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Mc 1,29-39 – Ciclo B

Por: P. Pedro Pablo Zamora Andrade, C.Ss.R.

Al texto que nos propone la liturgia de la Iglesia católica para nuestra reflexión este quinto domingo del Tiempo ordinario, los expertos lo denominan: «La jornada ‘modelo’ de la misión de Jesús».[1] Es una jornada ‘modelo’, porque –según nuestro parecer– contiene dos elementos fundamentales: 1) la relación entre ‘lo sagrado’ y ‘lo profano’ y, 2) la relación entre la oración y la misión. Hagamos una breve aproximación a cada uno de estos elementos basilares y, posteriormente, un intento por buscarles una aplicación pastoral.

1. La relación entre «lo sagrado» y «lo profano». La terminología no aparece en el texto, ni en el libro antes citado, pero pertenece al mundo religioso judío. Para ellos, el ‘lugar sagrado’ por excelencia era el templo, el único templo del país que estaba en la capital (Jerusalén), y dentro del templo, un espacio vacío denominado «santo de los santos». Era el lugar reservado exclusivamente a Dios. A ese lugar solamente tenía acceso el Sumo Sacerdote una vez al año para su incensación.   

Nosotros agregamos a ese único lugar sagrado, la sinagoga. Allí se congregaba la comunidad local los días sábados para el culto semanal. No había altar para los sacrificios ni sacerdotes; pero existía, en cambio, un laico experto en el conocimiento de la Ley y los Profetas (rabí o rabino: maestro), se hacía la instrucción religiosa y se rezaban algunas oraciones.   

A ese lugar asistía, como buen judío, el Señor Jesús el día sábado. Es más, así comienza el evangelio que acabamos de proclamar: “Al salir de la sinagoga en Cafarnaúm” (v. 29). Suponemos que a esa sinagoga (la de Cafarnaúm), a la de Nazaret (su pueblo natal), o a la del lugar donde se encontrara, el Señor Jesús asistía habitualmente. Era una práctica corriente. Similar a la de muchos católicos que asisten a la misa los domingos, y a las llamadas ‘fiestas de guardar’ o ‘de precepto’.

Cuando terminó el culto en la sinagoga, el Señor Jesús se dirigió a la casa de Pedro. Estamos en un lugar considerado ‘profano’ por la mentalidad judía. Luego va a la puerta del poblado y cura a los enfermos y exorciza a los poseídos por malos espíritus (vv. 32-34). Por la mañana va «a un lugar despoblado» (v. 35) para hacer oración. Finalmente, se desplaza con sus discípulos a los pueblos cercanos para continuar con su labor apostólica (vv. 38-39). Todo esto acontece en el ‘lugar profano’.

Una primera diferencia tiene que ver con función de cada espacio, de cada lugar (sagrado o profano) y con el tiempo que cada función y lugar requieren. El encuentro en la sinagoga es semanal; el encuentro con la gente del pueblo es diario. Jesús y sus paisanos permanecen más tiempo en el ‘lugar profano’ que en el ‘lugar sagrado’. Y así tiene que ser. A menos que alguien haya decidido dedicarse de manera permanente a la vida contemplativa, como sucederá más tarde en el cristianismo primitivo con los llamados anacoretas, eremitas u hombres del desierto. Los demás tienen que volver a sus labores cotidianas para conseguir lo necesario para cubrir las urgencias de cada día: pan, vestido, educación, salud, etc.

2. Relación entre la «oración» y la «misión». Algo parecido sucede cuando «muy de madrugada» se retira «a un lugar despoblado» para orar (v. 35) y, posteriormente, se desplaza con sus discípulos a otros lugares para predicar el Evangelio del Reino, curar enfermos y exorcizar personas poseídas por malos espíritus (vv. 38-39). El tiempo dedicado a la oración contrasta con el que el Señor Jesús le dedica a evangelizar, curar y exorcizar. Ahora bien, suponemos que esta práctica es recurrente en la vida del Señor Jesús. El diálogo con su Padre a través de la oración es un elemento permanente en su vida. En esta ocasión es por la mañana; en el Huerto de Getsemaní será por la noche (Mc 14,32). El horario no será impedimento para que el Señor Jesús busque esa conexión espiritual. 

