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IV Domingo de Pascua

Comentario dominical

25 de abril de 2021

Por: Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R. (Obispo de Riohacha – La Guajira)

Ciclo B: Jn. 10, 11 -18

En el cuarto domingo de Pascua la Iglesia nos invita a celebrar el día del Buen Pastor. En este día damos gracias a Dios por los pastores y pedimos, de manera especial, por las vocaciones a la vida sacerdotal.

La figura del pastor era muy familiar en la tradición de Israel. Moisés, Saúl, David y otros líderes habían sido pastores. Con el tiempo, el término pastor se utilizó para designar a los jefes religiosos-políticos como pastores del rebaño. Al pueblo de agradaba imaginar a Dios como un “pastor” que cuida a su pueblo, lo alimenta y lo defiende. La alegoría del pastor, del capítulo 10 del evangelista San Juan, tan arraigada en la tradición cristiana, se fundamenta en el Antiguo Testamento, donde la imagen del pastor y el rebaño fue utilizada para describir las relaciones existentes entre Yahveh y su pueblo. Un lugar clásico a este respecto, que subyace en la parábola del Buen Pastor, aparece en el capítulo 34; 37, 16ss del profeta Ezequiel. Dios se compromete a ser él mismo el pastor de su pueblo, trasquilado o esquilmado por los malos pastores.

El punto de partida para la comprensión de la alegoría del pastor y el rebaño, lo constituyen sus destinatarios inmediatos. La parábola va dirigida inicialmente a los fariseos, no a los judíos. Y habla de estos destinatarios vistos desde la relación que ellos mantenían con su pueblo. “Jesús acaba de calificar de ciegos a los fariseos a raíz de la curación del ciego de nacimiento, a quien finalmente ellos excomulgaron de la sinagoga. Y añade a continuación la parábola del buen pastor, que en su primera parte deja en claro que los fariseos, más que guías religiosos del pueblo, son ladrones y bandidos que no entran por la puerta sino que saltan por la tapia del redil”. 

La parábola contiene varias imágenes parciales: puerta, pastor y ovejas, que se van desarrollando con mayor relieve sucesivamente, pero todo apunta a una misma idea: Jesús es el Buen Pastor, es decir, su autoridad y misión son auténticas y se realizan en el servicio hasta la entrega de la propia vida para dar vida eterna a sus ovejas.

Mientras en la primera parte de la parábola (vv. 1-10, que se lee en el ciclo A), Jesús se define como el Pastor contrapuesto a los ladrones y salteadores, en el fragmento de la liturgia del domingo cuarto de Pascua del ciclo B (vv. 11-18), se pone la atención en el adjetivo buen, que califica a Jesús como el Pastor ideal, modelo de los pastores. En este caso, la figura que se le contrapone es la del asalariado. El diferente modo de proceder de cada uno permite distinguir entre el verdadero pastor y el asalariado. El primero  no huye cuando llega el peligro, no abandona el rebaño, mientras que el segundo, que actúa por interés personal, sólo tiene en cuenta salvar su propia vida y sus intereses. El buen pastor ofrece su vida, no solo a través del trabajo diario, sino a través de la muerte aceptada por sus ovejas, en su lugar; demostrando así  ponerlas por delante de sí mismo de manera absoluta. El Señor se presenta a nosotros como el Buen Pastor, como aquel que defiende del peligro a sus ovejas y la lleva a los pastos de la vida, invitándolas a seguirle con confiada seguridad por el camino sobre el que las precede y las acompaña.

“El amor del buen pastor que aparece en los versículos 14s está expresado sobre todo en términos de “conocimiento”, o sea, de comunión profunda entre Jesús y sus ovejas. Este es el reverbero transparente de la relación que existe entre el Padre y Jesús, una relación de entrega absoluta y desinteresada que se difunde y rebosa sobre los otros: “lo mismo que mi Padre me conoce a mí y yo le conozco a él; y yo doy mi vida por las ovejas. Jesús no habla aquí de “sus ovejas”, sino de “las” (todas) ovejas, aludiendo así a su misión respecto a toda la humanidad, que ha venido a reunir para volver a llevarla al Padre.

La figura de Jesús Buen Pastor se convirtió desde el principio  en la imagen más querida de Jesús. Jesús había dejado entre sus discípulos y los primeros cristianos un recuerdo imborrable. Los relatos evangélicos lo describen preocupado por los enfermos, los marginados, los pequeños, los más indefensos y olvidados, los más perdidos. No parece preocuparse de sí mismo. Siempre se le ve pensado en los demás. Le importa sobre todo los más desvalidos; pero sobre todo el pastor bueno da la vida por sus ovejas. El amor de Jesús a la gente no tiene límites. Ama a los demás  más que así mismo. Ama a todos con amor de buen pastor que no huye ante el peligro sino que da su vida por salvar al rebaño. Por eso la imagen de Jesús, pastor bueno, se convirtió muy pronto en un mensaje de consuelo y confianza para sus seguidores. Así lo representa la pintura del siglo III del Buen Pastor en las catacumbas de San Pedro y Marcelino, en Roma. El Buen Pastor se presenta como un joven que, en medio de los pastos ha recogido la oveja perdida y la lleva a los hombros, rodeado por otras dos ovejas. En la sencillez de la pintura paleocristiana se ponen en evidencia el interés de ese pastor que no deja que se pierda ni una sola de sus ovejas; que va por la descarriada y que se alegra cuando, habiéndola encontrado la carga y la devuelve al redil. La otra imagen es la del pastor de la puerta Santa en el Vaticano, la cual representa a un pastor esforzado, que se atreve a descolgarse por el abismo en busca de la oveja despeñada. Es el pastor que da la vida, que arriesga la propia existencia, que no se reserva nada para sí, pues está en juego la vida de la oveja.       

Escribe José Antonio Pagola: “Cuando entre los primeros cristianos comenzaron los conflictos y disensiones entre grupos y líderes diferentes, alguien sintió la necesidad de  recordar que, en la comunidad de Jesús sólo él es el Pastor bueno. No un pastor más, sino el auténtico, el verdadero, el modelo a seguir por todos. Esta bella imagen de Jesús, Pastor bueno, es una llamada a la conversión, dirigidas a quienes pueden reivindicar el título de “pastores” en la comunidad cristiana. El pastor que se parece a Jesús, sólo piensa en sus ovejas, no “huye” ante los problemas, no las “abandona”. Al contrario, está junto a  ellas, “expone su vida” buscado su bien. Al mismo tiempo, esta imagen es una llamada a la comunión fraterna entre todos. El Buen Pastor “conoce” a sus ovejas y las ovejas le “conocen” a él. Sólo desde esta cercanía estrecha, desde este conocimiento mutuo y esta comunión de corazón, el Buen Pastor comparte su vida con las ovejas. Hacia esta comunión y mutuo conocimiento hemos de caminar también hoy en la Iglesia.” Hoy el pueblo ora con el salmo 22: “el Señor es mi pastor, nada me falta…, aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo… Tú bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida.

“Quien tenga alguna responsabilidad pastoral ha de parecerse a Jesús, el Buen Pastor”.