Por: Pbro. Jairo Díaz Rodríguez, C.Ss.R. (Magister en Educación)
La educación constituye un proceso de humanización y de civilización por excelencia. Afirmación que está plenamente sustentada con los pensamientos de diferentes autores, quienes a través de la historia han seguido aportando para darle el valor y las implicaciones que ella genera en el desarrollo y promoción de la persona y la sociedad.
Educar significa, además de ayudar a una persona a mejorar humana y socialmente, aformar su carácter con la intención de hacer un mundo más civilizado. Esto implica que no puede quedarse en una mera transmisión de conocimientos para desenvolverse mejor en la sociedad, sino que también debe formar personas críticas ante los defectos que en ella aparecen y dispuestas a actuar para que contribuyan a su mejora (Gutiérrez, 1995; Savater, 1997; Camps, 1998). De esta manera, educar significa enseñar a vivir en la realidad que nos ha tocado, pero con autonomía y capacidad crítica frente a ella. La educación no debe ser complaciente con lo que el mundo ofrece, sino selectiva (González, 1996). La educación no puede olvidar que su fin es formar personas completas y que, por tanto, debe ayudar a la persona a descubrirse a sí mismo, a aceptar sus propias realidades, a descubrir su entorno social y a comunicarse correctamente con él, a capacitarse para una vida con frustraciones, estimar a otros a la vida, a descubrir las razones y riquezas de esa vida en el interior de la propia persona y en el mundo que le rodea (Cágigal, 1981: 200-201).
Hoy se habla constantemente sobre la educación en valores, haciendo énfasis que éstos están íntimamente ligados al pensamiento educativo y se han convertido en un elemento inherente a las dinámicas propias del ser humano, los valores enseñan a las personas a comportarse como seres pensantes, a establecer jerarquías entre las cosas, a través de ellos, se llega a la convicción de que algo importa o no; tienen por objetivo lograr nuevas formas de entender la vida, de construir la historia personal y colectiva y promover el respeto como eje fundamental de todas las relaciones.
Es así, como los valores pueden ser descubiertos, incorporados, fortalecidos y proyectados por el ser humano, ahí reside su importancia pedagógica, es tarea de las instituciones educativas dar continuidad a un proceso que se inicia en la familia, el cual requiere de un trabajo conjunto de toda la comunidad educativa en forma coherente y efectiva. De esta manera, educar en valores, es también educar al estudiante para que se oriente y sepa el valor real de las cosas; las personas que reciben una educación en valores creen que la vida tiene un sentido, reconocen y respetan la dignidad de todos los seres y la preocupación común a todos es la de reconstruir las bases de la convivencia humana.

A partir de la reflexión sobre el contexto actual, se puede considerar que vivimos en una época muy sensible a la necesidad del poder, lo cual parece ir en contravía de los valores que la misma educación pretende instalar. Es posible y conveniente aquello que dominamos, y todo lo demás es sospechoso y posible de ser atacado y destruido. Lo contrario al poder es el miedo, que puede llegar a tener la misma capacidad de violencia que el deseo mismo de poder.
Es así, como encontramos algunos grupos de niños y de jóvenes, los lugares donde viven, sus estilos de vestir, su forma de actuar y de comportarse, que generan recelo y miedo en los adultos. Estos recelos van hasta la necesidad de encapsularse en sus acciones de protección con medidas de seguridad, represión, vigilancia, olvido y exclusión que los convierte en “otros” aunque sean de su propia familia.
Asimismo, se constata que el diálogo se quiebra, no interesa conocerlos sino defenderse de ellos. Son “incomprensibles”, etiquetados como: perezosos, retraídos, rebeldes, en fin, no se puede lograr nada con ellos: ¡qué futuro nos espera! Llegados a este punto se los ha ubicado en un nuevo estatus social: ni estudian, ni trabajan, una doble negación que termina excluyéndolos sin diálogo y sin proyecto creador de futuro. Por fortuna, o gracias a Dios, hay muchos adultos que no se dejan llevar por la ola del rechazo y el miedo, del pesimismo o negativismo, en ese grupo están los maestros/docentes y los religiosos educadores.
Históricamente, estas situaciones críticas junto con las nuevas generaciones desafiantes no son nuevas en Occidente. En la antigua Grecia, los filósofos y políticos ya se quejaban de la tragedia irreversible en la que se encontraban frente a la incapacidad de compromiso de los jóvenes. En la decadencia romana se hablaba del apocalipsis frente a la sensualidad y materialismo de aquellos jóvenes que optaban por el camino rápido al poder sin hacer “la carrera de los honores.” A fines de la Edad Media, la concepción se dividió entre el pecado y la salvación. Mejor retirarse que ver la disolución que se les venía encima. El romanticismo, expresión de la era moderna, no dio indicios de fortaleza frente a la enorme tarea a realizar. En el siglo XIX, en plena decadencia de Occidente, surgen fuerzas del interior profundo de la Iglesia que buscan apostar a la esperanza, unida a la paciencia y al trabajo desinteresado.