APLICACIÓN PASTORAL

1. Sobre la relación entre «lo sagrado» y «lo profano». El ser humano se mueve, metafóricamente hablando, en medio de ‘dos templos’: el templo físico y el templo de la vida, de la creación. En el templo físico o material permanece por momentos: mientras celebra el culto, mientras hace algún tipo de rezo u oración. En cambio, en el templo de la vida o de la creación permanece la gran mayoría del tiempo. Es allí donde se desarrollan las demás actividades de la vida: la convivencia con familiares o vecinos, el trabajo, el desplazamiento en el transporte, el estudio, etc. El tiempo y las actividades que los seres humanos realizamos en cada uno de estos espacios es diferente. Los dos tiempos y las actividades que se realizan en cada uno de esos espacios (‘templos’) son importantes y es conveniente darles el realce que merecen.

Cuando estamos en el templo físico o material, aprovechemos de la mejor manera el tiempo y el espacio que tenemos a nuestro alcance. Celebremos el culto con devoción, vivamos los momentos de oración con intensidad. Que nuestra relación con Dios, con su Palabra, nos animen, nos orienten y fortalezcan espiritualmente para enfrentar la jornada o la semana con renovados bríos y entusiasmo. Es una actividad que podemos realizar en cualquier lugar (en la casa, en el bus, en una montaña), pero el templo físico o material nos brinda unas condiciones de silencio, de respeto, de intimidad…, que no es fácil encontrar en otros espacios.

Cuando estemos en el templo de la vida o de la creación, tengamos una actitud positiva, seamos generosos, que nunca nos falte una sonrisa, una palabra amable… En otras palabras, que mostremos en nuestras palabras y obras el rostro amoroso de Dios y el estilo de vida que Jesús, nuestro Señor y Maestro, nos enseñó.

2. Sobre la relación entre «oración» y «misión». Entre las dos tiene que haber una retroalimentación constante: la oración nos debe llevar a la misión, y la misión tiene que brindarnos los insumos para orar. La oración no tiene que medirse por el tiempo, sino por la intensidad. Pero tiene que ser constante, como la del Señor Jesús. Por la mañana o al caer la noche, no debe faltar esa línea de contacto con Dios, llamada oración.   

El lugar es indiferente. Podemos orar en nuestra habitación (Mt 6,6), en un huerto (Mc 14,32), en un lugar despoblado (Mc 1,35), mientras vamos en el transporte público, en una montaña, contemplando un amanecer o un atardecer. Recordemos la recomendación de santa Teresa de Jesús a una religiosa suya, preocupada porque tenía que lavar platos mientras el resto de monjas se iba a la capilla a rezar: «Hermana, entre los pucheros también anda Dios».[2]  

Alimentemos nuestra vida espiritual con la oración, con la meditación de la palabra de Dios. Esa dimensión es muy importante. Pero también es deseable alimentar nuestra mente, nuestro corazón. Leamos un buen libro, veamos una buena película, escuchemos una buena conferencia, escuchemos música que nos motive positivamente, etc. Es importante estar atentos a las cosas que vemos o escuchamos con más frecuencia. Todos esos elementos entran a formar parte de nuestra forma de pensar, de sentir, de obrar. 

Démosle gracias al Señor Jesús por esta Palabra que nos regala en este domingo. Que su enseñanza y su estilo de vida nos guíen en nuestro peregrinar por este mundo. No nos olvidemos de los ‘dos templos’ en los cuales nos movemos cada día, y tampoco olvidemos las dos dimensiones fundamentales de todo ser humano (la contemplación y la acción) como elementos necesarios para vivir nuestra vida con armonía, y ser felices. Que así sea.


[1] Cfr. Hernán CARDONA RAMÍREZ y Fidel OÑORO CONSUEGRA. Jesús de Nazaret en el evangelio de san Marcos. Editorial Universidad Pontificia Bolivariana: Medellín, 2008, 186.

[2] Cfr. Fundaciones, 5, 8.