image_pdfimage_print

VII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario social

20 de febrero de 2022

Ciclo C: Lc. 6, 27 – 38

Por: P. José Samuel Torres Tangua, C.Ss.R.

Últimamente, en nuestra ciudad de Bogotá se vivió una escena dura y escandalosa. Un hombre fue ajusticiado y se revivió el adagio antiguo: ojo por ojo y diente por diente. En tiempos de Jesús, salvo algunas excepciones, el comportamiento se vivía en el esquema de crueldad y venganza: “amen a sus amigos y odien a sus enemigos”. Sucesos que confrontan la vida humana en cada una de sus dimensiones y que desafían al creyente en Cristo Jesús.

La liturgia de este domingo VII, del tiempo ordinario, nos ofrece sus luces. El libro de Samuel nos recuerda la dignidad de la persona. El conflicto del Rey Saúl con David es la ocasión que ilustra estar gran verdad: todos tenemos una dignidad que se debe respetar. La vida es invaluable y es el regalo que Dios nos dio. Cuidar, valor, respetar y amar la vida en cada una de sus manifestaciones es la tarea de todo creyente.

Al apóstol Pablo, en la primera carta a los Corintios, presenta a Jesús como el nuevo Adán. Esta comparación es un llamado para entender la vida. Nacemos como Adán, es decir, terrestres, débiles, con la tendencia al pecado, pero estamos llamados a ser como el nuevo Adán espiritual: cristo, señor de la vida y don del Padre para la humanidad.

Jesús propone un programa de vida a sus seguidores y a los que se han matriculado en la escuela del Padre Dios. La pregunta que podemos realizar es la siguiente: ¿qué quiere decir acoger a Jesús Salvador, y qué consecuencias tiene ello para la vida del que lo sigue?

Cuenta la historia que un sabio le dijo a su ayudante, que iba a pedir consejo a un campesino. El ayudante le preguntó, ¡cómo! Usted siendo tan docto ¿le pide consejo a un campesino? A lo que el sabio le respondió. Sí, soy un hombre conocedor de muchas cosas, pero debo aprender de la sabiduría del campesino.

La vida cristiana es un aprendizaje continuo en la escuela del Padre Misericordioso. Hoy en el relato del evangelio según san Lucas hemos escuchado el sermón de la llanura. El evangelista Mateo habla del sermón de la montaña. Lucas, sitúa la predicación de Jesús de Nazaret inmediatamente después de su llegada a la región de la Galilea. Los destinatarios del mensaje son los que están en la explanada, pero de manera especial los discípulos. En este texto, Jesús continúa el tema que había expuesto en la sinagoga de Nazaret. Allí, proclamó cuatro bendiciones dirigidas a los pobres, a los hambrientos, a los dolidos y a los perseguidos. Al mismo tiempo, en un lenguaje profético, enfatiza cuatro advertencias, dirigidas a los ricos, a los satisfechos, a quienes viven en fiestas, y a los que continuamente son reconocidos.

Esta manera de predicar de Jesús es una propuesta a sus seguidores. Es como la cédula de ciudadanía que deben tener lo que los siguen. Son las bienaventuranzas. De aquí se desprende una manera nueva de vivir los valores del reino. Estos valores se adquieren en el camino del seguimiento a Jesús y se resumen con una frase lapidaria: “sean compasivos, como el Padre es compasivo”. La novedad de reino permite al discípulo vivir de manera nueva la filiación con el Padre.

Una pregunta surge en el camino de la vida: ¿cómo se comporta un hijo? La respuesta es obvia y continuamente la escuchamos: pues como le enseñó su padre. ¿Cómo actúa un cristiano? Pues, con la misma actuación de Dios Padre, quien es misericordioso con los ingratos y perversos. Novedad que contrasta con los intereses que se alojan en el corazón del ser humano. El discípulo está en una escuela continua y debe iluminar sus más profundas motivaciones para alinearlas al querer del Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos.

El proceder del discípulo se transforma en la escuela de la misericordia. Jesús propone como ideal el asemejarnos al Padre Misericordioso. Mucho se puede hablar del Padre Dios. Él es la fuente de la vida. Es bondadoso con todos. Él envía su Hijo al mundo para que por medio de Él lo conozcamos. El discípulo se destaca por su amor bondadoso, depone el desquite que tanto agobia en la vida, revierte las agresiones con gestos de bondad y amor a ejemplo del Padre. De Él surgen unos imperativos que son luz en la vida humana: no juzguen; no condenen, perdonen y den. Todo un programa de vida.

El Señor acentúa en el evangelio con cuatro acciones concretas: amen a sus enemigos; hagan el bien a quienes los odien, bendigan a los que los maldigan, oren por los que los difaman. Son, podemos decir, los imperativos del cristiano que sólo se pueden vivir desde la acción del Señor en cada uno de nosotros. Él mismo es la fuerza que suscita en cada seguidor este estilo de vida: amaré con su amor, haré el bien como Él lo ofrece, bendeciré como he sido bendecido, oraré al estilo de Jesús. El discípulo nunca cierra las puertas a quien le ha hecho el mal; nunca coloca límites al amor. Siempre está atento para hacer el bien en todas las circunstancias de la vida por más perversas que sean.

Este amor sin medida es la propuesta de Jesús de Nazaret. Propone abrir la mirada y el corazón de los que lo escuchan y hoy a cada uno de nosotros. Es una invitación a proponer la novedad de Jesús en un mundo que se cierra en la violencia y en el egoísmo. Es un proyecto cimentado en el amor del Padre, en la bendición de los enemigos, en el perdón activo, en el compartir generoso rechazando la avaricia.

Que el refrán del: ojo por ojo y el diente por diente solo se un recuerdo de la historia del ser humano y que la propuesta de Jesús, inundé nuestras relaciones diarias y sea la fortalece que testifica el seguidor de Cristo.