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XXIXDomingo del Tiempo Ordinario

Comentario dominical

10 de octubre de 2021

Ciclo B: Isaías 53,10-11; Salmo 32 (33),4-5.18-19.20 y 22; carta a los Hebreos 4,14-16; evangelio de Marcos 10,35-45

Por: P. Jesús Alberto Franco G., C.Ss.R.

La lectura del evangelio señala una realidad presente en todos los seres humanos y en toda sociedad; allí donde dos o más personas se reúnen: el poder, las luchas por el poder y por los primeros puestos están presentes: “Concédenos sentarnos en el esplendor de tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Ordinariamente el poder es ejercicio de forma arbitraria e injusta: “Sabéis que los que los que creen dirigir las naciones las tiranizan y los magnates las explotan”, y en todas las instituciones, incluidas las religiosas y las iglesias, aunque prediquen lo contrario. Pero también las lecturas bíblicas proponen vacunas contra el virus del poder que destruye y daña las relaciones de los seres humanos consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios.

Una realidad siempre presente

Es una realidad que el reconocimiento y estima (autorreconocimiento, confianza, respeto, éxito) son necesidades básicas de todo ser humano. Usted y yo, y todos los seres humanos, necesitamos ser reconocidos y estimados para crecer equilibrados física, emocional y espiritualmente y vivir sanamente con los diversos ambientes con los que nos relacionamos: la familia, el barrio o vereda, el trabajo, el estudio, la iglesia, los grupos de intereses comunes, con las amistades… Pero cuando la necesidad de reconocimiento y estima son exageradas, desviadas o enfermizas aparece la “necesidad de poder” como un mecanismo para evadir problemas personales profundos, carencias afectivas y emocionales, traumas de la infancia o frustraciones. Entonces, el poder se coloca por encima de la vida, se convierte en la razón de vivir que hay que buscar por todos los medios, incluyendo los ilegales e ilegítimos. Es una manera de ser y vivir enfermiza que causa daños humanos, sociales y ambientales irreparables.     

Cuando la necesidad de reconocimiento y estima es exagerada, oculta o desconocida, es imposible manejarla sanamente por una persona o un grupo humano, que va quitando, paso a paso,los controles humanos, éticos, religiosos, sociales y ambientales, convirtiendo del poder en un fuerza ciega y poderosa que arrasa todo lo que encuentra a su paso.

Pensemos un momento en los problemas por el poder y los primeros puestos que hemos vivido o conocemos a nivel personal y familiar, donde vivimos, en el estudio y el trabajo, en las Iglesias, parroquias y grupos pastorales, en la política, la economía, la cultura… Pensemos y reconozcamos los profundos daños humanos, sociales y ambientales que ha causado el ejercicio del poder en Colombia, pensemos únicamente en las últimas 3 o 4 generaciones,  que explican los problemas y crisis que vivimos actualmente.  

Desde hace unos 100 o 150 años, Colombia ha sido dirigida o mejor manejada por una élite social, político y económica, que como es lógico, lo ha hecho en función de sus intereses y su visión de la realidad. Y aunque en algunos momentos han tenido conflictos en su interior, los intereses económicos y de élite han prevalecido, y con facilidad han cerrado filas para eliminar física, moral, política, religiosa o socialmente a quienes reclaman más democracia y más justicia. No hay competencia real en su interior, aunque aparenten lo contrario. Han contado con la bendición de la Iglesia católica.

Un ejemplo, gran parte del siglo pasado estuvo marcado por “La Violencia” entre “liberales” y “conservadores”. El odio y la muerte brutal invadieron todos los rincones del país. A familiares y vecinos de veredas, pueblos y barrios populares se les enseñó, más aún, se les llevó “a odiar hasta a quien fue su buen vecino”, dice la canción. Mientras que las familias de la élite no se mataron, hicieron negocios entre ellas, se repartieron el poder y actuaron en gavilla para acabar con quienes buscaron más democracia. Y cómo la élite es dueña de los medios de comunicación, convencieron a la mayoría de los colombianos, incluidas las iglesias, que los culpables son “los otros”, aunque nunca hayan gobernado, y que los intereses de la élite son “los intereses nacionales”, los queridos por el “altísimo”, y por eso hay que defender “los valores tradicionales”. Todo para impedir que se vean las causas reales de la violencia y los problemas del país. Para evitar que nos preguntemos: ¿Quién ideó, quién construyó y quienes pusieron a funcionar la máquina de degradación y muerte colombiana?

No olvidemos el dicho popular: “El poco poder corrompe poco y el mucho poder corrompe mucho, incluido el religioso”. Pensemos la frase de Monseñor Pedro Casaldáliga, que cómo el poder usa al pueblo: “Hay quien declaró la guerra y no entró en batalla, hay quien entró en batalla y no conoció la guerra”, el día que los que declaren la guerra tengan que ir a la batalla, o los que van a la batalla conozcan la guerra se acabarán las guerras. Y analicemos el siguiente hecho, que a todos nos toca: La Red de Justicia Impositiva (TJN, por su sigla en inglés) afirma sin tapujos que la presión de gigantes empresariales y superricos ha llevado a los gobiernos a cablear el secreto financiero y los paraísos fiscales dentro de la economía global, privilegiando así a los más acaudalados frente a todos los demás. TJN asegura que en 2018 Colombia perdió el 18 % de sus ingresos fiscales por abuso fiscal, US$12.000 millones en impuestos que no pagaron aquí las multinacionales y US$136.000 millones que dejaron de tributar las personas. Para darse una idea de la magnitud, la reforma tributaria que pasó el Gobierno quiere recaudar US$4.000 millones” [1].

