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Por: P. Jairo Díaz Rodríguez.

Magister en Educación y Rector Colegio Seminario Redentorista de Manizales

La educación es el arma más poderosa

 para cambiar el mundo.” (Nelson Mandela)

Hoy cuando ha pasado tanto tiempo desde que comenzamos a trabajar desde casa, apoyados en ambientes virtuales, es válido enfatizar en los diferentes cambios que han surgido en todo sentido, sobre todo aquellos que se enmarcan en las cosas esenciales para la vida de nuestros niños, niñas,  adolescentes y jóvenes: disminuyeron sus competencias socioemocionales tales como  aprender a resolver conflictos, manejar las emociones, comunicarse de manera asertiva, sumado a la gestión de sus relaciones, ya que en los contextos escolares se generan los vínculos con sus pares, mientras que en casa las relaciones son netamente verticales, padres, madres o cuidadores con los menores.

El efecto de no tener a los niños en las aulas es mucho más grave que lo que significa no contar con un elemento de la vida diaria. Sin duda, no asistir al colegio o a la escuela produce efectos nocivos en la salud mental de los menores, especialmente de quienes viven en zonas rurales, sin desconocer otras problemáticas que se van dando como consecuencia de la situación social y económica, siendo evidente la alta deserción escolar, el reclutamiento forzado, la violencia intrafamiliar y los problemas de conectividad por falta de internet, computador o energía y no menos grave la hiperconectividad, que,  en el caso de los estudiantes de la zona urbana  afecta de forma significativa su desarrollo.

¿Qué pasa con la hiperconectividad?  

Es claro que antes de la pandemia psicólogos infantiles sugerían que los menores de 2 años no deberían usar dispositivos electrónicos de comunicación. Sin embargo, durante el confinamiento, muchos padres, madres y cuidadores, no tuvieron en cuenta esta recomendación.

Al respecto, expertos de la Academia Americana de Pediatría y de la Organización Mundial de la Salud señalaron que el uso recreativo de estos dispositivos no debe exceder una hora al día y no debe interferir con actividades cotidianas como: comer, dormir o hacer actividad física. 

Actualmente las nuevas generaciones necesitan la articulación de la tecnología con la educación para motivar la exploración, la indagación y el acceso a la información, de ahí que se tiene que contar con una sana intervención tanto de los padres como de los maestros, basada en la comunicación y la orientación adecuada a la hora de desarrollar actividades que incorporen el uso de la diversidad de plataformas que se encuentran en el mercado. 

Es inevitable dejar de utilizar dispositivos tecnológicos en el contexto actual. Antes de los 14 años, por ejemplo, es primordial que el menor cuente con acompañamiento y atención de un adulto. Al respecto, el control parental no sólo es bueno, sino que es necesario, pues permite que los niños naveguen en un entorno digital seguro. 

En este sentido es importante hacer claridad sobre el manejo de algunas plataformas recreativas como: Roblox, Minecraf, Among Us, entre otras, recomendadas para mayores de 10 años; no se trata de prohibirlas, al contrario, se debe asumir la responsabilidad de darles pistas específicas para que ellos aprendan a identificar los riesgos de la red. Hay que enseñarles que estarán expuestos al contacto con desconocidos. Que entiendan que en internet hay personas bien y mal intencionadas. Ellos deben saber que si un desconocido les hace muchas preguntas no deben responderlas y mucho menos entregar sus datos personales. Hay aplicaciones o juegos que ayudan a fortalecer habilidades, por lo tanto, no se puede dejar de reconocer que la tecnología se convierte en un aliado para la formación y para la educación.

La experiencia de estudiar desde casa, acompañados por herramientas tecnológicas, también ha traído aspectos positivos, es así como un gran número de niños y jóvenes florecieron durante la pandemia. Algunos, por ejemplo, eran víctimas de intimidación escolar, les costaba interactuar con sus compañeros, mostrar sus habilidades e incluso participar en clase o realizar preguntas. La nueva modalidad de estudio permitió descubrir talentos ocultos que, seguramente, sacaron a relucir en este tiempo; expresarse con mayor tranquilidad frente a un auditorio virtual, sin sentir la intimidación de la mirada de sus compañeros.  Además de aprender a valorar la presencia física del otro en sus vidas, saber que el trabajo en equipo produce eficaces y eficientes resultados. 

Hoy todos coincidimos en la necesidad de regresar a las instituciones educativas y, en ese sentido, el gobierno debe enfocar sus esfuerzos para garantizar dicho retorno, fundamentado en el trabajo colaborativo y la buena disposición para establecer estrategias de corresponsabilidad entre todos los actores de este proceso de formación.

Es claro, que, resolver los obstáculos venideros con esta nueva realidad, requiere la creación de alianzas y apoyos desde la misma comunidad: tener los elementos de aseo, construir lavamanos, generar esquemas de distanciamiento físico, entre otros.

Con el regreso progresivo y seguro a clases presenciales, mediado por modelos de alternancia, se pretende encontrar una disyuntiva de bienestar y cuidado de la salud mental de niños, niñas, adolescentes y jóvenes. Esto va a favorecer su crecimiento y el desarrollo de sus funciones sociales, emocionales, su desarrollo cognitivo, su capacidad de aprender a resolver los conflictos, de volver al reencuentro con sus pares, lo que es fundamental para ellos y para una comunidad educativa.

Desde esta perspectiva volver a la presencialidad busca promover la salud, el bienestar y el logro de los objetivos académicos. Además, la institución educativa adquiere otra función, enseñar a los estudiantes los nuevos hábitos y las normas de convivencia que requiere la sociedad en esta nueva realidad, lo que finalmente servirá para adaptarse a estos cambios sin mayores traumatismos.