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IV Domingo de Pascua

Comentario dominical

25 de abril de 2021

Por: P. José Pablo Patiño Castillo, C.Ss.R.

Ciclo B: Jn. 10, 11 -18

En el relato de los Evangelios en el que los fariseos ponen una trampa a Jesús con la pregunta sobre el impuesto al Emperador de Roma, llama la atención la frase con que  comienzan la conversación: ”Sabemos que eres maestro sincero que enseñas con lealtad el camino de Dios; no te preocupa el qué dirán ni juzgas a la gente por las apariencias”(Mt  22,16)

La frase no tiene desperdicio. No se puede hacer mejor alabanza de un rabino judío. Llamativo es que viene de sus enemigos.  Y Jesús lo acepta. No rechaza ni quita valor a ninguno de sus términos. Tampoco nadie entre los asistentes muestra su desacuerdo.  Con los datos de los Evangelios y otros escritos sobre Jesús, el elogio está de acuerdo a la realidad: Jesús es maestro que habla y obra con verdad, y que es coherente, por eso aún sus enemigos “reconocen que tiene autoridad”; y lo que quiere en sus palabras y sus obras es señalar el camino que conduce a Dios, o como traducen algunos, “enseñas a vivir como Dios quiere”.

Curiosamente, este concepto tan valioso sobre Jesús no se vuelve a repetir en los evangelios. Los expertos en la Biblia dirán el por qué. Sin embargo, es una valoración de las más atinadas acerca de Jesucristo.

Por esto, la figura de Jesús que nos presenta hoy el evangelio de san Juan, viene a confirmarnos precisamente el fin de la misión de Jesucristo al hacerse presente en nuestra tierra: conducirnos como Buen Pastor hacia la casa del Padre. Sabemos de los rasgos del oficio de pastor por el conocimiento de la historia y las costumbres de Judea y pueblos cercanos. Su solicitud y cariño, su preocupación y desvelo son también las actitudes que Jesús quiere tener para con nosotros, sus ovejas, sus discípulos.

Jesús, buen Pastor, es otra expresión de lo que dice el mismo Juan: que Dios envió a su propio Hijo no para condenar el mundo sino para que el mundo se salve por él, para mostrarnos su amor y para enseñarnos a amar al modo del mismo Dios.

Nos sorprendemos gratamente cuando a la vuelta de muchos años alguien nos reconoce y nos llama por nuestro nombre. “¡Él / ella todavía me recuerda!”, decimos. Jesús nos asegura hoy: “Yo conozco a los míos, y los míos me conocen a mí”. Por medio de Jesús, que es uno de nosotros, Dios nos conoce, nos ama y nos llama hijos suyos. Con gratitud celebremos esta eucaristía con Jesús, nuestro Buen Pastor, que nos muestra el amor del Padre.

Pero hay algo más: El Papa Francisco, siguiendo la costumbre de los Pontífices anteriores, quiere que, con ocasión del evangelio de este Domingo, celebremos también la vocación, la llamada del mismo Jesús a seguirlo a él en su oficio de Pastor, para conducir sus ovejas, sus discípulos, seguidores del mismo Jesús, al amor del Padre.

Para ayudarnos a entender mejor el llamado de Jesús a compartir su oficio de Buen Pastor, el Papa nos ofrece el pasaje de la salida de Egipto del pueblo de Israel camino de la tierra prometida, salida descrita en el libro del Éxodo. Para seguir a Dios y a Jesucristo hay que salir de la propia cueva, de la comodidad y de la seguridad. Así lo hizo Abrahán, el llamado por Pablo, apóstol, el padre de nuestra fe, de nuestro seguimiento de Cristo. Larga es la serie de quienes han seguido el ejemplo generoso del santo patriarca en la historia de Israel y de la Iglesia. Sus nombres los tenemos en la mente y el corazón.

El mismo Francisco afirma que el libro del Éxodo al narrar “esta historia representa una parábola de toda la historia de la salvación, y también de la dinámica fundamental de la fe cristiana. De hecho, pasar de la esclavitud del hombre viejo a la vida nueva en Cristo es la obra redentora que se realiza en nosotros mediante la fe (cf. Ef 4,22-24). Este paso es un verdadero y real «éxodo», es el camino del alma cristiana y de toda la Iglesia, la orientación decisiva de la existencia hacia el Padre».

Este domingo, entonces, es ocasión para que agradezcamos al Padre Dios darnos a su Hijo Jesucristo como Buen Pastor a fin de guiarnos a su Reino de Vida.  Pero también es la oportunidad para orar por las vocaciones a la vida laical, religiosa y presbiteral de modo que haya muchos hombres y mujeres, que respondan al llamado de Dios a continuar la obra de Jesucristo en enseñar a todos a vivir como Dios quiere, como hijos adoptivos del Padre y hermanos entre nosotros.  Y al mismo tiempo, ponernos ante Dios con la misma disponibilidad del joven Samuel, en la historia bíblica, que decía: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Y con el deseo y decisión de escuchar de él y seguir el llamado a ser también pastores, como él; aunque sea con minúsculas, pero con no menos amor y generosidad.

La familia cristiana, “Iglesia doméstica”, como la llama con cariño un documento de la Iglesia, es el mejor lugar para que en ella el Señor siembre y cultive la semilla de la vocación misionera en los niños y jóvenes. La oración familiar y la participación de la Eucaristía dominical en el templo parroquial, lo mismo que la armonía entre los miembros del hogar y con la vecindad, será el más valioso ambiente del llamado misionero.