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Por: P. Fabio Edilson Cárdenas Suárez, C.Ss.R.

La Palabra de Dios no puede estar prisionera, situación que se constata en la vivencia que tiene la comunidad apostólica y se narra en la primera lectura. Los apóstoles encarcelados experimentan que el Señor acampa en torno a ellos, liberándolos y enviándolos al templo para que proclamen “todo lo referente a este estilo de vida”; ante el proyecto de Dios toda oposición humana resulta inútil.

El Evangelio expresa el carácter universal de la obra salvífica de Cristo, que tiene su origen en la iniciativa misteriosa del amor de Dios por los hombres.

El envío y la misión del Hijo fruto del amor del Padre por el mundo, son la manifestación más elevada de un Dios que es amor. Ésta es la elección fundamental del hombre: aceptar o rechazar el amor de un Padre que se ha revelado en Cristo. Sin embargo, este amor no juzga al mundo, es más lo ilumina.

Los seres humanos situados frente a la propuesta de salvación deben tomar posición manifestando sus libres opciones: quien cree en la persona de Jesús no es condenado, pero quien lo rechaza y no cree en el Hijo de Dios hecho hombre ya está condenado. La causa de la condena es una sola, la incredulidad, es decir, mantener el corazón cerrado y sordo a la Palabra de Dios.

Jesús lleva a Nicodemo a esta revelación que también comparte con todos los hombres, al discípulo no le queda otra cosa que hacer suya la invitación a la conversión y al cambio radical de vida.

La luz de Jesús es tan penetrante que derriba toda seguridad humana y todo orgullo, hasta el más escondido. Quien acepta a la persona de Jesús y deja sitio a un amor que lo trasciende encuentra lo que nadie puede conseguir por sí mismo, poseer la verdadera vida

Dios ha entregado a su Hijo al mundo. En esto ha mostrado lo que le ama. Además, Dios lo ha enviado, no para juzgar o condenar, sino salvar lo que estaba perdido. La condena de los hombres, el juicio, no lo hace Dios. Lo ha dejado en nuestras manos. La cuestión está en creer o no creer en Jesús.

Debo convencerme Señor, de que cuando tú quieres algo eres irresistible. Cuando tu Palabra parece encadenada, cuando tus anunciadores parecen encarcelados, no puedo perder la confianza en tu poder, aunque esta sea una tentación también en el mundo de hoy.

Concédeme Señor, no dudar nunca de tu poder ilimitado, estar convencido que debo sembrar tu Palabra para que sea aceptada y acogida. Hazme humilde, confiado, fiel dispensador de tu Palabra en todo momento y circunstancia, incluso cuando siembro encerrado en la cárcel de mi aislamiento.