image_pdfimage_print

IV Domingo de Cuaresma

Comentario dominical

27 de marzo de 2022

Ciclo CLc 15, 1 – 3. 11-32

Por: P. Óscar Jhonny Arias Pineda, C.Ss.R. (Provicario del Vicariato Apostólico de Puerto Carreño)

En esta parábola dedicada a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y misericordia… En esta parábola, encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo lo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón”. (Bula del Jubileo de la misericordia n.9)

Estamos a pocos días de iniciar la Semana Santa. Hoy el Señor desde el texto del Evangelio, nos hace comprender que, no sólo es paciente, sino que, cuando volvemos, salta de gozo y de regocijo. Por eso, si alguien quiere saber cómo es Dios, al leer este texto, se convencerá que Dios no es lejano, vengativo, tirano, castigador, terco.

En el texto del Evangelio, el protagonista no es el hijo perdido, porque además hay dos hijos perdidos, uno que se va de casa y otro que se va del corazón, pues en realidad el protagonista principal, de esta historia es el padre, no los hijos. Lo que llama la atención de esta escena del Evangelio, es el comportamiento del padre. Es el amor inmediato del Padre lo que llama la atención y es lo que convierte a los hijos perdidos en los hijos recobrados. De ahí que podamos afirmar que el texto nos muestra la mejor fotografía del Señor. Dios es amor,

Desde aquí, si nos preguntamos ¿por qué nos ama Dios?, tendríamos que decir que Dios no nos ama porque lo merecemos, sino porque somos sus hijos. El amor de Dios hacia nosotros, no está condicionado ni por nuestra virtud ni por nuestro pecado. Es puro amor, puro don, pura gracia, pura misericordia y perdón. Todos somos pecadores ante Dios, pero pecadores amados, salvados, perdonados, recuperados.

La enseñanza de Jesús es sorprendente, pues lo verdaderamente definitivo para entrar en la fiesta final es saber reconocer nuestras faltas, creer en el amor de un Padre y, en consecuencia, saber amar y perdonar.

Fácilmente, nos olvidamos que no basta permanecer en la casa del Padre para participar del banquete: se necesita saber perdonar. No es suficiente no haber hecho nada malo, se requiere amar como hermano al que se ha alejado. No basta no haber quebrantado las leyes, se necesita haber trabajado por un mundo más justo, más humano. 

Lo anterior, nos lleva a reflexionar, como algunos de nosotros hemos abandonado la amistad con Dios y estamos solos y harapientos, muy lejos del amor, apenas con la fortuna de un recuerdo: la casa paterna y el rostro bondadoso del Padre. Otros permanecemos junto a Él, pero enclavados en nuestra autosuficiencia, incapaces de compartir, viviendo una fe sin júbilo, haciendo continuamente el inventario de las culpas ajenas y excluyendo constantemente a quienes no caminan por nuestra ruta.

Mientras tanto, mientras retornan los pródigos y se cambia el corazón de los hijos fieles, Dios simplemente está allí. Es decir: Ama y espera y guarda arroyos de alegría para derramarlos cuando sus hijos se conviertan.

Terminando esta reflexión, los invito a Hacer nuestras las palabras del salmo 33: “Gustad y ved qué bueno es el Señor“, especialmente cuando, después de perdonarnos, nos hace participar en el banquete de su amor, donde Jesús se muestra como el amor del Padre que siempre está con nosotros. Por consiguiente, el amor de Dios, que Jesús nos muestra, debe ser el cimiento básico en nuestras relaciones humanas, así como en la ruta de nuestra fe.

Así que, sabiendo que el corazón de Dios es un corazón que sale al encuentro de todos, no olvidemos que tú y yo podemos ser la fiesta de la misericordia de Dios.

Que el Señor, con su cruz, nos haga visualizar, creer, percibir y vivir el inmenso amor que Dios nos tiene

Feliz Domingo.

* * *

  • ¿Estoy convencido existencialmente de todo lo que Dios me ama?
  • Con un Padre tan maravilloso, ¿puedo vivir con tristeza?
  • ¿Piensa cuántas veces has sido piedra de estorbo para que muchos se acerquen a Dios?
  • ¿Cuántas veces has creído que eres el único que merece el amor de Dios?