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XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario dominical

5 de septiembre de 2021

Ciclo B: Mc. 7, 31 – 37

Por: P. Pedro Pablo Zamora Andrade, C.Ss.R.

En el texto que leemos en este domingo, hay cambio de lugar y de personajes: el Señor Jesús deja la región de Tiro y Sidón y se dirige hacia la Decápolis, cuyo significado en griego es “Diez pueblos”, ubicados en su gran mayoría en la orilla oriental del lago de Galilea, una región extranjera. Los judíos allí eran minoría y pertenecían al estrato social más bajo. Ya el Señor Jesús había estado en esa región. En uno de aquellos poblados curó al endemoniado de Gerasa (Mc 5,1-10). Ahora le traen un sordo quien apenas balbuceaba alguna palabra. Su situación era muy triste: no escuchaba y, a duras penas, lograba hacerse entender. Sufría por la incomunicación, casi condenado a estar aislado de los demás. El Señor Jesús, que obra en silencio, se aparta de la multitud (como ya lo había hecho en 8,22-27). No actúa como los taumaturgos griegos, quienes buscaban la fama y el aplauso de la gente.

El Señor Jesús entró en contacto con el enfermo (no tuvo en cuenta las normas de la pureza): metió sus dedos en los oídos del sordo y tocó con saliva su lengua. Con estas acciones le indicó al sordomudo su decisión de reintegrarlo a la vida plena. Al alzar sus ojos al cielo, reconoció la fuerza sanadora procedente de Dios. Este dato nos deja ver su íntima relación con el Padre, de quien Él es sacramento, es decir, presencia viva en medio del pueblo. El gemido del Señor Jesús recuerda el de la creación, según san Pablo (Rom 8,22-27): la creación entera padece la condición del mal y gime, suspira por la realización de la profecía de Isaías (35,4-7). El Señor Jesús, el primogénito de la creación, es el primero en dejar oír este gemido, paralelo al de la cruz (15,37). Allí dará el Espíritu para renovar la creación entera. La palabra hebrea effatá (“ábrete”) no está dirigida a los órganos del enfermo, sino al mismo paciente. Según el pensamiento hebreo, la enfermedad llega al ser humano entero; por eso el ser humano entero viene ahora “abierto” a una nueva vida, a un nuevo encuentro con Dios y con los demás. No está condenado ni al silencio ni al aislamiento. Al inicio de la creación Dios hizo todo bueno (Gen 1,31); al final hará nuevas todas las cosas (Ap 21,5).

Según este texto, los extranjeros (llamados despectivamente “paganos” o “gentiles” por los judíos) aparecen como destinatarios del reino de Dios por parte del Señor Jesús. Es una de las pocas veces donde vemos al Señor Jesús fuera de su país. Sin embargo, llama la atención su actitud en tierras no judías: no predica, no busca prosélitos. Solo cura. Es decir, nada de teoría, sino práctica; hechos y no palabras. Ahora bien, si la vida cristiana se inspira en el Señor Jesús, deberíamos hacer algo igual: menos predica y más praxis de misericordia, menos proselitismo y más ayuda a la gente necesitada.

Aplicación pastoral

La vida del homo religiosus está íntimamente relacionada con el oído, los labios y las manos. Con el oído escuchamos la voz de Dios que nos habla a través de tantos medios (su Palabra, los clamores de los pobres, la creación); con la voz proclamamos las grandezas del Señor, su Palabra, el Evangelio, y con las manos nos dedicamos a construir el Reino de Dios, a ayudar al prójimo, a cuidar su creación… ¿Cómo está nuestra capacidad de escucha, de proclamación, de acción? Hoy es la oportunidad para pedirle al Señor Jesús que realice en cada uno de nosotros la misma curación.

Es muy probable que estemos sordos para escuchar la voz de Dios, del prójimo, de la creación; es posible que estemos mudos para proclamar el Evangelio y hasta corremos el riesgo de tener nuestras extremidades paralizadas (acordémonos del paralítico: Mc 2,1-12) para hacer el bien al prójimo.

No hay que orar hasta que Dios nos escuche; hay que orar hasta que escuchemos la voz de Dios en nuestro interior. El cristiano tiene que ser un oyente de la Palabra. No permitamos que los ruidos externos o las preocupaciones internas nos impidan escuchar la voz de Dios, o del hermano necesitado.

En la sociedad actual hay muchos creyentes que tratan de pasar desapercibidos porque les da miedo decir que son cristianos. Menos atreverse a pronunciar alguna palabra en nombre de Dios. La cobardía nos tiene arrinconados. Es urgente que el Espíritu nos llene de fortaleza para anunciar de manera renovada la Buena Noticia y confirmarla con el testimonio de nuestra vida.

Finalmente, dejemos que el Espíritu del Resucitado cure nuestras parálisis para que seamos capaces de hacer el bien al prójimo cuando lo veamos en necesidad. No tenemos impedimentos físicos, pero la parálisis espiritual en la que nos tiene sumidos el pecado nos incapacita para hacer el bien.

Escuchar, proclamar, obrar. Son tres verbos que un creyente debe integrar en su vida para vivir con coherencia su fe. No es una novedad ni un descubrimiento. Son elementos que siempre han estado en la revelación divina. A veces los olvidamos, o enfatizamos unos y olvidamos otros. Hoy la palabra de Dios nos los vuelve a recordar; no uno, sino los tres. “En combo”, como decimos familiarmente hablando.