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Solemnidad San Alfonso María de Liguori

Comentario dominical

1 de agosto de 2021

Is. 61, 1-3 * 2 Tm. 2, 1 – 7 * Mt 9, 35.10,1

Por: P. Edward Julián Chacón Díaz, C.Ss.R

Cuando era niño leí la biografía de san Francisco Javier, sacerdote español y misionero jesuita en el oriente asiático. Me impresionaba su historia de conversión: un joven rico con ambiciones que conmovido por san Ignacio de Loyola renuncia a sus intereses personales y asume un estilo de vida austero y disponible a la misión. Dos siglos más tarde, pero en Italia, un joven abogado de una distinguida familia napolitana, Alfonso María de Liguori, experimentó un llamado interior a renunciar a posesiones materiales y seguir a Jesucristo.

A diferencia de otros santos, Alfonso de Liguori experimentó fue un cambio de mentalidad, que dentro de la tradición espiritual redentorista son conocidos como “éxodos”. Alfonso siempre se distinguió por su piedad y su sensibilidad con los más necesitados. Sin embargo, el encuentro con Jesucristo en cada etapa de su vida fue determinante en su vocación misionera como sacerdote, fundador, obispo y teólogo.  Los textos elegidos para esta solemnidad describen de cierta manera algunos rasgos de la personalidad de San Alfonso.

La primera lectura (Is. 61, 1-13) describe el carácter liberador del enviado de Dios, que es relacionado por algunos exegetas con el profeta y otros con el sacerdote. Independiente del personaje, la acción del “ungido” es ser signo de esperanza y consuelo entre los más desfavorecidos del pueblo. El presente pasaje es interpretado en el Nuevo Testamento en la persona de Cristo (cfr. Lc. 4, 18). Además, el cristiano prolonga la misión de Cristo, que es la de anunciar el Evangelio del amor de Dios, rescatando el hombre de sus esclavitudes y llevándolo a la libertad de hijo de Dios. Las palabras del profeta se han cumplido en Cristo, el ungido, y se prolongan en los cristianos, los ungidos. Cristo y los cristianos están para llevar al mundo la gracia de Dios, la misericordia de Dios, la libertad que brota de esa gracia de Dios para todos.

Por su parte en la segunda carta de San Pablo a Timoteo (2, 1-7), el énfasis es la perseverancia en la misión. A pesar de las dificultades del apostolado el misionero no puede ser dueño de lo que anuncia. Proclama una verdad que él no ha descubierto y comunica una vida que ha recibido de otro, bien lo afirma el Papa Francisco: “No se puede per­severar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo” (EG, 266). San Alfonso era consciente que la perseverancia en la Congregación tiene como modelo la vocación de los apóstoles: “se manifiesta en el compromiso total al servicio de la evangelización, se trata de una entrega que abarca a toda la persona y toda la vida del misionero, exigiendo de él una donación sin límites de fuerzas y de tiempo” (RM, 65).

En relato evangélico de Mateo (9,35.10-1) conocido como el “discurso misionero” se da un énfasis a la itinerancia de la misión. Jesús y sus apóstoles no se quedan estáticos en un lugar, sino que recorren los campos y las aldeas de Galilea, pasando por algunas de Judea para concluir la misión con experiencia pascual en Jerusalén. Para San Alfonso, La salvación es para todo el ser humano y debe repercutir en forma concreta en su vida de todos los días. La incorporación a la comunidad de los redimidos se realiza por gestos sensibles, los sacramentos. La realidad de la salvación, anunciada por la palabra, se significa eficazmente en el testimonio, es decir, en el amor operante que alivia el dolor actual de los que sufren.

Finalmente, la misión desde la experiencia de San Alfonso es identificarnos con Cristo. El protagonista de la nuestra acción misionera es el Espíritu Santo, que nos va recordando las palabras y las acciones de Cristo y las “cumple” hoy entre nosotros. Y el fin de la evangelización no es principalmente mejorar las condiciones de vida material de los hombres, sino invitarlos a disfrutar de la libertad de los hijos de Dios, porque reciben el Espíritu que los hace libres (Cfr. Lc 4, 18ss).