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II Domingo de Pascua

Comentario dominical

24 de abril de 2022

Ciclo C: Jn. 20, 19-31

Por: P. Víctor Chacón Huertas, C.Ss.R.

Segundo domingo de Pascua, seguimos profundizando en el misterio de la resurrección. Hoy la primera lectura de los Hechos de los apóstoles nos presentará el inicio de la obra apostólica: las primeras reuniones de los creyentes en Cristo, los primeros milagros y prodigios de los apóstoles… cada vez se sienten estos más llamados a continuar la obra del Maestro. Es la tarea que también a nosotros, cristianos del s. XXI se nos confía: sanar corazones y cuerpos, expulsar demonios, devolver la alegría a quien la perdió, ayudar a llevar la cruz –cual cireneos- a aquellos a los que les resulte muy pesada y fatigoso. La alegría que se descubre en este domingo es la de la superación de un fracaso, la del éxito que adviene después de darlo por perdido e imposible, pues: “la piedra que desecharon los arquitectos (los sabios y entendidos) se ha convertido en piedra angular (en elemento esencial en la construcción)”.

Detengámonos especialmente en el relato de Juan Evangelista que es hoy de una especial densidad y riqueza:

  1. Los discípulos estaban en una casa encerrados a cal y canto por miedo a los judíos. Su esperanza atravesaba horas bajas, muy bajas. Los temores se habían apoderado de ellos y no sabían bien por dónde ni cómo continuar con sus vidas. La espesura del aire viciado, de lo que huele a cerrado, no ayudaba a renovar nada en absoluto. En estas Jesús se les aparece –tuvo que entrar a pesar de su cerrazón- y les da un mensaje claro y sencillo: “¡Paz a ustedes!” Esto es, basta ya de decepciones y de “comerse el tarro”. No hagáis más caso a vuestros miedos que a mi invitación a la vida. Y con su llegada, al recibir a Jesús, la estancia cobró luz y aire. Se renovó por completo. ¿Acaso no necesitamos también este cambio en algunas salas ocultas y cerradas de nuestra vida, de nuestra comunidad, de nuestra Iglesia? “Paz a vosotros”.

  1.  “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo… y exhaló su aliento sobre ellos”. La paz que da Cristo resucitado no es estática, sino dinámica. Nos mueve, nos llama al cambio, a la acción, al anuncio y al testimonio. La experiencia pascual que haya sido vivida en profundidad, debe poder ser transmitida, debe pedir por sí misma la comunicación a otros. He vivido algo. Toca mi vida. Lo transmito. Esta tarea/misión que nace de la resurrección no se desempeña en soledad. Jesús nos deja su Espíritu, caminamos alentados por él, y hemos de aprender a vivir con esta nueva presencia suya que no se ata ni al tiempo ni al espacio. Jesús nos pide caminar unidos por este Espíritu suyo, por este aliento de vida que estrecha nuestros lazos. Cada vez más somos la Iglesia viviente que le busca y le refleja.

  1. “Ay, Tomás, Tomás; trae aquí tu dedo, y no seas incrédulo sino creyente”. Algo así me imagino yo las palabras de Jesús, con una mezcla entre cariño y reproche. En el fondo la necesidad de Tomás es la de cada uno de nosotros, sus discípulos. Necesitamos ver y tocar al Señor, necesitamos hacer experiencia. Porque ¿cómo voy a anunciar lo que no conozco? ¿Cómo voy a hablar de lo que no veo ni he sentido jamás? ¡Estamos contigo Tomás! Nosotros también deseamos vivir desde la experiencia de Cristo, desde la confianza, desde la amistad santa y sincera que nos une a él por la fe. Queremos que esta Pascua –y toda nuestra vida- sea un profundizar en esta amistad, que nos empuja a conocerle cada vez más y a seguirle, buscando adaptar nuestros pasos a los suyos y pisar donde él pisó.