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Sagrada Familia

Comentario dominical

26 de diciembre de 2021

Ciclo C: Lc. 2, 41 – 52

Por: P. Víctor Chacón Huertas, C.Ss.R. (Redentoristas de España)

Un regalo importantísimo. Eso parece decirnos el libro del Eclesiástico. La familia es un regalazo que, además de estructurar la sociedad configura a las personas. Todos los estudios modernos que vamos conociendo de psicólogos y pedagogos van en esa línea. Hasta los 7 años más o menos, nuestro cerebro es poroso, aprende y recibe con fluidez cualquier estímulo. Y las primeras piedras de esa estructura básica se ponen –por muy buena que sea la escuela- en casa, en familia. Hasta el mismo hecho de la predisposición a confiar, creer, amar… van a depender mucho de lo recibido y sentido en los primeros meses de vida. ¡Fijaos si es importante la familia! Marcará para siempre nuestra vida, allí aprenderemos a sentir, a hablar, a escuchar… y no me cabe la menor duda: ¡Cada padre-madre hace lo mejor por su hijo! Y tampoco me cabe la menor duda: ¡cada padre y madre se equivocan a veces! (también los hijos, dicho sea de paso). Pero la lectura insiste: respeta a tus padres aunque chocheen, ellos merecen todo tu respeto. Recuerda lo que hicieron por ti, y piensa que no sabes todo lo que realmente han hecho por ti. Las palabras calladas, las lágrimas ahogadas, las preocupaciones creadas. Da gracias a Dios por ellos.

Una tarea ardua. Además de regalo, siguiendo con una sana teología, hemos de reconocer que en la familia hay también una tarea: la educación, el crecer juntos. Y esa noble tarea se desempeña acrisolada por un (el) mandato: amaos como yo os he amado. Esa frase tan bonita que decimos a los de fuera, se nos vuelve más difícil cuando la tratamos de aplicar a los de más cerca, a los de cada día. Es normal. El roce, además del cariño, a veces hace ampollas. La convivencia desgasta, porque antes o después a todos nos aflora ese ser egoísta y comodón que llevamos dentro, que sólo busca tener razón, ser amado (más que amar) y ser entendido (más que entender). Ahí es donde Pablo entra con todo su despliegue dialéctico y nos dice cual ha de ser nuestro uniforme, aquello de lo que hemos de revestirnos: “misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente (yo a ti y tú a mí) y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo, esté el amor”. Amén.

Al servicio de Dios. La escena del evangelio de Lucas, Jesús con sus padres en Jerusalén y luego Jesús por su cuenta en el templo, no nos llama a una desobediencia gratuita y deliberada –aunque a algunos les haga ilusión esto- se trata más bien de ver cómo nuestros padres no tienen la última palabra, nosotros tampoco, sino que la familia se concibe al servicio de Dios, de sus planes. De su voluntad. Cuenta no lo que yo quiero ni lo que quieres tú, sino lo que quiere Dios. Al menos así en una familia cristiana. Juntos hemos de orar, y buscar su voluntad. No somos familias que viven encerradas ni plegadas a sus intereses o necesidades y gustos; sino que vivimos en una sociedad y ahí donde esté la familia cristiana ha de ser sal y luz. Entendamos bien esto, para los creyentes, el sentido de familia se dilata aún más: todos los demás creyentes son hermanos, y los que no lo son aún, sencillamente no saben que lo son,  no se han descubierto como hijos de Dios ni como hermanos nuestros pero no por ello hemos de dejar de tratarlos con amor.