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Por: P. José Silvio Botero G., C.Ss.R.

Éstas son palabras del Papa Francisco. El amor conyugal, que un tiempo tuvo relieve especial, posteriormente perdió fuerza por causa del influjo del derecho romano sobre el derecho canónico de la iglesia que dio  prevalencia al concepto de ‘contrato’. Con el movimiento del Romanticismo en el siglo XVIII y, sobretodo, a partir del Concilio Vaticano II recuperó para la historia la importancia particular del amor.  La Constitución pastoral ‘Gaudium et spes’ del Concilio Vaticano II relievó el término ‘amor’ 25 veces; es significativo que el concilio haya usado un término profano ‘amor’ en vez del vocablo tradicional ‘caridad’. Las palabras introductorias del Papa Francisco marcan un hito particular: no es el consentimiento matrimonial el que da comienzo a una pareja sino el amor conyugal que se expresa mediante el consentimiento. 

Zeiger, teólogo jesuita, mucho antes del Concilio Vaticano II  afirmó la primacía del amor: “el matrimonio nace del amor, se apoya y se funda en él, se consuma y perfecciona en el amor”. Todo lo que se diga del amor hace pensar que el amor es algo muy grande; y con razón, pues Dios es definido por el evangelista S. Juan como Amor: “Dios es Amor”. Y al crear al varón y la mujer los creó a su imagen y semejanza; por tanto capaces de amar, necesitados de será amados. 

Hoy se ha llegado a afirmar que allí donde no hay amor conyugal verdadero no hay matrimonio: en  la Rota Romana, el Supremo Tribunal de la iglesia, han cursado varias causas matrimoniales por falta del amor auténtico en el momento de la celebración que han sido juzgadas como matrimonio nulo; se estudia la posibilidad de afirmar otro tanto en el caso de un matrimonio que, después de cierto tiempo, quizás años, llega a fracasar porque murió el amor en forma irremediable. El amor  no es algo automático; es una planta muy delicada que demanda un cultivo esmerado. El amor debe crecer, no debe morir; los esposos deben cultivar el amor, pues sus hijos se alimentarán con este amor.