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XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario dominical

3 de octubre de 2021

Ciclo B: Mc. 10, 2 – 16

Por: P. Óscar Darley Báez Pinto, C.Ss.R.

“Dejará al hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y serán los dos, un solo ser” (Gn2, 24)

El mandamiento primordial: el amor

La Palabra de Dios de este vigésimo séptimo domingo aborda el tema del amor esponsal y todo el tema de la justicia con quienes comparten ese hermoso proyecto de la vida familiar. Como telón de fondo, un mandamiento antiquísimo e importante: el hombre y la mujer sean uno en el amor y que nada, ni nadie los separe (Mc 10, 9). Dios no sólo promulga el mandamiento, sino que mira hacia la plenitud del proyecto: que el hombre sea feliz en comunidad: “No conviene que el hombre esté solo. Voy a buscarle alguien que lo ayude y acompañe” (Gn 2, 18).

La intención primera del Creador era que hombre y mujer vivieran unidos y se amaran siempre, apoyados en su amor. Naturalmente hay circunstancias muy complejas en las que este ideal no parece realizarse, más aún, a veces es conveniente que se dé una separación, pero esto no sucede porque el mandamiento de Dios sea imperfecto, es decir, a causa de la exigencia del amor, sino por la dureza de los corazones (Mc 10, 5). Sobre este punto vale la pena centrar nuestra atención. Dios se preocupa en verdad de los seres humanos y quiere su felicidad, aunque no siempre respondamos a ese amor, por nuestros intereses egoístas.

En el caso del amor de pareja, imaginamos que la cosa es como un mercado en el que se escoge lo más provechoso y conveniente. A menudo se pone la atención en demandas materialistas o idealistas con respecto al cónyuge. Materialistas, cuando se busca una pareja que provea a nuestras necesidades para estar más cómodos, o cuando buscamos una persona guapa físicamente; idealistas, cuando imaginamos que esa pareja va a ser perfecta y ese amor, eterno. Pero la realidad es que somos imperfectos en la manera de amar, a veces egoístas, otras veces indiferentes: la felicidad no está asegurada al lado de personas cuya intención es sacar ventajas del otro, sino en aquellos que se saben dar y que tratan de amar al otro, incluso con sus defectos y lo acompañan incondicionalmente. Podemos decir, los que tienen recta intención.

Cuando los fariseos interrogan a Jesús sobre si es lícito o no divorciarse, lo que querían en realidad era encontrar en él un apoyo para separarse de sus mujeres por cualquier motivo. Su torcida intención quedó al descubierto cuando pusieron de por medio la autoridad de Moisés. Se suponía que Jesús no debía contradecirles, pero él, bien enterado de lo que pretendían, mata dos pájaros de un tiro: primero les reprocha la dureza de su corazón y del del de sus padres y, luego, los remite al mandamiento primordial del Señor: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y serán los dos un solo ser, de modo que lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. Cuando las intenciones son torcidas, Jesús sabe dejar sin palabras a los malintencionados, pero cuando las intenciones son nobles, sabe ser generoso y compasivo.

Cuidar el amor esponsal

En el amor se deben cuidar los detalles siempre: saludar con atención, dar las gracias, exaltar las cualidades del otro, ser comprensivos y, ante todo, aprender a perdonarse mutuamente. El amor no se da por supuesto, hay que expresarlo en palabras y en obras diariamente. Así es, diariamente. Causa gran decepción llevar una relación donde solo se busca recibir y no dar, pues se descarga en la pareja la responsabilidad de hacerme feliz. Esto no es justo, ni factible: lo más probable es que, cuando todo fracase, se culpe a la pareja por no habernos amado lo suficiente y por no cumplir las promesas. Es mejor pensar en sentido evangélico, es decir, ¿qué le puedo yo dar a él o a ella para que sea feliz a mi lado y cómo puedo exaltar sus cualidades y complementar sus defectos para que juntos saquemos adelante este proyecto de amor?

El texto del Génesis es claro al afirmar que el hombre no encontró un complemento (ayuda y compañía) en los animales, ni en el trabajo, sino en la mujer: “esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gn 2, 17), y al decir que Dios la sacó de una costilla de Adán, no se debe entender el mito del sometimiento, sino el misterio del amor esponsal. La mujer es igual en dignidad al hombre y debe estar en la parte más cercana al corazón del hombre y este debe amarla y cuidarla como a su propio ser.

Concluyo con la fábula de un hombre que fue en busca de un sabio para que le diera la fórmula para dejar a su esposa, puesto que ya no la amaba. En verdad el problema era de los dos: ella lo fastidiaba, pero él no estaba dispuesto a ceder. La fábula es la siguiente:

Un esposo fue a visitar a un sabio consejero y le dijo que ya no quería a su esposa y que pensaba separarse. El sabio lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente le dijo una palabra: Ámala, luego guardó silencio.

-Pero es que ya no siento nada por ella.

Ámala, repuso el sabio.

Y ante el desconcierto del señor, después de un oportuno silencio, el viejo sabio agregó lo siguiente: Amar es una decisión, no un sentimiento; amar es dedicación y entrega, amar es un verbo y el fruto de esa acción es el amor.

El amor es un ejercicio de jardinería: arranque lo que le puede hacer daño a su jardín, prepare el terreno, siembre, sea paciente, riegue y cuide (todos los días). Esté preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias, mas no por eso abandone su jardín. (Y concluyó:) Ame a su pareja, es decir, acéptela, valórela, respétela, dele afecto y ternura, admírela y compréndala. Eso es todo, Ámela.

Profundiza la Palabra

  • ¿Soy de los que busco ventajas y beneficios en los demás? O, al contrario, ¿soy capaz de ayudar y aportar al crecimiento de todos desinteresadamente?
  • ¿Amo a los demás como son, incluso con sus defectos, o solo espero que todo el mundo me ame y me comprenda?

Compromiso

Revisaré mi vida y escucharé lo que sugiera el Espíritu acerca de darme un poco más por los demás.