image_pdfimage_print

XII Domingo del Tiempo Ordinario

Comentario social

20 de junio de 2021

Ciclo B: Mc. 4, 35 – 41

Por: P. Alberto Franco Giraldo, CSsR

Lecturas:

  • Primera: Job 38,1.8-11
  • Salmo: 106 (107) 23-24.25-26.28-29.30-31
  • Segunda: Segunda carta de san Pablo a los Corintios 5,14-17.
  • Evangelio: Marcos 4, 35-41

El evangelio de este domingo, nos lleva a ver, cara a cara, la fragilidad humana que ocasiona las crisis que vivimos: crisis de salud por el COVID 19, crisis económica (pobreza y endeudamiento de las familias y la sociedad), crisis ambiental y cambio climático, crisis humanitaria por el hambre y las migraciones forzadas, crisis cultural y crisis de sentido por las múltiples rupturas que afectan la identidad personal y social. Vamos en un barco azotado por el huracán de las crisis y las olas de la incertidumbre humana, social, económica, ecológica y religiosa. Frente a esta realidad, el Evangelio invita a preguntarnos si nuestra comprensión de la fe está en relación con el reino de Dios anunciado por Jesús, y a comprender mejor a Jesús de Nazaret y lo que entendemos cuando decimos que Jesús murió “por nuestros pecados” 

Nuestra vida como una hoja de papel al capricho del viento

Los hechos que relata el evangelio de hoy, ocurren al atardecer, cuando llega la oscuridad porque el día se va apagando. Con la oscuridad y la noche los miedos, los temores, las incertidumbres o las inseguridades se agudizan y profundizan, haciéndonos más frágiles e impotentes.

Pasear en el mar por la noche es una hermosa experiencia, y muy romántica, si está calmado y el clima y la compañía son buenos. Pero el viento huracanado y las grandes olas que golpean con fuerza la embarcación y la llenan de agua, generan pánico y acrecientan la angustia y los temores que llevamos dentro.

Hoy sentimos que la “hoja de nuestra” vida es arrastrada por las “tormentas” que nos impiden avanzar hacia un buen puerto, más aún, vamos sin dirección por la fuerza de los vientos:

  • Personales: ansiedades, traumas, inseguridades, depresiones, baja autoestima, cansancio existencial, pérdida de sentido de la vida….
  • Sociales: hambre, violencias, migraciones forzadas, desplazamiento forzado, desempleo y el subempleo, racismo, clasismo, machismo, xenofobia…
  • Económicos: la ganancia y el dinero por encima de la vida de los seres humanos y del planeta; acumular corrompiendo la sociedad, la política, la justicia, el legislativo, el ejecutivo, la religión, los medios de comunicación, incluso matando, mintiendo, manipulando, normalizando el robo y la trampa…  
  • Políticos: corrupción, degradación de la política, reproducción de miedos y rabias para polarizar e impedir que veamos el fondo de los problemas, negación de los derechos a quienes son distintos y piensan distinto. Recordemos que en el pasado al país lo dividieron entre “los buenos” y “los malos”, entre liberales y conservadores y “normalizaron” el odio y la muerte de “los otros”, mientras los jefes liberales y conservadores tomaban wisky en los clubes sociales…
  • Ecológicos: la destrucción de miles de especies, el calentamiento global, destrucción de bosques y fuentes de agua, contaminación de mares, ríos, quebradas, del aire y de fuentes de alimentación humana y animal… 
  • Religiosos: mensajes contradictorios de sacerdotes, predicadores, obispos, pastores, líderes religiosos por redes sociales y medios de comunicación, la mezcla de fanatismos religiosos y políticos que generan discusiones que rompen relaciones queridas, manipulación de los valores morales, religiosos y tradiciones familiares por políticos de extrema derecha…

Y mientras estas olas y tempestades nos azotan Dios parece no enterarse, Jesús está dormido y parece no importarle que nos hundamos. Pero en el evangelio de hoy, hay dos salidas o caminos a seguir:

