image_pdfimage_print

VI Domingo de Pascua

Comentario bíblico

9 de mayo de 2021

Por: P. Luis Alberto Roballo Lozano, C.Ss.R.

Ciclo B: Jn. 15, 9 – 17

Yo soy la vid verdadera 9«Como el Padre me ama a mí, así los he amado yo; permanezcan en mi amor. 10Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11Les he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de ustedes y su alegría sea completa».

12«Este es mi mandamiento: ámense unos a otros como yo los he amado. 13Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos. 14Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando. 15Ya no los llamo siervos, pues el siervo no sabe qué hace su señor; yo los he llamado amigos porque les he dado a conocer todas las cosas que he oído a mi Padre. 16No me eligieron ustedes a mí, sino yo a ustedes; y los designé para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, a fin de que todo lo que pidan al Padre en mi nombre se lo conceda. 17Esto les mando: ámense unos a otros».

Muchas veces hemos escuchado el pasaje del Evangelio de Juan sobre la vid y los sarmientos. Circulan hermosas imágenes en que se ven las hojas de la vid, con diversas tonalidades de verde y la forma característica que sugieren de inmediato el contorno irregular de un corazón y algo de los tallos de la planta, entrelazados en forma de enredadera y que van buscando soporte[1]. Por supuesto, lo más destacado es un frondoso racimo de uvas, generalmente de color oscuro con la infinidad de juegos de luces y sombras que forman la silueta circular de una incontable cantidad de uvas que se compactan formando una especie de enjambre de abejas. Los predicadores elaboran hermosos discursos con la consideración eucarística infaltable del vino de uvas que se coloca en el altar para la celebración de la misa. Explican el pasaje como una parábola, para proponer enseñanzas como la observancia del mandamiento del amor, la unión con Dios, la solidaridad con los hermanos y la misma participación en la celebración eucarística. Otros prefieren el término de alegoría, haciendo énfasis en la unión entre Cristo y los fieles, en el mandamiento del amor fraterno y en la ejemplar unidad entre Dios Padre y su Hijo encarnado, portadora de todo tipo de frutos para la humanidad .

Tratamos de modo breve la fisiología de la vid y la manera como se cultiva, se reproduce y como capta con sus raíces los elementos que necesita para producir sus racimos.

En cuanto a su cultivo y reproducción de la vid  son básicamente dos formas: una, plantando un tallo suficientemente maduro en tierra, en condiciones en que se puedan producir raíces y constituirse como una planta autónoma. Otra, por injerto, tomando un tallo suficientemente maduro para que resista el proceso de trasplante y asimile la corriente de vida,  como de la cepa que recibe la implantación para que acoja el injerto y lo haga crecer. Lo que se desea es que el injerto prospere, estableciendo la relación y comunicación de vida entre la cepa y el injerto y la parte implantada adquiera la misma vitalidad de la cepa que lo recibe, cicatrizando de manera satisfactoria y sin crear rechazos.

La parte de nutrición de la vid es increíblemente compleja: se puede decir que une el cielo y la tierra, pues vincula el sol, la luna, las lluvias, los vientos, las temperaturas que pueden ser muy diferenciadas a lo largo de la vida de la planta. El suelo de arraigo es preferiblemente arenoso, más que arcilloso, pero con adecuada humedad. Puede prosperar incluso en terrenos pedregosos desde que haya capa vegetal superficial o profunda. Sí es importante y, de eso depende la calidad de los vinos, la presencia de minerales que son procesados y primorosamente dosificados en las uvas. La cercanía del mar y de los volcanes mejora la calidad de las uvas y por supuesto del vino. El sistema de raíces de la vid mezcla dinámicamente las líneas horizontales y verticales y son en su mayor parte capilares. Sus raíces se distribuyen en una red que se extiende, en alto porcentaje, en un metro tanto en superficie y como en profundidad desde el punto donde está plantada la vid. Un famoso propietario de industria vinícola española quiso investigar qué tan profundo llegaban las raíces de sus cepas y acometió la excavación del terreno para investigarlo. Suspendió las obras cuando había avanzado verticalmente  cincuenta metros, sin lograr llegar al final de las raíces. Hasta aquí esta especie de divagación a propósito de la vid y los sarmientos.    

