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XIX Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario dominical

8 de agosto de 2021

Ciclo B: Jn 6, 41-51

Por: P. Óscar Darley Báez Pinto, C.Ss.R.

Este domingo, hermanos, continuamos meditando el texto del evangelio de san Juan sobre el discurso del pan de vida (6, 41-51) y lo escucharemos dos domingos más, con excepción del próximo, que coincide con la fiesta de la asunción de la Santísima Virgen María.

Este evangelio se relaciona con el texto del primer libro de los Reyes (19, 4-8), en el que el profeta Elías huye de la reina Jezabel que lo quiere matar por haber defendido la fe en Yahvé por encima de los baales. Elías huye al desierto y se siente morir, no sólo por el cansancio físico de la caminata y por la falta de alimento y de bebida, sino porque lo persiguen por envidia y por defender la verdad de Dios; su dolor es tan fuerte que llega a pedir al Señor su propia muerte: “¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!” Pero el Señor lo alimenta, por medio de su ángel, con un pan misterioso que lo llena de fuerzas suficientes para llegar hasta el monte Horeb, a la presencia de Dios.

Desde el AT Dios se revela como la fuerza de los justos y la defensa de los pequeños, porque es bueno, compasivo y misericordioso. Así nos lo presenta el salmo 33, cuando dice: “Gusten y vean, hermanos, cuán bueno es el Señor.”

En el evangelio, Jesús nos revela que él es el pan de vida, es decir, ese alimento verdadero que Dios da al corazón del hombre para que, recibiéndolo, haga frente a las contrariedades de la vida y llegue vencedor al final. Jesús es el pan de vida de todos aquellos que sufren por la verdad y la justicia y de aquellos que van cansados y agobiados por las penas de esta vida, pero quiere que lo aceptemos como tal, con total confianza y sin dudar en nuestro corazón.

Si Elías no fue aceptado por la reina Jezabel, a pesar de la sorprendente manifestación del Señor que consumió con su fuego la víctima del sacrificio, quedando intacta la de los sacerdotes de Baal, que eran cientos, tampoco Jesús escapó de la crítica de los que lo veían actuar, a quienes les resultaba escandaloso que Jesús dijera que él era el pan bajado de cielo. Estos hombres, antes que abrir su corazón a la misteriosa novedad de Dios, decidieron poner un obstáculo infranqueable a su fe y rechazaron la oferta del Señor, a través de su murmuración.

Posiblemente en nuestro corazón también nosotros juzguemos a menudo la acción de Dios en nuestras vidas, en nuestros padres, en algún jefe que nos resulta insoportable, en un superior religioso que nos incomoda, o en los pobres que vemos a diario. Tengamos mucho cuidado, para que la soberbia y el orgullo no nos impidan sentir la voz de Dios que pasa continuamente por nuestras vidas y nos llama a recibirlo, como testimonia san Agustín de Hipona cuando decía: “temo a Dios que pasa y no sé si volverá”.

Hermanos, no juzguemos, ni murmuremos contra Dios, ni contra la vida, ni contra los demás; al contrario, dejémonos atraer por él, pues Jesús ha dicho: “nadie puede venir a mí, si mi Padre no lo atrae”. De muchas maneras Dios nos atrae a sí, pero, sobre todo, como dice san Alfonso, nos atrae con los lazos con que nos gusta ser atraídos, es decir, con los lazos del amor, él nos invita a la humildad y al servicio. Reconozcámoslo en las pruebas y bendigámoslo, pues él no da valor y fuerza para vencerlas; reconozcámoslo en los triunfos de los demás y alegrémonos con ellos; y reconozcámoslo en todos los pobres que claman a Dios un pedazo de pan para su sustento y tratemos de hacer algo por ellos. Amén.