I Domingo de Cuaresma
Por: P. José Samuel Torres Tangua, C.Ss.R.
Iniciamos este tiempo de Cuaresma. La Iglesia invita a la conversión, al cambio, a colocar la mirada en Dios y desde Él renovar la vida y la sociedad. Las lecturas del primer Domingo de cuaresma indican el camino por donde debemos transitar en este proceso de cambio y de conversión. Una meta y un sendero son un fin y un medio señalados por la palabra de Dios en este tiempo especial. La meta es la cercanía y encuentro con Jesús, a pesar de las pruebas de la vida, para experimentar la intimidad con el Padre y salir avantes en la tentación; el camino es la docilidad al Espíritu para no perder de vista la vida del Reino. La señal que sobresale es el agua y su incidencia en la vida bautismal. Al mismo tiempo, la docilidad al Espíritu que impulsa, renueva e invita a caminar en el anuncio de la buena nueva.
En la primera lectura, Noé, después del diluvio, escucha de Dios la promesa de vida. Las aguas que ahogaron la creación son ahora signo y símbolo de la vida nueva, “la vida no volverá a ser exterminada por las aguas del diluvio” y en señal de esperanza aparece la figura reconfortante del arco iris, signo vivible después de la oscuridad con la que se sella esta alianza. En la segunda lectura, el apóstol Pedro indica que las aguas del bautismo son una regeneración de la vida por la resurrección de Jesús. Al ser bautizados renacemos como resucitados a una vida nueva.
La simbología del agua, de la fuente bautismal, es la vida nueva de la muerte y resurrección de Jesús que indica el camino y la meta de la vida cristina.
San Marcos señala cómo Jesús después del bautismo es impulsado por el Espíritu al desierto; allí es sometido a la prueba. Una vez superada la prueba, Jesús se dirige a Galilea e inicia el anuncio del reino de Dios.
La cuarentena de Jesús en el desierto tiene que entenderse en función de la Pascua. A diferencia de Mateo y de Lucas, las tentaciones de Jesús en el desierto duran 40 días. En el lenguaje bíblico expresan el tiempo de la prueba, de la toma de conciencia, de la preparación para el anuncio de la buena nueva. La escritura relata con cierta frecuencia esta experiencia de desierto: los cuarenta días del diluvio que vivió la humanidad en tempos e Noé; los cuarenta años que duró el camino de libertad del pueblo de Israel por el desierto antes de llegar a la tierra de la promesa; los 40 días que vivió Moisés en el Sinaí; los cuarenta días del profeta Elías en el desierto; los 40 años de subyugación que vivió el Pueblo de Israel por parte de los Filisteos. Desierto, prueba, camino de seguimiento en busca de fidelidad al plan de Dios.
La prueba que experimentó Jesús es la misma de cualquier ser humano. Cada día de la existencia se debe estar atento para enfrentar con fuerza las pequeñas o grandes dificultades que trae la vida. La vida está llena de dificultades, de sinsabores. Con todo, debemos ser conscientes de la presencia del Espíritu en nuestra vida. En los períodos de desierto, de prueba, de tentación, de lucha, no estamos solos, no estamos abandonados. Al igual que Jesús, el Espíritu nos conduce y permite salir del desierto para anunciar la buena nueva. Jesús, en el evangelio de Marcos, es presentado como el nuevo Adán, una oferta gratuita del Padre a toda la humanidad. Él enseña a superar la prueba y a continuar en el camino de fidelidad al proyecto del Padre.
El mensaje es actual dadas las situaciones que vive la humanidad en estos tiempos. Los movimientos que presenta el texto de Marcos, nos confrontan en nuestra vida de cristianos. El tiempo es apremiante, se ha cumplido y ya está cerca el Reino de Dios. Acciones propias de Dios quien toma la iniciativa y se acerca a la realidad del ser humano. Al mismo tiempo, se esperan dos acciones del ser humano: Convertirse y creer. La primera es una invitación a enfrentar la prueba y superarla con la ayuda del Espíritu y la segunda a no desconfiar de la presencia de Dios en la vida. El creer es la adhesión de vida al proyecto de Dios. No estamos solos. Él recorre el camino con nosotros.