Son numerosos los textos bíblicos donde es mencionada la vid y la viña: las historias desde Noé (Gen 9, 20), el gigantesco racimo que traen Josué y Caleb en la primera expedición a la tierra prometida (Num 13, 23) y Nabot 1 Re 21,1), las numerosas y sentidas profecías de prosperidad y bendición como de ruina y desastre (Is 1, 9; 5, 1; 27, 2; 65, 21; Jer 8, 13; 31, 5; 52, 16; Zac 8, 12). Excede el espacio de este artículo la mención de la vid en los Salmos y libros poéticos y Sapienciales. En el Nuevo Testamento Cristo mismo usará la viña en sus parábolas Mat 20, 1. 25. 33 y paralelos). El juicio final, realizado por el hijo del hombre, consistirá en la cosecha de su viña (Ap 14, 18)[2].

Centenares de textos bíblicos nos reafirman la observación de que en la vid  se unen el cielo y la tierra, el sol, la luna, los vientos, el agua, los elementos del subsuelo y del aire y el paso del tiempo unidos al excelente o equivocado trabajo de los viñadores.

Con esta figura tan cargada de tiempo, de humanidad  y de divinidad, de fragilidad y trascendencia nos sentimos profundamente vinculados con el pasaje de Juan en que Jesús nos habla de la unión entre el Redentor y los redimidos y de nosotros como sus amigos y hermanos entre nosotros.

Y centrándonos directamente en el texto que nos ocupa, la alegoría de la vid define el discipulado cristiano como permanencia en la palabra de Jesús que es también la permanencia en su amor. Esta permanencia es una realidad personal; se realiza como la proximidad entre personas, como una persona permanece en otra: mediante actos estrictamente personales, de amor, confianza, fidelidad, intercomunicación, disponibilidad para el sacrificio. Y, como consecuencia, el amor fraterno dará frutos, con la esperanza de que sean abundantes y de excelente calidad.

La alegoría establece una circularidad entre el discípulo, Jesús como Maestro y el Padre como dueño de la viña y bien reflexionada presenta la vida del cristiano en toda su radicalidad y extensión[3].

San Agustín nos enseña cómo se produce esa fructificación. Entonces nos damos cuenta del valor de estar unidos a Cristo como los racimos a la vid:  «Dios no nos eligió por ser buenos, sino que hace buenos a los que elige. Nos elige y destina para que vayamos y demos fruto. Vamos a dar fruto y él mismo es el camino por el que vamos y en el que nos ha puesto. Siempre nos ha acompañado su misericordia. Lo que permanece es el amor y ese es nuestro fruto. Pero tal amor lo vivimos en deseo y no en plenitud. Todo lo que pidamos con ese deseo en nombre del Hijo Unigénito, el Padre nos lo concede. Pero lo que no nos conviene para la salvación, no lo pidamos en nombre del Salvador, sino solo lo que conviene a nuestra salvación»[4].

San Agustín resume el pasaje centrándolo no ya en la imagen de la vid y los sarmientos sino en el mismo amor de Dios y del prójimo: «Nos amamos unos a otros con el mismo amor con que amamos a Dios. No nos amaríamos unos a otros con amor verdadero si no amáramos a Dios. Solo ama a su prójimo como a sí mismo quien ama a Dios. Si no ama a Dios, no se ama a sí mismo. En estos dos preceptos del amor se contienen toda la ley y los profetas: este es nuestro fruto»[5].

Finalmente, para tener una visión complexiva del Capítulo 15 de Juan nos servimos del comentario de Matthew Henry, casi nunca referido entre los católicos pero muy apreciado entre los predicadores y estudiosos de diversas denominaciones cristianas y a su vez, crítico de su Iglesia Presbiteriana pero maravillosamente fiel al texto sagrado y a la fe cristiana:

Se acepta, en general, que el discurso de Cristo en este capítulo y en el siguiente fue al final de la última cena, la noche en que fue traicionado, y es un discurso continuo, no interrumpido como lo fue el del capítulo anterior; y lo que elige hablar es muy pertinente para la presente triste ocasión de un sermón de despedida. Ahora que estaba a punto de dejarlos: 1.  Estarían tentados a dejarlo y volver a Moisés otra vez; y por eso les dice cuán necesario era que por fe se adhirieran a él y permanecieran en él. 2. Estarían tentados a volverse extraños el uno al otro; y por lo tanto, les impone que se amen unos a otros y que mantengan esa comunión cuando él se haya ido, que hasta ese momento había sido su consuelo. 3. Estarían tentados a rehuir su apostolado cuando se encontraran con dificultades; y por eso los preparó para soportar el impacto de la mala voluntad del mundo.

