un lugar central la misión apostólica. La disponibilidad de Isaías para la vocación profética sólo se manifiesta después de haber experimentado fuertemente la trascendencia divina, la propia indignidad y la purificación otorgada por Dios. Lo mismo sucederá cuando Jesús llame a Pedro y a sus compañeros para ser pescadores de hombres. La vida de este profeta, como la de Pedro y Pablo, no se entiende, sino desde este llamado, desde esta visión que tiene en la liturgia del templo como trasfondo. Yahvé, llama gratuitamente, su elección es única y singular, y desde los signos el profeta lee y contempla la llamada que a él sólo el Espíritu concede escuchar.

En la segunda lectura, San Pablo hace una invitación al seguimiento de Cristo, en clave catequética, donde las Escrituras, que son la fuente de la revelación y de la fe. Pues según ellas: Cristo ha muerto por nuestros pecados y Resucitado al tercer día. Además, nos presenta el, kerigma de nuestra fe: Cristo ha muerto y resucitado para perdonarnos los pecados, y darnos vida eterna. Este dato esencial que nos presenta la revelación, traspasa toda su cristología, eclesiología y soteriología. Esta realidad, está fundada en la Resurrección de Cristo, que murió y resucitó, precisamente para hacerlo todo nuevo, comenzando por el hombre mismo, nueva criatura, desde que abrazó la fe, se bautizó, participó de la Eucaristía. Es todo un antídoto contra la desesperanza, la duda que surge en el corazón de los neófitos.

En el evangelio, San Lucas, coloca la llamada a los primeros colaboradores de Jesús en el contexto de la pesca milagrosa, con lo cual, da sentido y éxito a la misión que tendrán los discípulos. Serán continuadores de la obra de Jesús (cfr. Lc. 4, 14-44). Al ver a Jesús como un ser extraordinario, Pedro le pide que se aleje, porque se sabe pecador (v. 8). Simón ve en Jesús una epifanía de Dios; ha visto y vivido el milagro, el poder divino que obra en Jesús.  La manifestación divina suscita en Simón la conciencia de su condición de pecador, saberse indigno de estar ante el Hijo de Dios (cfr. Is. 6,5; Lc. 3,21ss; Hch. 5,19; 12,17). La admiración por Jesús atrae irresistiblemente a Pedro, pero su conciencia de pecado le aleja de Él. Con decir, Señor (v.8), expresa la grandeza de Aquel que ha reconocido en este milagro.

Pero no sólo Pedro quedó estupefacto, también sus compañeros, Santiago y Juan. Jesús aparta el temor de Pedro y en su lugar, el Maestro lo convierte, en pescador de hombres. Hasta ahora Simón Pedro había pescado peces, desde ahora pescará hombres para el Reino de Dios. Simón, Santiago y Juan, lo dejan todo: casa, barcas, redes, familia. La vida de ellos comienza de nuevo, con un contenido distinto: siguieron a Jesús como discípulos para conocer su palabra, su persona, su doctrina, su forma de vida. Lo que llena sus vidas es Jesús, el Reino de Dios, el anuncio del evangelio, la pesca de hombres. Simón vivió en Jesús la epifanía de Dios, se reconoce pecador y recibe una vocación-misión para la obra de salvación.

Este evangelio vocacional y misionero, es reflejo de la tarea de Pedro, dentro y fuera de la Iglesia. En el comienzo, Jesús actúa sólo a través de predicaciones y obras, en forma directa y personal, desde ahora, actuará por medio de hombres sencillos, que escuchan la Palabra de Dios, y la guardan en su mente y corazón. Será la fuerza de la palabra de Jesús, donde está el secreto del éxito de su misión evangelizadora. Cuando escribe Lucas su evangelio, en la comunidad eclesial, habían entrado judíos y gentiles a la voz de Pedro, por medio de su predicación y obras.

Finalmente, a veces nos sentimos como Isaías, Pablo o Pedro en las lecturas de hoy. Nos sentimos tan indignos de nuestra llamada que casi no podemos hacer nada por el Evangelio. Con razón, deberíamos sentirnos así tal vez debido a nuestras insuficiencias y miedos. Sin embargo, debemos darnos cuenta de que es Dios quien nos limpia de nuestros pecados y nos hace dignos de ser sus mensajeros. Por lo tanto, no debemos tener miedo. Más bien, debemos ser dóciles al Espíritu de Jesucristo. Él hace dignos y capaces para su misión sólo a aquellos que están disponibles. Si estamos listos para decir como Isaías: “Aquí estoy, Señor, envíame”. Cristo también está listo para hacernos “pescadores de hombres”.