  1. Llamar a Jesús, como lo hicieron los discípulos, “despertarlo”. Con Jesús de pie y al lado llega la calma. Recordemos que prometió estar siempre con sus seguidores: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20); “Les he dicho todo esto para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido el mundo” (Jn 16,33). ¿Qué nos pasa entonces hoy? Creo que hay varios hechos: no lo llamamos con sinceridad o llamamos una imagen suya; no le creemos al Jesús de los evangelios, le ponemos más cuidado a diversos predicadores; poco conocemos los evangelios y la predicación real de Jesús; nos quedamos con lo que “siempre se ha dicho” sin confrontarlo con los evangelios; leemos la biblia legitimar, reproducir o justificar las ideas que tenemos sin buscar la verdad, sin abrirnos a la palabra de Dios. 
  • Jesús reprocha a los discípulos la cobardía por el miedo y falta de fe. De los reproches podemos extraer enseñanzas. Esta pregunta nos puede orientar: ¿Por qué Jesús relaciona la fe y con el miedo de sus discípulos? José María Castillo[1] resalta que Jesús no reprocha a sus discípulos sus errores, equivocaciones o inmoralidades, sino el miedo asociado a la falta de fe. ¿Por qué? Porque el miedo impide reconocer que estamos en la misma barca con Jesús, y esto nos lleva a ver los peligros y problemas más grandes de lo que son, porque minimizamos unos problemas, y porque nos negamos a ver unos pecados que son muy graves de acuerdo con los valores del reino de Dios. Sobre todo, porque “El miedo paraliza la capacidad de pensar y más aún, la posibilidad de decir lo que se piensa. El miedo nos condena al silencio estéril, y además nos pervierte, porque nos hace fuertes antes los débiles y débiles ante los fuertes. Cuando se llega a semejante vileza, ya no es Jesús quien conduce nuestra vida. En tal situación, nuestra vida es juguete de intereses inconfesables”, afirma J.M Castillo.   

Un paso necesario para conocer mejor a Jesús es leer o releer un evangelio (sugiero empezar por Marcos por ser el primero y el más corto) en orden y despacio, así tendremos un panorama general de su vida, pasión, muerte y resurrección y luego nos preguntamos: si en su tiempo Jesús hizo, dijo y pensó ¿qué haría, diría y pensaría en este tiempo y en esta realidad? Esta es la pregunta fundamental que todo cristiano debe hacerse diariamente.

Jesús murió por nuestros pecados, ¿cómo entender esta expresión?

 Para san Pablo el centro de la vida cristiana es Cristo y lo trasmite con su manera de vivir. Por esto dice a los cristianos de Corinto que “el amor de Cristo nos apremia a pensar que, si uno murió por todos, todos murieron”, para que todos vivan para Aquel que “murió y resucito”. Con este mensaje de fondo nos preguntamos por lo que significa que “Jesús murió por nuestros pecados”. Entre muchos significados destaco dos:  

  1. “Por nuestros pecados” se ha entendido, mayoritariamente en la mentalidad colectiva cristiana, que la causa real e histórica de la muerte de Jesús son todos los pecadores, de ayer y de hoy. Que nosotros los pecadores somos los culpables reales de su muerte. Poco se habla de la responsabilidad real e histórica de los sumos sacerdotes, fariseos, escribas, saduceos y los romanos en el asesinato de Jesús. Y poco se reconoce lo que dicen los evangelios.
  • “Por nuestros pecados” se puede entender, de acuerdo con los evangelios, que la muerte de Jesús es la consecuencia de su manera de vivir, actuar, pensar y predicar que afectó la visión religiosa y los intereses sociales y económicos de sus “enemigos”, quienes decidieron su muerte en un juicio tramposo; que con la llegada del reino de Dios predicado por Jesús el mal y el pecado del mundo son superados y así se vive “en la tierra como en el cielo”. Entonces Él “murió por nuestros pecados” significa que murió para mostrarnos la forma de superar el poder del pecado. Poder que Jesús superó asumiendo la muerte y llegando a la resurrección. 

Los causantes históricos y culpables reales de la muerte de Jesús, según los evangelios, fueron quienes en su tiempo se cerraron a su mensaje (este fue su pecado) y que cegados por sus intereses y visiones (políticas, religiosas y sociales) no vieron en la humanidad de Jesús al hijo de Dios y lo asesinaron para “salvar la verdadera religión” (blasfemia). La muerte de Jesús nos advierte las consecuencias de someterse a los poderes que usan el nombre de Dios para dominar y excluir.

Un ejemplo puede ayudarnos a comprender mejor esta idea: un papá tenía un hijo de 8 años, un día se enfermó. En la tarde salió a comprar una medicina. Iba muy rápido, pensando en su hijo. Al cruzar la calle un carro se pasó un semáforo en rojo, lo atropelló y lo mató. Frente al hecho nos preguntamos y respondemos: ¿El padre muere por el hijo? SI. ¿El padre muere salvando al hijo? SI. ¿El hijo es culpable de la muerte del papa? NO. ¿El hijo debería sentir culpa por la muerte del padre? NO. ¿El padre le deja una lección al hijo que este debía seguir? SI. ¿El padre muere por amor a su hijo? Si. La culpa de la muerte del hijo la tiene el conductor, independiente que el hijo haya sido un buen o mal hijo.  

Ejemplo y relación con “por nuestros pecados”: la muerte del papá (Jesús) es culpa y causa (pecado) del conductor (autoridades religiosas de Israel), el Padre Dios por amor a nosotros sus hijos envió a Jesús para salvarnos. El padre muere por el hijo, pero el hijo no es culpable de la muerte del papá.


[1] CASTILLO José María, La religión de Jesús. Comentario al evangelio diario 2021. Declée De Brouawer, Bilbao, 2020, 218.