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Por: P. José Silvio Botero G., C.Ss.R.

La conciencia de ser pareja, con ser un tema tan antiguo, en nuestro tiempo apenas como que comienza a despertar. Ya en las primeras páginas de la S. Escritura nos encontramos con  una primera referencia a este tema; el capítulo dos del Génesis, el relato más antiguo de la creación dice, refiriéndose al varón y a la mujer: “el varón dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y se harán los dos una sola carne”(2,24). Decir ‘una sola carne’ es afirmar la realidad de una persona humana. 

Esto de llegar a ser ‘una sola carne’ en la iglesia primitiva fue comparado con la mezcla de ‘aceite y perfume’, según S. Juan Crisóstomo; durante el período de la Escolástica Santo Tomás de Aquino comparaba ‘ser los dos una sola carne’ con ‘la fusión de dos lingotes de oro en uno solo’ mediante el crisol. Se oye a veces entre los enamorados decirse uno a otro: ‘me deshago por ti’ 

Solo recientemente han aparecido algunas reflexiones implícitas a ‘la conciencia de pareja’: el Concilio Vaticano II en la Gaudium et spes afirma: “con responsabilidad  humana y cristiana cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios, se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de sus hijos, ya nacidos o  todavía por nacer” (n. 50).  Se trata de un “juicio recto’ que progresa y va madurando ordenadamente”. Otra sentencia de la Gaudium et spes dice: “los propios cónyuges, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar idéntico y mutua santidad” (n. 52). 

El Papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Familiaris  consortio  afirmó: “conviene tener presente que en la intimidad conyugal están implicadas las voluntades de dos personas, llamadas sin embargo a una armonía de mentalidad y de comportamiento, esto exige no poca paciencia, simpatía y tiempo” (n. 34). El Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Amoris laetitia se refiere, en alguna forma, a nuestro tema de la conciencia conyugal: “después del amor que nos une a Dios, el amor conyugal es ‘la máxima amistad”. Es una unión que tiene todas las características de una buena amistad: búsqueda del bien del otro, reciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad, y una semejanza entre los amigos que se va construyendo con la vida compartida” (n. 123). 

Una forma gráfica de representar lo que es la conciencia de pareja es ésta: en una laguna aparece una barca a remo con una pareja; ambos deben entrar en plena sintonía al manejar los remos  si quieren que la barca camine en buena dirección. Los filósofos del lenguaje  en la primera mitad del siglo XX  intuyeron cómo el YO y el TÜ (masculino y femenino) conforman el NOSOTROS  de la pareja.  Un grana teólogo alemán –B. Häring- escribió: “la sociedad de varón y mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas” como ya lo había afirmado  Vaticano II. 

El proceso  de desarrollo de la conciencia conyugal es eminentemente dinámico: supone reconocer la alteridad (el otro es distinto del yo), Yo y Tú entran en una relación de reciprocidad que los dispone para la comunión interpersonal; de esta manera podrán ‘deliberar y decidir juntos’.