Hay cuatro palabras a las que puede reducirse su discurso en este capítulo; 1. Fruto, (vv. 1-8). 2. Amor, (vv. 9-17). 3. Odio, (vv. 18-25). 4. El Espíritu Defensor, (vv.26-27)[6].

Concluimos esta reflexión con el célebre texto de la Didaché en el Capítulo 9 que nos ofrece de forma concisa el ritual de la celebración Eucarística hacia final del siglo primero:

1 En lo concerniente a la eucaristía, den gracias de esta manera. 2 Al tomar la copa, digan: “Te damos gracias, oh Padre nuestro, por la santa viña de David, tu siervo, que nos ha dado a conocer por Jesús, tu servidor. A Ti sea la gloria por los siglos de los siglos.” 3 Y después de la fracción del pan, digan: “¡Padre nuestro! Te damos gracias por la vida y por el conocimiento que nos has revelado por tu siervo, Jesús. ¡A Tí sea la gloria por los siglos de los siglos! 4 De la misma manera que este pan que partimos, estaba esparcido por las elevadas colinas, y ha sido reunido, te suplicamos, que de todas las extremidades de la tierra, reúnas a tu Iglesia en tu reino, porque a ti te pertenece la gloria y el poder que ejerces por Jesucristo, en los siglos de los siglos…[7]

Luis Alberto Roballo Lozano, C.Ss.R.

Buga, 29 de abril 2021, Memoria de Santa Catalina de Siena


[1]https://grapes.extension.org/partes-de-la-vid-raices-parts-of-the-grapevine-roots, información sobre las diversas partes de la vid y el manejo en su cultivo. Consultado el 25 de abril de 2021

[2] Textos y concordancias de La Sagrada Biblia de América y de los buscadores y recursos de  BibleWorks, version 10, Software for Biblical Exegesis and Research, Norfolk, VA)

[3] Cfr La Sagrada Biblia de América, Edición de estudio, a Juan 15

[4] Agustín de Hipona, Comentario al Evangelio de Juan, 86, 3.

[5] Agustín de Hipona, o.c., 87, 1).

[6] Mathew Henry Commentary, tomado de Bible Works 10.

Matthew Henry (18 de octubre de 1662 – 22 de junio de 1714) fue un ministro y autor Presbiteriano inconformista, que nació en Gales pero pasó gran parte de su vida en Inglaterra. Es mejor conocido por el Comentario Bíblico originalmente publicado en seis volúmenes, Exposición del Antiguo y Nuevo Testamento. Es el único comentario antiguo a la biblia (canon evangélico), hecho versículo por versículo. Hay una traducción al español por Francisco Lacueva) La traducción citada es propia.

[7] La Didaché, Tomado de www.orígenes cristianos.es, el 27 de abril de 2021  Didaché, (pronunciar didajé) con traducción revisada y adaptada y conservando la división tradicional en versículos.

Esta obra es uno de los más antiguos documentos cristianos, no canónico y es fundamental para la comprensión de cómo los primeros cristianos ofrecían el culto divino. Se estima que fue escrita entre los años 65 y 80, según otros se compone o se convierte en un primer manual cristiano, hacia el año 100, no conociéndose el nombre de su autor. Diversos estudiosos creen, que con mucha probabilidad, fue escrita en Siria. El académico y filósofo canadiense, Jean-Paul Audet (1918–93), dominico, ha estudiado en profundidad esta obra, comenzando por su titulo. A la Didaché (instrucción en griego) se le asignan dos títulos, uno corto, “Instrucciones de los Apóstoles”, preferido por Audet, y otro más largo “La instrucción del Señor a los gentiles por medio de los doce Apóstoles” que es por el que se inclina el teólogo luterano alemán Adolf Von Harnack (1851-1930).