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V Domingo de Cuaresma

Comentario social

3 de abril de 2022

Ciclo CJn 8, 1-11

Por: P. José Pablo Patiño Castillo, C.Ss.R.

Este pasaje es una joya en la revelación de Jesús, junto a las parábolas del hijo (Padre) pródigo y del samaritano. En las tres nos ofrece como sólo él, el Hijo, pudo hacerlo, la misericordia del Padre. En este pasaje del evangelio, se muestra el mismo como dador de misericordia, también como nadie lo ha podido hacer. Y lo hace precisamente en la persona de una mujer, menospreciada en Israel, y, sobre todo, por los fariseos que ahora la están acusando.

Leemos el encuentro de Jesús con la mujer pecadora en el camino de la cuaresma que nos conduce a la Pascua de Resurrección. Jesús la acoge, la defiende, la perdona y la pone en camino de acompañarle hasta la cruz y la exaltación. Aquí podemos    recordar las palabras de alguien que también se encontró con Cristo en medio de su proyecto de pecado pero que, a partir de aquella experiencia, lo dejó todo y lo acompañó hasta el final: “Todo lo estimo como pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura, con tal de ganar a Cristo”, decía Pablo el apóstol perdonado.

También nosotros, habiéndonos acercado a la misericordia de Jesús, en la fuente del perdón, el sacramento de la reconciliación, sentimos que el que nos ha perdonado nos dice como a aquella mujer: “Yo tampoco te condeno, pero en adelante, no peques más”. Caminantes hacia la plenitud de la vida, que compartimos con los demás cristianos el perdón de Dios, proclamamos a todos la misericordia de Dios y “las obras maravillosas de Dios” (1 P 2, 9).                                                                                              Observemos la escena: Jesús sale de la trampa que le tienden los que, con el libro de la ley en la mano, se creen con derecho a condenar a la mujer sorprendida en delito. Ella es la única acusada. El maestro, con una sola frase hace que las manos dejen caer las piedras: “Quien esté sin pecado, ¡que tire la primera piedra!”. Su deseo era que cambiaran la actitud de condena por la conciencia de la propia necesidad de curación. Pero no; ellos se retiran. Se cierran a quien podía sanarles.

Queda sólo la mujer que reconoce su pecado y espera con temor la sentencia. “Yo tampoco te condeno. Vete y en adelante no peques más”. Es la respuesta de Jesús. Dios, en Jesucristo, perdona a quien ha caído y le ofrece una nueva oportunidad. Ese es el Dios que nos muestra Jesús: alguien que nos devuelve a lo mejor de nosotros mismos, que nos acoge con amor de padre en su familia, mostrándonos que también es la nuestra, en la comunidad de los hermanos y hermanas. Dios siempre, como en la parábola de la higuera que no daba fruto, nos da un nuevo espacio para rehacer el camino. “Él no quiebra la caña cascada ni apaga la mecha humeante” dice por el profeta Isaías (42, 3).                                         

Qué bueno saber, porque así nos lo reveló Jesucristo, que cuando los demás quizá nos condenen, él, nuestro Dios, ¡no nos condena! El no condena a nadie, como no condenó ni a Judas ni a Pilato ni a los que crucificaban a su Hijo. El amor no sabe condenar ni castigar, sólo sabe amar y… perdonar. Y así es también como quiere que nosotros obremos unos con otros, en todo, en la familia, en la vecindad, en política y en economía, en educación, en todo: “Sean misericordiosos como es misericordioso su Padre del cielo”.                                                                                                           

Este que hoy leemos fue el texto que Mons. Romero en su última homilía: “No encuentro figura más hermosa de Jesús que salva la dignidad humana, que este Jesús que no tiene pecado, frente a una mujer adúltera… Fortaleza, pero ternura: la dignidad humana ante todo… a Jesús no le importan los detalles legalistas… Él am, ha venido precisamente a salvar a los que han pecado… Convertirla, hacer que ella reconozca su propia dignidad, es mucho mejor que… condenarla… La fuente del pecado social está en el corazón humano…En él, nadie quiere reconocer su culpa y sin embargo, todos somos responsables…. de la violencia. La salvación de la sociedad y del mundo comienza arrancando del pecado a cada persona. No peques más”. 

Hermosa es la exclamación entrecortada de aquel presbítero que estando, junto a su lecho de enfermo, unos compañeros discutían sobre la manera de actualizar el sacramento de la reconciliación: “Qué distintas se ven las cosas en medio del dolor y la enfermedad. ¡Aquí sólo importa la misericordia de Dios y creer en ella!”. Los dos amigos sólo pudieron callar.

Misericordiosos como el Padre”, (Luc 6:36). “Un programa de vida tan difícil como lleno de alegría y de paz”, que requiere la capacidad de “escuchar la Palabra de Dios, a fin de contemplar su misericordia” y asumirla como su estilo de vida (Papa Francisco)