Quiero creer que la mayoría de la gente que se dispone a pensar y planificar el futuro encuentra mejores salidas. Los tan “sospechosos” docentes/maestros, religiosos educadores, son una población de contacto que sufre con estas situaciones, ve, conversa, se acerca y quiere a los niños y a los jóvenes. Es ahí donde se constata que el carisma de la educación, del educador, del formador existe y no es detentado exclusivamente por unos pocos.
Y es en ese horizonte donde se puede encontrar a uno de esos hombres, carismático, renovador, sacerdote, misionero, redentorista, conocido como San Clemente María Hofbauer, quien con su liderazgo fue promotor de una obra enorme y fundamentalmente renovadora, con un impulso creador y educador que trasciende Italia, Europa y finalmente se expande por el mundo. Gracias a él, a su entrega y tesón, recibió a fines del siglo XIX y todo el siglo XX, excelentes hijos, consolidando asíla familia redentorista en el mundo. Como muestra de fecundidad, motivó un grupo numeroso de descendientes ilustres en diferentes ámbitos humanos y eclesiales. Clemente Hofbauer no era ingenuo, tenía los pies sobre la tierra. Conocía a dónde quería ir y era claro en lo que se proponía. Eso sí, era absolutamente consciente de que su sistema no consiste en hablar sin hacer, en predicar sin operar. Su propuesta suponía esfuerzo, mucho trabajo, dedicación, paciencia y mucha entrega, inspirada en el amor a Dios y a sus hermanos. Esto brotaba de su vocación y de sus profundas convicciones.
En tal virtud, la racionalidad reivindicada por la pedagogía redentorista que proyectó Clemente Hofbauer necesita ser comprendida de un modo operativo con los niños y los jóvenes, que se resisten a “pensar” y “planificar” haciendo proyectos para un futuro que desconocen y que les exige lo que no quieren dar: riesgo con seguridad, esfuerzo con resultados y, si esto no es posible, entregarse a la aventura, “divertirse”, “pasarla bien”. El carpe díem de corto alcance, no en el sentido enriquecedor de Horacio, sino en el consumista de hoy.

Clemente Hofbauer aportó no sólo en su tiempo, sino que su legado sigue vigente, al ayudarnos a entender la educación como un espacio y un lugar, una casa propia para los estudiantes, para los docentes/maestros, para los religiosos, para los padres de familia y para la comunidad escolar que en sí misma es educadora. Motivó a ver en la educación aquella vida plena que inspira después del “efecto establecimiento/escuela/colegio” una aplicación concreta de un estilo de comunidad educativa: los docentes que orientan y acompañan, junto con los directivos, el portero, quienes realizan el aseo, quienes administran el recurso educativo y los religiosos que generan la enseñanza como un proceso colectivo en donde los estudiantes aprenden con sus compañeros y se educan con el esfuerzo compartido de todos incluyendo a sus padres, que caminan con ellos en su día a día , haciendo realidad cada aprendizaje en sus propios contextos. Así, desde el espíritu que soñó Clemente se puede vislumbrar la nueva educación que anhelamos y que no está tan lejos de lo que sabemos hacer.
Concluyendo, se puede afirmar que cuando se habla de valor, generalmente se refiere a las cosas materiales, espirituales, instituciones, profesiones, etc., que permiten a una persona realizarse de alguna manera. El valor es, entonces, una propiedad de las cosas o de las personas. Los valores son una parte fundamental del desarrollo del ser humano: Una persona, además de tener conocimientos de diversas disciplinas del quehacer humano, necesita los valores como guía, para el actuar diario y, de esta manera, dar luz con su vida a sus semejantes. Juárez, J y Moreno, A (2000) expresan que: “La educación es dinámica con tendencia a nuevos procesos a partir de la realidad del momento, que hacen de ella un proceso renovado, es decir, regenera su estructura interna, cuyo fundamento son los valores” y fue esto y mucho más, lo que en gran medida nos legó a los Redentoristas y a la educación San Clemente María Hofbauer.



Una publicación muy interesante e importante tanto para la comunidad Redentorista como para todos los aspectos que comprenden la educación , que hoy más que nunca necesita alimentarse de estás trascendentes reflexiones.