Por: P. Rogério Gomes, C.Ss.R.
La realidad en la que vivimos actualmente nos llama a la resiliencia. No sólo en el contexto de la pandemia que ha provocado cambios significativos en nuestro modo de vida, afectando la salud, las finanzas, la posibilidad de ir y venir y el propio sentido de la vida, sino por la complejidad del mundo en que vivimos y del cual sólo conocemos algunos fragmentos a los que nos aferramos puesto que nos dan cierta seguridad. Muchas veces, la sensación que experimentamos es la de estar en un mar embravecido en una pequeña embarcación sin saber muy bien dónde llegaremos y si atracaremos en el puerto. Por lo tanto, la resiliencia es un escenario que provoca inseguridad, asociada a los retos de tener una vida digna como seres humanos. En estas circunstancias, la pregunta sobre el futuro siempre se hace presente.
Sentirse seguro forma parte de la condición humana. Dicha seguridad se manifiesta de manera afectiva, profesional, financiera, moral y en la realización como persona del mejor modo posible. No significa estar exento de los problemas derivados de la propia condición humana y sus implicaciones sociales; el deseo de seguridad está siempre en nuestra sangre. Pero no basta estar realizado o seguro desde el punto de vista material, si no se tiene una densidad espiritual que pueda guiarnos a la búsqueda de valores significativos. De lo contrario, acabamos encerrándonos en nuestras propias seguridades e incurrimos en el vacío y la falta de sentido frente a nuestra propia vida. Somos inmanencia y trascendencia, seres que llevan consigo el misterio de la misma vida. Y cuando perdemos tal sentido, pasa a habitar en nosotros el reinado del vacío.

En este escenario, el cultivo de la espiritualidad da un apoyo esencial para vivir la propia vocación humana, amar y ser amado y realizarse dignamente como hijo/hija de Dios. La espiritualidad es el modo como el ser humano incorpora en su vida el misterio divino, lo trascendente, la acción del Espíritu y lo utiliza para cualificar su acción personal y social y hacer posible un mundo mejor. La persona espiritual está siempre inquieta porque busca comprender el misterio de sí misma y de lo divino que se manifiesta en la concreción de la historicidad del mundo. Capta en sí misma la fuerza que proviene de su relación con lo trascendente, así como la que resulta de su autoconocimiento. Y esto le da energía para superar los momentos difíciles de la vida. Hay seres humanos que pasan toda su existencia sufriendo, que son probados en diferentes realidades, pero que tienen una mirada netamente positiva y agradecida hacia la vida. Son los hombres y mujeres que en mares agitados ven un puerto y en la profunda oscuridad ven una luz al final del túnel. Son seres profundamente marcados por la fe, la esperanza y el amor y animan a los demás a no tener miedo de cambiar el mundo y a buscar el sentido de la vida.
De este modo, la espiritualidad no es una huida del mundo, sino una experiencia profunda de Dios, capaz de transformar la vida humana e insertarnos en el propio mundo, con sus sobresaltos y su belleza. El encuentro personal con la Palabra de Dios nos hace comprender que el Pueblo de Dios vivió momentos difíciles en su historia (cf. Ex 1-19), pero la seguridad de la presencia divina le dio la fuerza para lograr la liberación de todo lo que le impedía vivir como era el deseo divino. Hoy nos toca a nosotros, los llamados a la resiliencia, fruto de nuestra profunda intimidad con Dios, superar este triste momento de nuestra historia.