Un conflicto presente en la Iglesias desde sus inicios

Desde la antigüedad, quienes han controlado el poder han querido colocar la religión a su servicio, convenciendo a dirigentes religiosos y feligresía que los enemigos del poder son los enemigos de la religión y de la iglesia, llevándolos a perseguir y asesinar a todos los profetas de la historia. En otros momentos de la historia han sido los líderes religiosos quienes han manejado el poder, directa e indirectamente.

Las peleas por los mejores puestos, “uno a tu derecha y otro a tu izquierda”, los más cercanos a Jesús a quien los discípulos consideraban el “poderoso”, “en tu gloria”, ha estado presente en las personas religiosas y en todos los tiempos, por eso es normal que “los otros diez discípulos “empezaran a indignarse contra Santiago y Juan”, la inmensa mayoría de nosotros haríamos o hacemos lo mismo. En el fondo hay unas preguntas presentes en los seres humanos y en todos los momentos y circunstancias:  ¿Quién es el mejor, el más bueno y el más santo? ¿Quién tiene más derecho, y quién menos? ¿Quién debe ocupar los primeros puestos, los mejores? ¿Quién debe ser tenido en cuenta de primero? Y la inmensa mayoría respondemos, abierta o secretamente, en primera persona del singular (YO) y del plural (NOSOTROS), respuesta que excluye a los otros. Bueno, “nuestra generosidad” puede concederle algunos derechos al otro, a los del otro grupo, del otro partido, de la otra visión, del otro sexo, de la otra ideología, de la otra iglesia…

Y esto pasa en la curia vaticana, en la diócesis, en la parroquia, en la congregación religiosa, entre los grupos cristianos o los movimientos eclesiales. Es un virus que está presente en toda la humanidad y genera múltiples “enfermedades” en el cuerpo personal, social y en la tierra. Podemos tomar unos minutos para pensar en las “enfermedades” causadas por este virus en mi vida personal, en mi familia, mi iglesia, mi ciudad, mi país, mi colegio, mi iglesia, mi partido, mi país…  

La vacuna contra el virus del poder

La primera dosis, es la del profeta Isaías con el ejemplo del “Siervo de Dios” (Is 52,13-53,12), quien proféticamente denunció y desnudó las consecuencias perversas del actuar de los jefes y poderosos de pueblo que causaron muerte y destrucción, que promovieron la traición a la Alianza con Dios y pervirtieron la religión al convertirla en instrumento de opresión. El Siervo de Dios respondió sin violencia a la violencia, a los insultos y ultrajes. Actuó con una lógica distinta a la de quienes lo golpearon, humillaron y despreciaron, la lógica de la no-violencia activa denunciando con claridad y contundencia los abusos y atropellos del poder. No pasó indiferente a la opresión del pueblo, sino que se hizo cargo de su realidad, “cargó con sus crímenes” y por eso su actuación será salvadora y “rehabilitará” al pueblo. La recompensa para él y los que actúen como el, será “ver la luz” y “llenarse, saciarse de sabiduría”. El Siervo enseña con su ejemplo a actuar como Dios quiere.

La segunda dosis, es la solidaridad, cercanía y comprensión de la condición humana de Jesús de Nazaret, y muestra la “carta” a los Hebreos: “el sumo sacerdotes que tenemos no es insensible a nuestra debilidad, ya que como nosotros, ha sido probado en todo excepto en el pecado. Por tanto, acerquémonos confiado al trono de nuestro Dios”. Si al lugar más importante: el trono de Dios es un lugar cercano y de confianza para los más débiles, todos podemos acercarnos sin el temor que generan los lugares importantes para la lógica del poder que conocemos. Si el personaje más importante: el verdadero sumo sacerdote, Jesucristo, participa de nuestra debilidad y no se coloca por encima de nadie, entonces puedo acercarme con confianza, sin miedo a Él. Y la consecuencia es lógica:  no puedo colocarme por encima de nadie, ni dominarlo, ni tener actitudes de superioridad, tampoco permitir que lo hagan conmigo. 

La tercera dosis, es el mandato y el ejemplo de Jesús de Nazaret en el evangelio de Marcos: “No será así entre ustedes… quien quiera llegar a ser grande que se haga el servidor de los demás; y quien quiera ser el primero que se haga el sirviente de todos”. Y recuerda la razón: porque el “Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida como rescate por muchos”. 

Y el refuerzo: Recordar constantemente las palabras del Salmo: “La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra”. Y releerla como si me las dijera a mí, y ahora.


[1] https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/maria-teresa-ronderos/los-pandora-papers-y-la-desigualdad/, consultado del 11 de octubre del 2021.